Sade, Sacher-Masoch, y la colonia penitenciaria

José Antonio Mejía Coria

En el presente texto se realiza un breve recorrido por el campo del sadismo y el masoquismo en sus vínculos con los procesos de subjetivación contemporáneos, esto, a partir de las nociones de pliegue, apatía, lo frío y lo cruel (las cuales fungirán como brújula teórica), tomando como punto referencial los planteamientos de Gilles Deleuze y Jacques Lacan y sus correspondientes derivas.  Dos posiciones, Sadismo y Masoquismo, Sade y Sacher-Masoch. El primero mostrando la crisis del siglo XVII europeo, el otro incrustado en la mitad del siglo XIX y sus promesas de abatir el aburrimiento que poblaba a la prolífica europa burguesa. Dos personajes que atraviesan, uno de manera escandalosa y convertido en un garante de la cultura pop o de las pretensiones de rebeldía filosófica, política y sexual, el otro, esteta, caballero propulsor de las formas frías que poblarán los museos durante las subsecuentes épocas convertido en una sombra que acompaña a una de las categorías de “aberración sexual” introducidas por los sexólogos, Kraft Ebing, Moll, etc., hacia la segunda mitad del siglo XIX. Del divino Marqués de Sade sabemos a partir del escándalo que su obra introdujo en el contexto de la Revolución francesa, censurada en la época y dada a conocer poco a poco durante los años posteriores a su muerte y hasta nuestros días, el Marqués se establece como una figura maldita a la cual se le rinde culto declarado o silencioso en el hipócrita occidente letrado. De Sacher-Masoch, sobre todo en México en donde es difícil acceder a su extensa obra, queda huella por su novela “La Venus de las pieles” que es parte de la supervivencia de ese nombre, retomado a la manera de recuperación de la obra de Sade desde los territorios de la literatura, el psicoanálisis y la psiquiatría, entre otros. Además de lo anterior se plantea un breve paréntesis en el que a partir de La colonia penitenciaria de Kafka se realiza  una aproximación hacia el armado de la máquina de tortura que desde la ficción nos presenta el escritor checo, para a partir de ello ubicar la particular forma en la que sadismo, masoquismo y tortura fungen como ejes característicos del armado de la otra cara de la ley (que sigue siendo como lo veremos a lo largo del texto, ella misma ley) que define algunos rasgos de la época que habitamos.

  1. Del lado de Sade: negación, negatividad/denegación y suspenso

Demos inicio al presente desarrollo de ideas respecto al problema del masoquismo y el sadismo. siguiendo la advertencia tanto de Lacan como de Deleuze respecto a lo inadecuado de hacer referencia a un supuesto “sadomasoquismo”, desglosemos uno a uno, en sus particularidades, para así mismo dar cuenta de lo inoportuno que sería reducir el masoquismo al espectro sádico, o viceversa.

Comencemos con Sade, quien desde la propuesta de Deleuze pondrá como elemento conceptual dominante en sus obras la negación: “lo que está en juego en la obra de Sade es la negación en toda su extensión, en toda su profundidad. pero es preciso distinguir dos niveles: lo negativo como proceso parcial y la negación pura como Idea totalizadora.”[1] más que precisión teórica, la delimitación entre negación y negatividad nos posibilita aproximarnos a la pretensión de la acción sadista: acceder al grado último, al resquicio último desde donde se organizaría el crimen absoluto. La idea totalizadora que surge de la negación sadiana va dirigida a la construcción de la escena en la cual se llevará a cabo el “crimen perfecto”. Encontramos un “acierto” en las investigaciones del héroe sádico, puesto que logra hacer visible el registro de las dos naturalezas: negación y negatividad, dimensión en la que la negación es predominante. Primera naturaleza “portadora de la negación pura, situada por encima de los reinos y las leyes y que estaría eximida hasta de la necesidad de crear, conservar e individuar: sin fondo más allá de todo fondo, delirio original, caos primordial compuesto únicamente de moléculas furiosas y demoledoras.”[2] Primera naturaleza portadora de ese orden de continuidad que según Bataille, el animal humano añoraría desde los horizontes de su discontinuidad

Los seres que se reproducen son distintos unos de otros, y los seres reproducidos son tan distintos entre sí como de aquellos de los que proceden. Cada ser es distinto de todos los demás. Su nacimiento, su muerte y los acontecimientos de su vida pueden tener para los demás algún interés, pero sólo él está interesado directamente en todo eso. Sólo él nace. Sólo él muere. Entre un ser y otro ser hay un abismo, hay una discontinuidad. Este abismo se sitúa, por ejemplo, entre ustedes que me escuchan y yo que les hablo. Intentamos comunicarnos, pero entre nosotros ninguna comunicación podrá suprimir una diferencia primera. Si ustedes se mueren, no seré yo quien muera. Somos, ustedes y yo, seres discontinuos.[3]

 Discontinuidad que se establece como distinción sadista fundamental respecto de la negatividad: la negatividad funge como recubrimiento, protección, preservación; la negación, registro discontinuo, a su vez define los elementos que están dirigidos a demoler cualquier principio de conservación, moléculas furiosas y destructoras determinadas por un efecto mortífero, aniquilador. La negatividad es el lenguaje y su resultado fehaciente: el hombre. La negación por su parte es la coartada sadista dirigida a hacer tambalear al hombre y las leyes que lo regulan. Cabe mencionar que la segunda naturaleza define un registro puntual, que no es precisamente el de la pura negación, como referirá Deleuze:

Estos niveles corresponden a la distinción sadista de las dos naturalezas, cuya importancia reveló Klossowski. La naturaleza segunda es una naturaleza sometida a sus propias reglas y a sus propias leyes: en ella lo negativo está por todas partes, pero no todo en ella es negación. Las destrucciones (en el orden de la negatividad) son además el reverso de creaciones o de metamorfosis; el desorden es un orden distinto, la putrefacción de la muerte es asimismo composición de la vida. Así pues, lo negativo está por todas partes, pero solamente como proceso parcial de muerte y de destrucción.[4]

De ahí la decepción del héroe sádico, pues esta naturaleza parece mostrarle que el crimen absoluto es imposible: «Sí, aborrezco a la naturaleza…». El héroe sádico aborrece la naturaleza segunda, esa negatividad que sólo parcialmente es negación, y que en esa parcialidad hace aparecer la falta, la ausencia, es decir  lo que interrumpe el armado de la escena que daría lugar al crimen perfecto:

Ni siquiera se consolará pensando que el dolor de los otros le da placer: este placer del Yo significa también que lo negativo sólo se alcanza como reverso de una positividad. Y la individuación, no menos que la conservación de un reino o de una especie, corroboran los límites estrechos de la naturaleza segunda. A esta se opone la idea de una naturaleza primera portadora de la negación pura, situada por encima de los reinos y las leyes y que estaría eximida hasta de la necesidad de crear, conservar e individuar: sin fondo más allá de todo fondo, delirio original, caos primordial compuesto únicamente de moléculas furiosas y demoledoras.[5]

En el héroe sádico hay un intento por desarraigar al hombre de su naturaleza segunda, para instaurar su dominio bajo la naturaleza primera. ¿Quién mejor que un obediente virtuoso para mostrar en plenitud los límites con los que se topa el ejercicio del héroe sádico? Veremos aparecer a la dama virtuosa, sumisa y complaciente, que será el paradigma que Sade pondrá ante nuestros ojos para intentar hacernos comprender las acciones-límite del héroe sádico, del instructor en las artes del aborrecimiento de la naturaleza. Al final de la escenificación, llega el aburrimiento, el héroe se siente traicionado, la razón no alcanza: quedan entonces dos opciones, continuar con la labor infinita que lleva a la decepción debido a la imposibilidad de organizar el crimen absoluto, o darse muerte. Dominado por la mirada del supliciado, buscando en ella el indicio del crimen absoluto, el sádico queda capturado en la misma escena que el ha dispuesto para hacer ver el logro absoluto de superación de la razón.  La razón es insuficiente, El espejeo, o con el supliciado, o con el que no soportó la tortura y ahora yace muerto no hace más que incrementar su aburrimiento. Lección de la escena: El reverso de la ley también es la ley. El reverso de la positividad, la negatividad, muestra la otra cara de la moneda, pero a fin de cuentas, de la misma moneda. ¿Moneda viviente[6]? Sí, moneda corporizada, cuerpo hecho moneda, establecimiento de un producto con valor agregado que circula, que adquiere su valor genuino a partir de la circulación y el establecimiento de nuevo principio. La negación hace del cuerpo moneda viviente, en tanto imperativo absoluto de uso, cuerpo que no hace más que diluirse en el ideal del hombre soberano de Sade. Sade optará por la descripción que muestra el “valor” de la escena del suplicio: “Hemos visto que, en la obra de Sade, las descripciones guardaban estrecha relación con una demostración más profunda, pero que esto no les impedía conservar una independencia relativa plasmada en libres figuras: son obscenas en sí mismas. Sade necesita este elemento provocador.”[7] La obscenidad es necesaria, el lenguaje soez, el insulto. El movimiento frenético de las máquinas de placer, máquinas que tendrán como principal engranaje a la víctima:

