Periodismo y la pérdida de experiencia en la modernidad tardía

Anaís Pereda

Abrí un periódico el otro día —no, no arrastré mis dedos por la lisa superficie del trackpad de mi computadora, ni hice clic en el enlace correspondiente—: rocé con mis dedos la superficie porosa del papel, sentí el peculiar aroma a tinta, tomé una orilla del ejemplar y di vuelta a la primera plana. Un acto antaño cotidiano y que, sin embargo, sentí lejano, de otro tiempo, como si estuviera realizando un ritual hace mucho superado. Pasé la vista por todos los elementos, recapitulando internamente mis clases de periodismo: cabezas —breves y contundentes—; balazos (no, no esos que te estás imaginando, aunque sin duda también los había), colocados arriba de las cabezas, complementando la información; sumarios —breves párrafos que dan el resumen de lo más importante—, para ahorrarle al lector la penosa tarea de leer el texto por completo; y, por supuesto, los cuerpos de las notas. Así, sección tras sección, de política a cultura.

Cerré el periódico y me encontré con una sonrisa en el rostro. ¿Por qué? Definitivamente no porque las noticias me alegraran el día. Tal vez solo por el reencuentro con el ritual, con otro tiempo y otra experiencia. Experiencia, ese concepto que —rizomáticamente— se expande sin limitantes de espacio, tiempo o forma.

¿Qué experiencia se puede pensar en torno al periodismo? ¿Y qué se le exige a partir de ésta? O, tal vez deba preguntarme: ¿qué le exijo yo?

No se trata en este momento de hacer un recuento de las ideas y los autores que han reflexionado larga y profundamente en torno a la experiencia, esa ya ha sido una labor emprendida por el historiador estadounidense, Martin Jay, en su obra Cantos de experiencia, en donde justamente señala que: “Experiencia” no es solo un vocablo del lenguaje cotidiano, sino que también ha desempeñado un rol en virtualmente todo cuerpo sistemático de pensamiento, proporcionando una rica veta de indagación filosófica desde la época de los griegos”. (2009, p. 17-18). Sin embargo, sí es necesario detenerse brevemente a abordar la relación de la experiencia con el lenguaje.

La experiencia no es una vivencia aislada ni un acto interior inefable: es, como han mostrado diversos filósofos contemporáneos, una construcción atravesada por la palabra. Para Heidegger, “el lenguaje es la casa del ser. En su morada habita el hombre. Los pensadores y los poetas son los guardianes de esta morada” (Camino al habla, 2003, p. 151), lo que implica que sin palabra no hay acceso al mundo ni al ser mismo. Paul Ricoeur, por su parte, afirma que “la narración configura la experiencia temporal, al articular el tiempo vivido en una estructura significativa” (Tiempo y narración, 1990, p. 106), sugiriendo que el relato no solo comunica, sino que moldea la experiencia. Giorgio Agamben advierte que “la incapacidad de transformar lo vivido en experiencia se ha convertido en regla. Lo que impide esa transformación es precisamente la imposibilidad de encontrar una palabra que lo acoja” (Infancia e historia, 2007, p. 28). Jean-Luc Nancy plantea que “la experiencia no es apropiación, sino exposición. Es estar expuesto al sentido, a lo común, a lo que no se puede poseer” (La comunidad inoperante, 2000, p. 52), y que la palabra se inscribe en esta apertura como resonancia compartida. Michel Foucault, desde otra perspectiva, sostiene que “no hay experiencia fuera del discurso: lo que se puede experimentar, pensar o decir está delimitado por formaciones discursivas históricas” (La arqueología del saber, 2002, p. 56). Incluso la poesía de Alejandra Pizarnik expresa esta imbricación entre palabra y experiencia: “El deseo de la palabra es la única salvación. La palabra como experiencia. La poesía como lugar donde se dan cita los imposibles” (Textos selectos, 2007, p. 82).

Así, de entre todas estas formas de pensar la experiencia, nos detendremos en la propuesta de Walter Benjamin. Su reflexión resulta especialmente pertinente porque, en ella, el vínculo entre experiencia y palabra se despliega con una potencia crítica singular, particularmente en relación con el ámbito del periodismo. Benjamin no solo se pregunta por la posibilidad de la experiencia en la modernidad, sino que encuentra en las formas narrativas —como la crónica, el cuento o el relato oral— un campo en el que la palabra puede resistir a la lógica de la información, y con ello, abrir un espacio para la experiencia compartida.

Así, para Benjamin (2007b), “la cosa está clara: la cotización de la experiencia ha bajado”. Incapaces de echar raíces en un terreno que se transforma a cada instante, ya ni el cielo ni las nubes escapan a la incesante mutación del paisaje. El desarrollo de la técnica y