El sadismo no tiene otras víctimas que la madre y el yo. No tiene más yo que en el exterior. : tal es el sentido fundamental de la apatía sádica. No tiene más yo que el de sus víctimas: monstruo reducido a un superyó, superyó que realiza su crueldad total y que recobra de un salto su plena sexualidad en cuanto deriva su potencia hacia afuera.[8]

Vector certero, violencia dirigida a destruir eso iconos al respaldo de la ley, la madre y el yo. Hacer pedazos a la madre, o diluir el yo de la víctima, para mostrar la fragilidad y la inconsistencia de ese tentativo más allá de la ley. Este lanzar hacia afuera tiene resultados en tanto se configura la escena de la crueldad sádica, puesto que el sádico no tiene más yo que el de sus víctimas, y esto explica la paradoja aparente del sadismo, su seudomasoquismo.[9] Crueldad dirigida a obtener un resultado metodológico exacto, el instructor sadiano le mostrará a la víctima la técnica bajo la cual será supliciado. En esto consiste el paradigma de Sade, modelo a repetir, para llegar a la meta final, el logro del crimen absoluto. El libertino gusta de padecer los dolores que inflige al otro. Vuelta hacia el afuera, la locura destructiva se acompaña de una identificación con las víctimas exteriores.  Encarnando el superyó, encarnando ese hacerse institución garante de la ley, el sádico, como refiere Deleuze, proyecta necesariamente hacia afuera su yo disuelto, y al mismo tiempo vive lo exterior como su único yo, la ironía de esto radica en que esta se establece como el ejercicio de un superyó devorador: el arte de la negación o expulsión del yo con todas sus consecuencias sádicas.[10] Disolución del yo y establecimiento solipsista del superyó. Resumen del experimento sádico.  Ligado con lo anterior, abordemos el problema de la primera y la segunda muerte, a las cuales Lacan dará un lugar preciso en su seminario sobre la ética del psicoanálisis. Primera muerte, segunda muerte. No será vano que el héroe sádico busque en la segunda muerte el fundamento que definirá el método a seguir para, potencialmente, poder realizar el crimen absoluto. La segunda muerte no es la realización del crimen absoluto, porque incluso ella, desde su “fundamentarse” por fuera de la razón, escapa a la acción del héroe sádico. Segunda muerte que hace límite con la negación. Segunda muerte que anunciaría la borradura de cualquier vestigio de vida que ha precedido al supliciado.  Sabemos de la primera  muerte, muerte biológica, cese de los signos vitales. Supensión de eso que Bichat, nombraba “elementos que resisten a la muerte”. Sin embargo ante esa muerte biológica queda un nombre. Queda el rastro de la trayectoria de un signo que debe ser borrado por la segunda muerte.La segunda muerte tomará el despojo biológico suspendido para hacerlo cenizas. Allí quizá sea donde el héroe sádico puede encontrar la realización del crimen absoluto. En el punto en que la conjugación de la muerte biológica y la muerte segunda establecen el espacio de la desaparición total.Eric Marty sobre la segunda muerte ofrece un planteamiento que, de manera implícita nos lleva a problematizar el campo de la ley a partir de Sade, en sus relaciones con algunos planteamientos psicoanalíticos, para este literato experto en Sade [la segunda muerte] Es un deseo de goce más allá del principio del placer –y que desemboca en la inercia absoluta- profundamente oimbricado en la pulsión de muerte, y por ello Lacan acaba reconociendo que en efecto su formulación había permanecido ineidta hasta Sade.[11] Respecto al estatuto de la segunda muerte, referirá Lacan que

el pensamiento de Sade llega al extremo de forjar ese exceso verdaderamente singular –inédito sin duda en la medida en que antes que él nunca se pudieron haber formulado de mucha tiempo atrás las sectas místicas-: que mediante el crimen está en el poder del hombre liberar a la naturaleza de las cadenas de sus propias leyes.[12]

Para profundizar en esto, es necesario dar cuenta de que el descubrimiento de Sade es recuperado en cierta forma por Freud, quien establecerá algunos elementos importantes para pensar los vínculos entre conciencia moral, culpa y ley. A partir de Sade podemos pensar que el que obedece a la ley no es ni se siente justo por ello, al contrario, se siente culpable de antemano , y más culpable cuanto más estrictamente obedece, en función de esto dirá Deleuze:

Le tocó a Freud despejar esta fantástica paradoja de la conciencia moral: lejos de sentirnos más justos cuanto más nos sometemos a la ley, esta «se comporta con severidad y desconfianza tanto mayores cuanto más virtuoso es el individuo (…) la extraordinaria severidad que alcanza la conciencia moral en los mejores y más obedientes»[13]

Sin embargo, la paradoja que se establece a partir de esto no hace más que remitirnos al problema de la renuncia pulsional, puesto que en función de ese acontecimiento, podemos denunciar, siguiendo a Deleuze y a Lacan que el renunciamiento a las pulsiones no deriva de la conciencia moral, al contrario, la conciencia moral nace del renunciamiento. Es en función de esto que para Deleuze, a partir de la lectura que Lacan hará sobre el problema del carácter fundamentalmente indeterminado de la ley, segunda paradoja, respecto a esto Lacan dirá que la ley es lo mismo que el deseo reprimido, no podría determinar su objeto sin caer en la contradicción o definirse por un contenido sin levantar la represión sobre la que descansa. Siguiendo a Deleuze en este argumento, en el que sigue de cerca la pista de Freud y Lacan, el objeto de la ley y el objeto del deseo se confunden en uno y a la vez se sustraen uno del otro. Si Freud demuestra que la identidad del objeto remite a la madre y la identidad del deseo y la ley remiten al padre, no pretende únicamente restaurar un contenido de la ley, sino, mostrar de qué manera la ley, en virtud de su fuente edípica, no puede sino sustraer necesariamente su contenido y valer entonces como pura forma nacida de una doble renuncia: al objeto y al sujeto. La ley hace frontera con el crimen y con la renuncia. Exige por un lado renuncia, por lo que podríamos denominar la vía freudiana, y por otro lado, exige crimen, la vía sadeana. Esta particular concepción de la ley que establece Sade, se inaugura como un intento de superación de la misma. Superación de la renuncia y afirmación del castigo necesario que implica dicha superación.

En principio Sade denuncia la ley, la que relaciona de inmediato con la tiranía: En efecto, sólo la ley nos tiraniza: «Las pasiones de mi vecino son infinitamente menos de temer que la injusticia de la ley, porque las pasiones de este vecino están contenidas por las mías y en cambio nada detiene, nada refrena las injusticias de la ley».[14]

Es para Deleuze, el héroe sádico quien  inventa una nueva manera de ascender de la ley a un principio superior; pero este principio es el elemento informal de una naturaleza primera destructora de las leyes. El sádico destituye la ley, pero ¿qué coloca allí donde queda el hueco de la destitución? La respuesta no se hace esperar, no es tan complejo responderla. El sádico ante el horror que le provoca la imposibilidad de realización del crimen absoluto, coloca ni más ni menos que a la ley, una vez más. Sí, trastocada, incluso desde su reverso, pero a fin de cuentas la ley. Lacan puntualizaba respecto a esto:

Retengamos la paradoja de que sea en el momento en que ese sujeto no tiene ya frente a él ningún objeto cuando encuentra una ley, la cual no tiene otro fenómeno sino algo significante ya, que se obtiene de una voz en la conciencia, y que, al articularse como máxima, propone el orden de una razón puramente práctica o voluntad.[15]

Movimiento por demás interesante, a pesar de la efracción producida por ese reducir la ley a un lugar de subordinación por parte del sádico, esta retorna desde la figura de la máxima, inaugurando una ley incluso más exigente y brutal que la aparentemente destituida, siguiendo en esto a Lacan, nos comenta:

Para que esa máxima haga la ley, es preciso y suficiente que ante la prueba de tal razón pueda retenerse por derecho lógico. Lo cual, recordémoslo de ese derecho, no quiere decir que se imponga a todos, sino que valga para todos los casos o, mejor dicho, que no valga en ningún caso si no vale en todo caso.

La máxima vuelta ley tiene que ocupar el lugar de universal, si no vale desde el universal, mejor sería que no valiera para nada. La máxima sadiana reconfigura el orden de la ley, mostrando el reverso del imperativo kantiano desde la Filosofía en el tocador:

Tengo derecho a gozar de tu cuerpo, puede decirme quienquiera, y ese derecho lo ejerceré, sin que ningún límite me detenga en el capricho de las exacciones que me venga en gana saciar en él. [16]

Lacan comentará en función de lo anteior “tal es la regla a la que se pretende someter la voluntad de todos, si una sociedad le da mínimamente efecto por su obligatoriedad.”[17]Esta regla que pretende adquirir estatuto de universal es el paradójico punto de llegada al que apunta la realización del crimen absoluto. Pensemos en la referencia que Lacan hace a La filosofía del tocador, en específico a la escena en la que después de vejar a la madre de la doncella, la pandilla de libertinos toma hilo y aguja para coser vagina y ano de la supliciada: 

Dolmancé: (Que vislumbra un destello perverso en la mirada de la joven) Entonces ¿qué sugieres, chiquilla?

Eugenia: Que cosamos los dos agujeros. Saint Ange ¿tienes hilo y aguja?.

Saint Ange: Claro, voy por ellos.

Dolmancé: Es una sugerencia fenomenal chiquilla. Tienes una imaginación sin límite.

Eugenia: (Toma de manos de Saint Ange una aguja enorme y una hebra de hilo encerado rojo.) Abre las piernas mamá. Tu hija te servirá de cirujano. (Cose.)

Mistival: ¡Ay, qué dolor![18]

Comedia grotesca, hay un dejo de humor en lo planteado anteriormente. Humor y aburrimiento, la escena se torna un recurso para afirmar preceptos morales. La virtud del buen fornicador, del que se coge a la ley para producir más ley. A partir de lo anterior será que Lacan propondrá que en Sade hay una sumisión radical ante la ley:

De lo que le falta aquí a Sade nos hemos prohibido decir palabra. Deberá sentírselo en la gradación de La filosofía en que sea la aguja curva, cara a los héroes de Buñuel, la que esté llamada finalmente a resolver en la hija un penisneid que se plantea un poco allí. Sea como sea, se ve que no se ha ganado nada con remplazar aquí a Diótima por Dolmancé, persona a la que la vía ordinaria parece asustar más de lo que es conveniente y que, ¿lo ha visto Sade?, concluye con un noli tangere matrem [No quieras tocar a la madre]. V…ada y cosida, la madre sigue estando prohibida. Queda confirmado nuestro veredicto sobre la sumisión de Sade a la ley.[19] 

La excepción del crimen, el crimen como excepción se muestra no como la ley, sino como el intento de deshacerse de esa exigencia de renuncia inherente a cualquier entramado legal.  Recordemos lo que Deleuze nos sugiere, en Sade la ley ocupa un lugar segundo, el primero es la institución. Sade muestra que la institución es la que decide los modos de aplicación de la ley a partir de una subversión del “soberano bien”. La institución es el superyó que vía su médium, el verdugo, organiza territorios de excepcionalidad.  La ley permite un ordenamiento a partir de la voluntad del soberano, la ley en el caso de Sade es subsumida en el entramado de la Institución. La vida y su usufructo se establece como un puro elemento de administración soberana. Sade, al igual que Kafka nos muestra que es imposible entrar en la ley. Sin embargo, es posible salir de la ley, el verdugo sadeano se lo muestra a la víctima del suplicio. La única posibilidad de salir de la ley es vía la segunda muerte. Vía la concreción del crimen absoluto. La posibilidad de salir de la ley es el punto que fractura la realización del crimen perfecto.

El sadismo va de lo negativo a la negación: de lo negativo como proceso parcial de destrucción una y otra vez reiterada, a la negación como idea total de la razón. Lo que explica esta trayectoria es, sin duda, la situación del superyó en el sadismo.[20]

Además de este predominio de lo negativo, se extienden una serie de elementos que configuran este colocar a la víctima ante la posibilidad de ser expulsada de la ley, en todo caso tanto lo obseno como lo abyecto caraterizarán de manera extensa este movimiento propulsado por el héroe sadiano. Como planteará Dumoillié:

Lo obsceno se revela por el descubrimiento de lo que debería permanecer cubierto, por la aparición de un vacío donde debería haber algo, de algo donde no debería haber nada. Provocar lo obceno es nefasto y peligroso.[21]

Nefasto y peligroso,  sin embargo lo obsceno revela ese empuje al cual dirige sus acciones el héroe sadiano, echa por tierra los recubrimientos para mostrar el vacío orginario en el que se coloca el orden legal. Hace aparecer un vacío en el lugar en el que la ley se le presenta como una nada que tiene que ser abolida. Será en ese lugar de lo obsceno donde aparecerá el cuerpo muerto del supliciado como muestra de la posibilidad real que implica escapar de la ley vía la realización del crimen absoluto. El héroe sádico es un instructor, muestra al otro las vías pedagógicas y el establecimiento de las técnicas necesarias para producir la abolición de la ley. Será entonces paradójico encontrarse en el punto en el que la labor del héroe sádico es una labor imposible, puesto que en cada acto donde muestra la radicalidad de su acción, en tanto que el crimen perfecto demostraría la abolición de la ley, a éste acto le sucede un renacer de la ley por todos lados, puesto que incluso, ese “crimen perfecto”, como ya lo revisábamos a partir de Lacan, no hace más que plantear una renovación de los imperativos a partir de la máxima, máxima que será una vez más, pese al acto “genuino” del héroe sádico, un principio de reordenamiento legal. A la ley no se puede entrar, pero tampoco se puede escapar de ella. Carácter obsceno de la ley que es develado por el héroe sádico:

Producir lo obsceno es nefasto y peligroso. Es el lado malo de lo sagrado y el signo de un mal presagio (obscenus). Presagio de muerte: la de Dios quizá, ese Dios que se oculta, que hace que haya algo en lugar de nada, que ve todo y para quien el abismo no tiene secreto.[22]

Producir lo obsceno es presagio de la muerte de la ley. Aviso que a partir del cuerpo se desprende: el crimen absoluto mediante la presentificación de lo obsceno anuncia la muerte de la ley, y por ende el nacimiento de otra serie legal. Una máxima, despliegue de un imperativo, renueva el campo de la ley a partir de la producción de lo obsceno. Lo obsceno a su vez, se afirma como un registro radicalmente emparentado con lo negativo. Negativo que tendrá lo abyecto una de sus mayores representaciones: lo abyecto, bajo, vil, abatido, humillado, ignominoso. Julia Kristeva en su Ensayo sobre la abyección define abyecto como lo que “nos significa los límites de lo humano”[23].

Cultura del exceso fundada en la máxima sadiana de usufructo de los cuerpos. Es en esa cultura del exceso donde la víctima adquiere el puro valor de consumo y puro gasto. Se trata del puro plus de goce del consumo, no de la utilidad. Textualmente existen dos modalidades de consumo siguiendo a Bataille: “la primera, reducible, está representada por el uso del mínimo necesario, para los individuos de una sociedad determinada, para la conservación de la vida y para la continuación de la actividad productiva […] la segunda está representada por los gastos llamados improductivos: el lujo, los autos, las guerras, los cultos, las construcciones de los monumentos santuarios, los juegos, los espectáculos, las artes, la actividad sexual perversa (es decir, actividad alejada de la finalidad genital), representan otras tantas actividades que, por lo menos en las condiciones primitivas, tienen su fin en ellas mismas.”[24] Es este último consumo la parte maldita, y es justamente este gasto sexual perverso e improductivo en el que encontramos posicionadas a la víctima sadiana, fragmento contemporáneo que muestra la característica del sujeto “actual”: Dios apático ante el cual el otro no tiene valor más que del puro desperdicio que implicaría la pérdida que representa la víctima en la escena del suplicio: “Perderla, evidentemente no es utilizarla. Se trata, a pesar de todo, de una sangría, de una pura y simple pérdida, que tiene lugar de todos modos: desde el principio, si el excedente de energía no sirve al crecimiento, se pierde…”[25] Lo abyecto en su parentesco frontal con la parte maldita se establece entonces como lo inmundo, como aquello que fue expulsado de una vez por todas del mundo.La parte maldita se establece como límite de lo humano, muestra esa apertura terrorífica que logra producir mediante el logro del crimen absoluto el héroe sádico.

  1. Paréntesis

(Entre Sade y Masoch: Kafka y la colonia penitenciaria)

El discurso que surge a partir de las obras de Sade y Sacher-Masoch plantea formas de clasificación sobre registros diversos: cuadricular los cuerpos y establecer nuevos códigos morales, son algunas de las funciones principales de los discursos y prácticas que surgen de estos territorios escriturales. Definir normalidad/anormalidad, legalidad/ilegalidad, no-criminalidad/criminalidad, etc. Entrar o no en el orden que supondría el estatuto de la ley, ha sido y sigue siendo un indicador de normalidad o anormalidad. “Entrar” a la ley, asumir el dogma, los ejes que rigen una manera de ser y estar en el mundo parecen ser sinónimo de “salud”. Un ejemplo son los dispositivos de control se muestran de manera específica en la literatura, desde la colonia penitenciaria de Kafka, hasta los relatos alucinantes de Witold Gombrowitz. Antes que un Foucault, que un Agamben, que un Castell o que un Goffman, entre otros, desde la “ficción literaria” se plantea la problemática relación entre el sujeto y el gran otro (A). La ley como imposibilidad/la ley como posibilidad, inauguran el campo problemático de la subjetividad. El conflicto, eje fundacional de las inscripciones subjetivas. La carne dividida por el efecto del lenguaje inaugura el orden de la realidad a partir de la pérdida del orden de la mismidad de la carne.  El relato de Kafka “La colonia penitenciaria” plantea estratégicamente la noción de condensación de los cuerpos que va dar lugar al perfeccionamiento de una serie de fundamentos de las sociedades de control. Condensación: agrupamiento de elementos múltiples (en este caso el cuerpo es pensado como elemento múltiple ligado a diferentes circuitos: mirada, voz, oído, gusto, tacto, secreciones; ordenados en relación al placer y el dolor).  En este caso, la indisciplina, como correlato de la locura, será fundamental para echar andar la maquinaria de control. La indisciplina, y la culpa que desencadena. El mismo culpable fundará el estatuto efectivo de la máquina, es uno más de sus bornes, inaugurará un campo en el que estará justificada su reducción al estatuto de pura carnada: inaugurará la condición de su des-subjetivación, estado de pura carne, de nuda vida, siguiendo a Agamben[26]. El supliciado se colocará en tanto culpable, ante la ley, como despojo listo para ser doblemente despojado. Su indisciplina será fusionada –atada con correas de cuero- al uso de los circuitos del cuerpo, de formas en las cuales no encaje con lo propuesto por el orden de la Ley. La ley no es un abstracto.  Es el imperativo que materializa el mandato en la acción de los cuerpos. La ley en tanto imperativo, pone en marcha y a marchar al circuito múltiple del cuerpo.  La condensación de los cuerpos introduce la preocupación por la vida y la muerte, los grandes inmateriales que gobiernan el campo de la vida humana. Lo anterior fundará la necesidad de cuidar de la vida y la muerte hasta sus últimas consecuencias. La ventaja, al tomar la Colonia penitenciaria de Kafka, es que se presenta como atemporal y atópica, sin tiempo, sin lugar, por tanto puede estar ubicada en cualquier tiempo y lugar que el lector imagine; se puede presentar como fuera de tiempo, como desfase ficcionario, que sin embargo, entre más ficticio se presente, mayor orden de efectividad adquiere en el campo de la producción de realidades, de mundos, mundos imaginarios (¿qué mundo no es un conjunto imaginario?). Sigamos. La maquinaria operativizada en la colonia penitenciaria hace énfasis en el “entre dos muertes”: la biológica y la simbólica. La muerte segunda como la aniquilación del cuerpo gramatical que constituía al “ciudadano”. El ejercicio sólo lo puede ejercer quien tomó la soberanía como su plataforma de acción.  El soberano enloquecido se puede hacer cargo del otro y reducirlo a nada. Dado que se puede hacer cargo de sí, imperativo kantiano encarnado, el soberano es la función enloquecida de la ley. Para tener cuerpos dóciles, es necesario primero secuestrar los sentidos. Inducir una serie de mandamientos, cartografiar el espacio del cuerpo –circuito ojo, ano, oído, boca, piel- el espacio geográfico.  Algo del orden de lo inmaterial, cartografía atópica-atemporal, será fundamental para cumplir con la estrategia. La promesa que echa andar esto, es la promesa de soberanía, de un control estratégico del orden de la ley. Pero no todos acceden, sólo acceden unos cuantos, unos cualquiera, ejercito de reserva necesario para que el proyecto circule, necesarios y sustituibles, como cualquier engranaje de la máquina. Se necesita sumisión, cuerpos educados, dóciles, que exijan el castigo, que se coloquen como culpables, para poder de manera voluntaria servir como ejemplo que visibilice que la maquinaria funciona, y funciona muy bien. El énfasis en la cuadriculación del cuerpo que presenta Kafka, la posterior inscripción de ese cuerpo en el orden de la máquina de tortura, la cual en realidad cumple con los fundamentos de toda máquina de ortopedia, maquinaria pedagógica de privatización del grito, de la queja, de los quiebres de tendones de aquel que se acerca demasiado a la Ley. Acercarse a la ley es peligroso. Tratar de desnudar su absurdo puede ser letal. Es en la condición de la locura que precisamente se presenta ese acercamiento excesivo al orden del desmenuzamiento del orden de la ley. Pero ¿qué ley? O ¿qué leyes? La ley del estado, elemento aterrorizante. La ley que de la conservación del estado de las cosas interioriza el sujeto, aún es más aterrorizante. En la colonia penitenciaria se condensa el terror y la apatía que organizarán las sociedades de control:

–Es un aparato singular  –dijo el oficial al explorador, y contempló con cierta admiración el aparato, que le era tan conocido. El explorador parecía haber aceptado sólo por cortesía la invitación del comandante para presenciar la ejecución de un soldado condenado por desobediencia e insulto hacia sus superiores. En la colonia penitenciaria no era tampoco muy grande el interés suscitado por esta ejecución […] el condenado tenía un aspecto tan caninamente sumiso, que al parecer hubieran podido permitirle correr en libertad por los riscos circundantes, para llamarlo con un simple silbido cuando llegara el momento de la ejecución.[27]

La máquina de suplicio es un dispositivo: elemento que hace hablar, ver, saborear, tocar, defecar…Soldado escindido entre la disciplina (exterioridad) y la culpa (interioridad), disciplina que mediante un breve doblez denominado culpa, hacen que la superficie topológica invierta el orden de las cosas, no hay adentro ni afuera, disciplina y culpa pertenecen a la misma superficie, accionada por el pliegue del sentimiento de obediencia culpígena al dogma:

El explorador no se interesaba mucho por el aparato y, se paseaba detrás del condenado con visible indiferencia, mientras el oficial daba fin a los últimos preparativos, arrastrándose de pronto bajo el aparato, profundamente hundido en la tierra, o trepando de pronto por una escalera para examinar las partes superiores. Fácilmente hubiera podido ocuparse de estas labores un mecánico, pero el oficial las desempeñaba con gran celo, tal vez porque admiraba el aparato, o tal vez porque por diversos motivos no se podía confiar ese trabajo a otra persona.[28]

El explorador se muestra apático, la máquina ya no le produce ninguna sorpresa, al parecer simplemente va a verificar que los hechos que le habían sido referidos sobre la colonia penitenciaría sean efectivamente verdaderos. La apatía es la apatía del soberano, aquel que tiene a la muerte demasiado cerca, tanto, que está familiarizado con ella, tanto que ni siquiera podría vomitar ante la atrocidad del despedazamiento del cuerpo al interior de la máquina. Hay un previo pedagógico: el previo es la sumisión voluntaria, la desubjetivación es previa a la máquina, la máquina sólo realiza-finalmente el proyecto de la colonia penitenciaria. 

–Este aparato  –dijo, tomándose de una manivela, y apoyándose en ella– es un invento de nuestro antiguo comandante. Yo asistí a los primerísimos experimentos, y tomé parte en todos los trabajos, hasta su terminación. Pero el mérito del descubrimiento sólo le corresponde a él. ¿No ha oído hablar usted de nuestro antiguo comandante? ¿No? Bueno, no exagero si le digo que casi toda la organización de la colonia penitenciaria es obra suya. Nosotros, sus amigos, sabíamos aun antes de su muerte que la organización de la colonia era un todo tan perfecto, que su sucesor, aunque tuviera  mil  nuevos proyectos en la cabeza, por lo menos durante muchos años no podría cambiar nada. Y nuestra profecía se cumplió; el nuevo comandante se vio obligado a admitirlo. Lástima que usted no haya conocido a nuestro antiguo comandante. Pero –el oficial se interrumpió– estoy divagando, y aquí está el aparato. Como usted ve, consta de tres partes. Con el correr del tiempo se generalizó la costumbre de designar a cada una, de estas partes mediante una especie de sobrenombre popular. La inferior se llama la Cama, la de arriba el Diseñador, y esta del medio, la Rastra.[29]

Como polea de arrastre del Toro al final de la faena, así finaliza la operación de la maquinaria dentro de la colonia penitenciaria. El torero, la capa y la espada, diseñador y cama; la rastra, el arrastre del toro, o la camilla que se lleva semimuerto al torero ensartado por una inversión de los circuitos de la maquinaria.  La máquina kafkiana es dispositivo de perfección universitaria de raigambre sadiano del control de los cuerpos, el dispositivo riguroso responde a la rigurosa discursividad que lo ordena. Foucault definía dispositivo como “…un conjunto debidamente heterogéneo, que comprende discursos, instituciones, instalaciones arquitéctonicas, decisiones reglamentarias, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos, proposiciones filosóficas, morales filantrópicas; en resumen: los elementos del dispositivo pertenecen tanto a lo dicho, como a lo no dicho. El dispositivo es la red que puede establecerse entre estos elementos […] El dispositivo es de naturaleza específicamente estratégica, lo que supone que se trata de cierta manipulación de relaciones de fuerza, bien para desarrollarlos, en una dirección concreta, bien para bloquearlos, o para estabilizarlas, etc, (…) el dispositivo se halla entonces, siempre ligado a uno de los bornes[30] del saber, que nacen de él, pero que al mismo tiempo, lo condicionan.”[31]  La maquinaria de tortura desaloja la fiesta de la muerte, los rituales quedan abolidos cuando la maquinaria de tortura (maquinaria que representa lo real de la ley).  La hace apática, aburrida, como una escena interminable de porno. La ley apunta a esa relación maquínica que se repite una y otra vez en la escena pornográfica. Los elementos están ajustados, los engranajes repiten hasta el infinito rutinas que no son más que la normatividad que rige los cuerpos y sus excreciones. El plus de los cuerpos, sus desperdicios son garantía de que la ley seguirá gobernando cuerpos y creando territorios.  El dispositivo de tortura es muestra del ejercicio absoluto de la ley que norma los cuerpos, cualquiera que intente rebasar los imperativos de la ley, el criminal, caerá irremisiblemente en las redes de la máquina. La colonia universitaria es la colonia penitenciaria. Es ahí donde se realizan los verdaderos experimentos que se exportarán al campo de la cotidianeidad. La locura, la criminalidad, la anormalidad, han dado cuenta de la perfección de los elementos creados en la colonia universitaria. Asimismo Foucault planteará

Sólo la ficción puede hacer creer que las leyes están hechas para ser respetadas y que la policía y los tribunales están destinados a hacerlas respetar. Sólo una ficción teórica puede hacernos creer que hemos suscrito de una vez por todas las leyes de la sociedad a la que pertenecemos. Todo el mundo sabe también que las leyes han sido hechas por unos e impuestas a otros.[32]

Todo dispositivo legislativo ha organizado espacios protegidos y aprovechables en los que la ley puede ser violada, otros en los que puede ser ignorada y otros en fin, en los que las infracciones se sancionan. Esta ficción a la que Foucault hace referencia es la que denunciarán una y otra vez tanto Sade como Sacher-Masoch, ya sea desde la brutalidad soez del verdugo, o desde la frialdad elegante de la Venus con el látigo en la mano.

  1. De lado de Sacher-Masoch 

Venus In Furs

Shiny, shiny, shiny boots of leather

Whiplash girlchild in the dark

Clubs and bells, your servant, don’t forsake him

Strike, dear mistress, and cure his heart

Downy sins of streetlight fancies

Chase the costumes she shall wear

Ermine furs adorn the imperious

Severin, severin awaits you there

I am tired, I am weary

I could sleep for a thousand years

A thousand dreams that would awake me

Different colors made of tears

Kiss the boot of shiny, shiny leather

Shiny leather in the dark

Tongue of thongs, the belt that does await you

Strike, dear mistress, and cure his heart

Severin, severin, speak so slightly

Severin, down on your bended knee

Taste the whip, in love not given lightly

Taste the whip, now plead for me

I am tired, I am weary

I could sleep for a thousand years

A thousand dreams that would awake me

Different colors made of tears

Shiny, shiny, shiny boots of leather

Whiplash girlchild in the dark

Severin, your servant comes in bells, please don’t forsake him

Strike, dear mistress, and cure his heart

Venus in furs, THE VELVET UNDERGROUND-

“Golpea querida amante y cura su corazón”, frase que nos sirve para retomar los pliegues de la perversión, ahora desde un vistazo a la obra “La venus de las pieles” y los territorios del masoquismo. Abrimos este aparatado con la referencia al himno al masoquismo y homenaje a Sacher-Masoch que realiza The Velvet Underground en su álbum homónimo de 1967. Música plagada de referencias al dolor y el placer obtenidos a partir de ubicarse en experiencias límite. Rasgo de época que se extenderá hasta nuestros días. El espectáculo de la guerra como condición cotidiana de habitar occidente tomaba forma en la expresión de vanguardia musical que presentaban Lou Reed y compañía a partir del mecenazgo de Andy Warhol, padre del art pop. Respecto a este arte que terminará también en los panteones del patrimonio cultural que denominamos museos, dirá Juanes:

“Precisando términos: el Pop responde a una novedad histórica, como lo es el simultáneo encumbramiento y despliegue de la industria de la cultura, la sociedad del espectáculo y la configuración estética de la mercancía. Hacemos referencia a una figura de lo social atravesada por intensos flujos de deseo que se forjan en el interior de un círculo vicioso, totalizado por la complicidad entre los creadores de necesidades artificiales y unas masas flotantes que se dejan querer y exigen más de lo mismo aunque con empaque diferente”.[33]

Es desde el pop, además de la preocupación “psicopatológica”, que la obra de Sacher-Masoch va a cobrar relevancia. Muchos años después de que los sexólogos acuñen el término “masoquismo” para nombrar una particularidad psicopatológica, el masoquismo regresará como rasgo que caracterizará una forma particular de vivir en el mundo del consumo y la producción masiva, rasgo pop, configuración estética del masoquismo como mercancía. Podemos decir que el estudio de Deleuze, Lo frío y lo cruel, se encuentra colocado entre estos espacios: psiquiatría y psicoanálisis/y el arte pop parido por Warhol. Territorios pop, a fin de cuentas, abordados desde una filosofía que pone a dialogar a los psicoanalistas con los filósofos, y que, cosa interesante, nos muestra además un vínculo entre el Gilles Deleuze y el Lacan de “aquella época”. Más que deudores uno del otro, la obra de Deleuze interpela y lleva los análisis del problema de la perversión que propone Lacan a partir de Sade a un espacio de tensión con la figura del masoquismo. Ambos, Deleuze y Lacan coincidirán, y trabajaran para dejar claro que masoquismo y sadismo, como ya lo referíamos al inicio del presente texto, no son lo mismo, no hay rasgo de equivalencia, ni se puede reducir uno a la explicación inversa de lo otro. El masoquismo no es el reverso del sadismo. No hay por ende sadomasoquismo. Entremos en materia, Deleuze plantea que la constelación propiamente masoquista se establece a partir de la denegación, el suspenso, la espera, el fetichismo y el fantasma, características de despliegue de un particular territorio en el que, a diferencia del sadismo:

Lo real está afectado no por una negación sino por una suerte de denegación que lo hace pasar al fantasma. El suspenso cumple la misma función con respecto al ideal y lo introduce en aquel. En cuanto a la espera, es la unidad ideal–real, la forma o la temporalidad del fantasma. El fetiche es el objeto de este, el objeto fantasmatizado por excelencia[34]

Esta denegación de la que habla Deleuze nos remite de inmediato al planteamiento freudiano sobre el fetichismo, por ejemplo, en su célebre artículo sobre el fetichismo Freud referirá[35]:

Si ahora comunico que el fetiche es un sustituto del pene, sin duda provocaré desilusión. Por eso me apresuro a agregar que no es el sustituto de uno cualquiera, sino de uno determinado, muy particular, que ha tenido gran significatividad en la primera infancia, pero se perdió más tarde. Esto es: normalmente debiera ser resignado, pero justamente el fetiche está destinado a preservarlo de su sepultamiento. Para decirlo con mayor claridad: el fetiche es el sustituto del falo de la mujer (la madre) en que el varoncito ha creído y al que no quiere renunciar […] He aquí, pues, el proceso: el varoncito rehusó darse por enterado de un hecho de su percepción, a saber, que la mujer no posee pene.

Para desglosar la anterior cita abordemos algunos aspectos necesarios: una vez asumida como norma la organización genital, todas las formas de regresión o fijación a estadios anteriores, en los que la sexualidad se manifiesta mediante pulsiones parciales estrictamente vinculadas  a las diferentes zonas erógenas, se consideran perversas. Freud en Tres ensayos de teoría sexual  definirá la perversión como el negativo de la neurosis en el doble sentido de que a) el perverso actúa impulsos que el neurótico reprime; b) frente a la angustia el perverso se defiende con regresiones a formas de sexualidad infantil,  mientras el neurótico adopta otras formas de defensa, posteriores o sustitutivas a la represión.  Para hablar de fetichismo, hay que hablar de las pulsiones, en este lugar, en esta estructura se habla de que las pulsiones no son parciales, por tanto, en el objeto de la pulsión cuenta con la característica de ser parcial. En la perversión hay un desmentida, hay negación del objeto parcial, se le rinde culto a la existencia de aquel objeto que funciona como  el “Uno”, niega la rajadura existencial, la escisión efectuada por el orden del lenguaje trastocado como ley.  Para el perverso el objeto existe como totalidad, aparece desde lo real haciendo función de obturación, de taponeo del deseo: el masoquista, vía el fetiche, se muestra como aquel sirviente de Dios que va a deslumbrar al prójimo haciéndolo gozar: allá donde había un agujero se coloca el objeto que hechiza, hipnotiza al semejante, el masoquista no goza, actúa para que el otro especular goce. Señalemos: el goce no es parcial, el goce se presenta como totalidad incierta, explosión ante la culminación aparente de lo uno.  Antes de seguir, regresemos al planteamiento de Freud, retomado por Desprats-Pequignot: “Freud hace ver que en caso del fetichismo, la desmentida de la realidad recae electivamente sobre un punto: la ausencia  de pene tomada como castración y no como diferencia, lo cual da testimonio del privilegio otorgado al fantasma infantil”.[36] El fetichista desmiente la deferencia de los sexos, para el fetichista la madre tuvo pene, pero por alguna extraña razón (que después de todo no es tan extraña porque tiene que ver con la función del padre, de la cual, el fetichista nada quiere saber) la mujer o mejor dicho la madre pierde el pene, entonces, por esta misma razón de que el fetichista no quiere saber nada de la función de padre y  además de la relación subjetiva con la madre, el fetichista no logra dar cuenta de la diferencia de los sexos, nada quiere saber en relación a que la madre nunca perdió su pene porque la madre posee una vagina. Para el niño, la relación con el fantasma, será la relación con el otro, con el objeto fetiche que en este caso como se describe la mayor parte del tiempo es de origen femenino, por lo que se comentaba, no hay diferencia para el niño entre un hombre y una mujer, para él hay una pérdida en relación a la castración. Perdida insostenible, ante la cual la emergencia del objeto fetiche hace función, función desde lo real ante el apabullamiento del fantasma.  La descripción de Freud observa tres tiempos en la conformación de la Perversión: El descubrimiento y el reconocimiento, en primer lugar por el varón, y en menor grado por la niña, de dos categorías de seres: los que tienen pene y los que no lo tienen, el estupor y el espanto de este descubrimiento determinan en el varón el temor a una castración cuya ejecución es atribuida generalmente por el padre, por la función del padre. El segundo tiempo es el del rechazo, el de la desmentida de la representación de la castración, renegación, (sería “no es verdad que…”), proposición que combate la angustia y la amenaza de castración. Por último, una solución de compromiso mantiene las dos proposiciones contrarias en el inconsciente, que pueden admitirlas, lo que favorece una escisión subjetiva (o escisión del yo) que incluyen tanto la desmentida como el reconocimiento de la castración, aquí se instala la perversión: si, sé que existe la castración, pero aun así pongo algo allí donde falta (fetiche). Esa amenaza que siente el niño en cuanto a la castración entra por sus ojos y posteriormente se guiará a un objeto que determine la condición del goce[37].  En este sentido menciona Desprats-Pequignot:

Un “atributo” femenino percibido inmediatamente antes del descubrimiento increíble, se constituye en pantalla para encubrir la ausencia del pene y resulta colocado en posición de objeto “causa del deseo”, la desmentida de la realidad plasmada en la creación de un fetiche permite el encuentro sexual con  cualquier mujer portadora del atributo fálico.[38]

La elaboración de este objeto fetiche tiene como objetivo cubrir, o tapar cualquier pérdida, (por eso el fantasma infantil presente), así como alguna intervención con la alteridad que implique el mostrar la falta, mostrarse sujeto a los efectos de la castración. Por tanto la elaboración de este objeto, es una formación de compromiso, es decir, va a permitir que el fantasma acceda a la realidad pero siempre y cuando sea disfrazado, en este caso a manera de objeto fetiche: el masoquista sabe de la castración, pero aun así desmiente esta por medio del objeto fetiche. Si hay dominancia de las pulsiones parciales, la inclinación es hacia la perversión.  Freud entiende que lo patológico se produce cuando la perversión no surge al lado de lo “normal” (metas y objetos sexuales)  sino cuando esta ha reprimido y remplazado a lo normal en todas las circunstancias, entonces encontramos –en la exclusividad y fijación, por consiguiente, de la perversión—aquello que nos autoriza a considerarla como un síntoma patológico. Se trata de dos criterios decisivos en el abordaje de la perversión que remiten a cierta forma de organización del deseo. Freud muestra que el fetichista desmiente esta diferencia  de sexos la cual es interpretada como “castración”  de la madre, esta desmentida, con la que ella implica en cuanto  a la posición subjetiva respecto del deseo, es la que ordena en este caso las condiciones de goce: En el perverso todo se presenta como si ante todo él debiera trasgredir constantemente una ley y como si además tuviese que sustituirla por la ley de su deseo. En cierto modo el futuro perverso no quiere saber nada de lo que lo somete a la castración simbólica y por lo tanto  a la función paterna, mantiene así el fantasma infantil de madre fálica/castrada.[39] Para vincular lo anterior con la obra de Sacher-Masoch, y acercarnos a lo que Deleuze refiere en relación al suspenso que proseguiría al orden de denegación ya abordado en los párrafos anteriores vía la referencia a Freud, creemos pertinente retomar esa experiencia de la que escribe Sacher-Masoch, en relación a un despertar de la sexualidad en el que la figura de la mujer y el fetiche se entremezclan con la crueldad y la voluptuosidad en una misma escena, de la tía Zenobia rememorará:

Fue una tarde de domingo. No la olvidaré jamás. Había venido a visitar a los hijos de mi bella tía —como la llamábamos— para jugar con ellos. Estábamos solos con la criada. De golpe entró la condesa, orgullosa y altiva, envuelta en su gran pelliza de marta cebellina, nos saludó y me besó, cosa que me transportaba siempre a los cielos; luego exclamó: «Ven, Leopoldo, ayúdame a quitarme la pelliza». No tuvo que repetírmelo. La seguí al dormitorio, le quité las pesadas pieles, que sostuve con esfuerzo, y la ayudé a ponerse su magnífica chaqueta de terciopelo verde guarnecida de petigrís, que llevaba siempre en casa. Luego me arrodillé ante ella para calzarle sus pantuflas bordadas en oro. Al sentir agitarse sus piececillos bajo mi mano, le di, extraviado, un ardiente beso. Al principio mi tía me miró con sorpresa; luego se echó a reír al tiempo que me daba un ligero puntapié. Mientras ella preparaba la cena, nos pusimos a jugar al escondite y, guiado por quien sabe qué demonio, fui a esconderme en el dormitorio de mi tía tras un perchero guarnecido de vestidos y capas. En ese momento oí la campanilla y pocos minutos después mi tía entró en la habitación seguida de un agraciado joven. Luego ella empujó la puerta sin cerrarla con llave y atrajo a su amigo junto a sí. Yo no entendía lo que decían y menos aún lo que hacían; pero sentí palpitar con fuerza mi corazón pues tenía cabal conciencia de la situación en que me hallaba: si me descubrían, iban a tomarme por un espía. Dominado por este pensamiento que me causaba una angustia mortal, cerré los ojos y me tapé los oídos. Un estornudo que me costó mucho refrenar estuvo a punto de delatarme cuando, de pronto, se abrió violentamente la puerta dando paso al marido de mi tía, quien se precipitó en la habitación, acompañado de dos amigos. Su cara era de color púrpura y sus ojos lanzaban relámpagos. Pero en un instante de duda en que se preguntó seguramente a cuál de los dos amantes golpearía primero, Zenobia se le adelantó. Sin soltar palabra, se levantó de un salto, corrió hacia su marido y le lanzó un vigoroso puñetazo en la cara. El trastabilló. La sangre le corría desde la nariz y la boca. Aun así, mi tía no parecía estar satisfecha. Tomó su fusta y, blandiéndola, señaló la puerta a mi tío y a sus amigos. Todos, al mismo tiempo, aprovecharon para desaparecer, y el joven adorador no fue el último en zafarse. En ese instante el desdichado perchero cayó al suelo y toda la furia de la señora Zenobia se volcó sobre mí. «¡Qué es esto! ¿Así que estabas escondido? ¡Toma, ya te enseñaré yo a espiar!». En vano intenté explicar mi presencia y justificarme: en un abrir y cerrar de ojos, me tuvo ella tendido sobre la alfombra; luego, sosteniéndome de los cabellos con la mano izquierda y aplicándome una rodilla sobre los hombros, se puso a darme vigorosos latigazos. Yo apretaba los dientes con todas mis fuerzas; pese a todo, las lágrimas ascendieron a mis ojos. Pero, bien hay que reconocerlo, mientras me retorcía bajo los crueles golpes de la bella mujer sentía una especie de goce. Sin duda su marido había experimentado más de una vez sensaciones semejantes, pues muy pronto subió a la habitación no como un vengador sino como un humilde esclavo; y fue él quien se echó a las rodillas de la pérfida mujer pidiéndole perdón, mientras esta lo apartaba con el pie. Entonces cerraron la puerta con llave. Esta vez no tuve vergüenza, no me tapé los oídos y me puse a escuchar con toda atención tras la puerta —tal vez por venganza, tal vez por celos pueriles—, y oí de nuevo el chasquido del látigo que yo mismo acababa de saborear hacía un instante.[40]

Pese a la extensión de la cita, creemos relevante recuperar en amplitud lo que Sacher-Masoch refiere en relación a ese acontecimiento que lo marcó y que será el sello particular de La Venus de las pieles, el suspenso, la espera, la voluptuosidad. Primer tiempo: Leopold acomoda el abrigo y la zapatilla a la bella tía, incluso le besa el pie, ella lo recompensa con un beso; segundo tiempo: el juego al escondite, donde Leopold elige el armario de la bella tía como su espacio de resguardo; tercer tiempo: un agraciado joven acompaña a la tía a su habitación –para no interrumpir el encuentro, el pequeño Leopold permanece como una estatua, quieto, suspendido-; cuarto tiempo: entra el esposo de la tía acompañado de dos amigos y sorprende a Zenobia acompañada; quinto tiempo: después de expulsar al amante y a los dos amigos, la bella tía golpea al marido, quien sumiso acepta los latigazos; sexto tiempo: Zenobia descubre a Leopold guarecido en el armario y procede a darle de latigazos; séptimo tiempo: La tía Zenobia azota a su madrido, Leopold escucha fascinado detrás de la puerta. El suspenso acompaña todos los tiempos de la escena. Podemos pensar a partir de esto en el armado del fantasma masoquista, la voluptuosidad y el suspenso son los ejes sobre los que se despliega esa particular forma en la que el sujeto elige convertirse en el espacio en el que caerá la furia del látigo, espacio de dolor, sí, sin embargo, el dolor por sí no es lo que causa el placer deseado por el masoquista. Parece ser que el rostro extenuado de la fría y bella tía con el látigo en mano es la escena que premia la búsqueda masoquista, erección de una figura total. Ícono de la ley, a la que no le falta nada. Para llegar posteriormente al armado de la escena rememorada, para alcanzar eso que la escena fantasmática representa, el sujeto masoquista hará uso de un artilugio singular, y que nos remite de inmediato a pensar en las particularidades del ordenamiento de la ley que se ponen en juego en este registro específico, ese artilugio es el contrato. ¿Para qué le sirve un contrato al masoquista? Nos dirá Deleuze:

El contrato masoquista excluye al padre y traslada a la madre el cuidado de hacer valer la ley paterna y de aplicarla. Sin embargo, esta madre es severa, cruel. Pero el problema no se plantea así. En verdad, la misma amenaza que, considerada desde el punto de vista del padre y ligada a la imagen de padre, tiene la función de prohibir el incesto, lo hace en cambio posible y asegura su éxito cuando es confiada a la madre y asignada a su imagen.[41] 

El contrato afirma la severidad de la madre, quien a partir de la exclusión del padre detenta no sólo la ley sino que el mismo movimiento se apropia de la voluntad cedida por el masoquista. Severino, exigirá a Wanda que se coloque como la garantía de ejercicio de la ley. Cederá su cuerpo, su voluntad, todo. Su único deseo es ser dominado. Sin embardo el dominio de la escena lo tendrá el sujeto masoquista. La fantasía de dominio por parte de la domadora será una de las creaciones que el masoquista planteará como constitutivas del contrato. La presa no es necesariamente el masoquista sino la verdugo horrorizada por llevar hasta las últimas consecuencias el “dominio” y el control del cuerpo y de la voluntad del supliciado. De manera fría y cruel el sujeto masoquista se hace a sí mismo la moneda de cambio, única divisa con la que La mujer podrá acceder al reino del goce prometido vía la encarnación de la totalidad de la ley. Escena compuesta por contratos y fantasmas, suspensos, voluptuosidad en ls que podemos recuperar eso que Deleuze refiere como elementos de la constelación masoquista: denegación, la espera, el fetichismo y el fantasma. Movimientos lentos, frialdad calculada que recorre los espacios que van de la denegación al suspenso vía la condensación fetichista:

El masoquismo va de la denegación al suspenso: de la denegación como proceso que se libera de la presión del superyó, al suspenso como encarnación del ideal. La denegación es un proceso cualitativo que transfiere a la madre oral los derechos y la posesión del falo. El suspenso representa la nueva cualificación del yo, el ideal de renacimiento a partir de ese falo materno.[42]

El suspenso masoquista versus el movimiento aberrante sadeano pueblan las escenas organizadas por el masoquista. La elegancia caracterizará el estilo de Masoch, elegancia que hará límite con lo que Deleuze denomina “una extraordinaria decencia”, a la contra de Sade, quien optará por el insulto, por el lenguaje soez y brutal de los verdugos y la súplica virtuosa, miserable, de la víctima.

No es así en Masoch: en las amenazas, anuncios o contratos puede hallarse presente, sin duda, la máxima obscenidad, pero no es necesaria. Hasta cabe rendir a la obra de Sacher–Masoch en general el homenaje de una extraordinaria decencia. El censor más receloso nada tiene que reprochar a La Venus, a menos que enjuicie vaya a saber qué atmósfera, qué impresión de ahogo y de suspenso presentes en todas las novelas de Masoch. En muchos de sus relatos, le es fácil a Masoch instilar las fantasías masoquistas como si respondieran a costumbres nacionales y folclóricas, o bien a inocentes juegos infantiles o a chanzas de mujeres cariñosas, o incluso a exigencias morales y patrióticas.[43]

El mito de la gran madre, la gran patria, aparecerá una y otro vez en la Venus de las pieles, novela paradigmática. Mujer-verdugo, mujer-ideal de relación amorosa desexualizada, mujer- estatua. Inmovilidad, frialdad, suspensión del látigo en el punto preciso en el que lacerará la carne. Inmutabilidad envuelta en pieles:

El cuerpo de la mujer–verdugo está permanentemente envuelto en pieles; el de la víctima se mantiene en una extraña indeterminación, que sólo los golpes que recibe vienen a quebrar localmente. ¿Cómo explicar este doble «desplazamiento» de la descripción? Volvemos a preguntamos: ¿por qué motivo la función demostrativa del lenguaje en Sade implica descripciones obscenas, y en cambio la función dialéctica en Masoch parece excluirlas o, por lo menos, no entrañarlas en lo esencial?[44]

El dolor en todo caso no tiene que ver en el masoquismo con un equivalente placentero. Lo placentero son más bien los efectos que el dolor produce cuando cesa. El dolor no es un fin en sí. Es únicamente un medio para ir más allá de la ecuación que nos indica que en el masoquismo placer=dolor “el masoquista accede al placer a partir del dolor”, algolagnia, erotismo del dolor descartado.  En el masoquismo nos referirá de nueva cuenta Deleuze:

El yo triunfa, es cierto; y el superyó, a su vez, sólo puede aparecer, afuera, bajo la figura de la mujerverdugo. Pero, precisamente, por un lado no hay negación del superyó como había, en la operación sádica, negación del yo: el superyó conserva en apariencia su poder de juzgar y sancionar. Pero por otra parte este su-peryó, cuanto más conserva ese poder, más revela su irrisión, su condición de mero disfraz para otras cosas. Si la mujer que pega encarna todavía al superyó, es en condiciones de irrisión radical: como cuando, al concluir una partida de caza, se levanta una piel de animal o un trofeo. Porque en realidad el superyó ha muerto, aunque no por efecto de una negación activa sino de una «denegación». Y la mujer golpeadura no representa al superyó, superficialmente y en el exterior, sino para transformarlo también en objeto de los golpes, en el pegado por excelencia. Así se explica la complicidad entre la imagen de madre y el yo, contra la semejanza del padre en el masoquismo.

Nuestro autor destaca así mismo un elemento humorístico “la semejanza del padre indica a la vez la sexualidad genital y el superyó como agente opresor; ahora bien, uno es vaciado con el otro”, el humor es el triunfo del yo contra el superyó. El superyó ha muerto de denegación. El suplicio masoquista simula una partenogenésis. Cada latigazo es un dolor de parto. El masoquista se pare a él mismo en el suplicio. Cosa humorística, el latigazo vacía y hace parir.

  1. A manera de conclusión

Tanto la maquinaria sadiana como la máquina de tortura que nos muestra Kafka en su relato coinciden en un punto: muestran de manera tajante el lugar que el cuerpo ocupa para el registro de la ley. Producir un dispositivo que funde una y otra vez el estatuto radical de aplicación y muestra de la ley, y que además muestre la fragilidad de la víctima y su, hasta cierto punto, exigencia de castigo, son rasgos que organizan ciertas particularidades de los vínculos contemporáneos entre el sujeto y la ley. Por otro lado, la posición de frialdad ante el dolor de la tortura es rasgo a destacar desde nuestra introducción al análisis del masoquismo. El dolor, lo muestra Masoch no es “La vía” de acceso al placer, más bien, el cese del dolor será la condición de inauguración de una nueva forma de vínculo entre el sujeto y la ley. Se exige que la ley marque la carne, que la huella del latigazo haga marca en el cuerpo, será esa la muestra de un antes y un después, el masoquista retendrá en su cuerpo, en la piel, las marcas que sepultan el orden del dolor. Sólo vía el dolor se puede acceder a la ley. El masoquista organiza la escena para que la ley produzca los efectos de reconocimiento del sujeto ante un particular Otro de la ley, ese otro al que no le falta nada, ese que no está afectado por la castración, y que de acuerdo a Deleuze, estará representado por la Gran Madre. “La ley” aparecerá encarnada en el masoquismo por aquella que el contrato se establezca como la garante de la ejecución. La ley existe como completa como encarnada desde la completud, a partir del movimiento del masoquista que la hace aparecer.[45] El sádico por su lado intenta hacer un espacio más allá de la ley vía la negatividad radical y la apuesta por la segunda muerte, sin embargo el esfuerzo en grande y fallido, el resultado muestra una reafirmación del registro de los imperativos categóricos que se instalan como reforzamiento de la ley en curso. Paradójicamente el soberano sadiano, desde esta lectura, termina afirmando la ferocidad de la ley y la incapacidad de despegarse de sus dominios: no se puede entrar en la ley, y la única manera posible de salir de ella es vía la muerte.


[1] Gilles Deleuze, Presentación de Sacher-Masoch, lo frío y lo cruel, Amorrortu, Buenos Aires, 2001., p. 30.

[2] Ibídem.

[3] Georges Bataille, 1957, El erotismo, Versión epub libre, Scan Spartakku — Revisión: TiagOff, p. 9.

[4] Gilles Deleuze, Op. cit., p. 30.

[5] Ibíd., p. 29.

[6] “El valor de uso es originalmente inseparable del uso en sentido consuetudinario; una costumbre se perpetúa en una serie de bienes (naturales o culturales) poseyendo, por el uso del mismo hacemos, un sentido inmutable. Así el propio cuerpo, por la manera de disponerse respecto al cuerpo del otro es un valor de uso cuyo carácter alienable o inalienable varía según la significación que le otorga la costumbre. (Es por eso que hay un carácter de garantía que vale por aquello que no puede intercambiarse).” C. f. Pierre Klossowski, La moneda viviente, Los Cuarenta, Buenos Aires, 2011, p. 10-11.

[7] Gilles Deleuze, Op. cit., p. 29.

[8] Ibíd., p. 125.

[9] Ibíd., p. 125.

[10] Ibíd., p. 126.

[11] Eric Marty, 2011, ¿Por qué el siglo XX tomó a Sade en  serio?, Siglo XXI, México, 2014., p. 177.

[12] Jacques Lacan, La ética del psicoanálisis, Seminario 7, Paidós, Argentina., p. 312.

[13] Gilles Deleuze, Op. cit., p. 88.

[14] Ibíd., p. 90.

[15] Jacques Lacan, 1966,  Kant con Sade, Escritos 2, Siglo XXI, México, pp.746.

[16] Ibíd., 747-748.

[17] Ibídem.

[18] Donathien Alphonse Francois de Sade, 1795, Filosofía del tocador, Grupo Editorial Tomo, México, 2002.

[19] Jacques Lacan, Op. cit., p. 769-770.

[20] Gilles Deleuze, Op. cit., p. 127.

[21] Camille Dumoullié, Nietzsche y Artaud. Por una ética de la cruedad. Siglo XXI, México, 1996, p. 95.

[22] Ibídem.

[23] Julia Kristeva, Powers of horror, an essay on abjection. New York, Columbia University Press, 1982, p. 39.

[24] Georges Bataille, 1967, La parte maldita, precedida de La noción de gasto, Barcelona, Icaria, 1987, p. 28.

[25] Ibídem, p. 45.

[26] Giorgio Agamben, Homo Sacer I. El poder soberano y la vida nuda. Valencia: Pre-textos, 2003.

[27] Franz Kafka, 1914, En la colonia penitenciaria. En: Obras Completas de Franz Kafka. Teorema, España, 1983., p. 532-556.

[28] Ibídem.

[29] Ibídem.

[30] Un borne es cada una de las partes metálicas de una máquina o dispositivo eléctrico donde se produce la conexión con el circuito eléctrico exterior al mismo. Normalmente los bornes de una batería, motor o cualquier otro tipo de aparato eléctrico se conectan a través de terminales a los cables que sirven para su alimentación eléctrica.

[31] Michel Foucault, Saber y verdad., La Piqueta, Madrid, 1985, p. 128-129.

[32] Ibíd., p. 87.

[33] Jorge Juanes, Pop Art y Sociedad del Espectáculo. ENAP UNAM, México, 2008, p. 18.

[34] Gilles Deleuze, Op. cit., p. 76

[35] Sigmund Freud, 1927,  El fetichismo, Obras Completas, Tomo XXI, Buenos Aires, Amorrortu, 2007,pp. 147-148.

[36] Ibídem.

[37] R. Chemama, y B. Vandermersch, Diccionario de Psicoanálisis, Amorrortu, Buenos Aires, 2004.

[38] Catherine Desprats-Pequignot, Op. cit.

[39] Ibídem.

[40] Leopold Von Sacher Masoch, 1881, La venus de las pieles, Alianza, Madrid, 1973, p. 74-75. [En esta edición está incluida la obra Introducción al masoquismo, de Carlos Castilla del Pino].

[41] Gilles Deleuze, Op, cit., p.  96.

[42] Ibíd., p. 128.

[43] Ibídem.

[44] Ibíd., p. 29-30.

[45] Desde la frase de Iggy Pop “Only I wanna be your dog” podemos pensar que el masoquista sólo quiere ser el perro faldero de “La ley” enarnada por la mujer a la que no le falta nada, fetiche y látigo comprobarán que a ella no le falta nada.

José Antonio Mejía Coria

Licenciatura en Psicología por la FES-Iztacala UNAM. Especialidad en clínica psicoanalítica Freud-Lacan por la Red Analítica Lacaniana. Maestría en Psicoanálisis y Cultura por la Escuela Libre de Psicología de Puebla. Doctorando en Saberes sobre subjetividad y violencia. Docente en la Carrera de Psicología de la FES Iztacala UNAM, adscrito al área de Psicoanálisis y Teoría Social. Miembro del proyecto de investigación Universidad, Sociedad y Acción Comunitaria (USAC) de la FES Iztacala-UNAM. Docente en seminarios sobre psicoanálisis, filosofía y biopolítica, entre los que destaca el seminario continuo sobre Teología, filosofía y psicología, sede FES-Iztacala, UNAM. Miembro fundador del Foro del Campo Lacaniano de México (FCLM). Ha publicado diversos textos ligados al psicoanálisis, poesía y filosofía. Practica el psicoanálisis en la Ciudad de México.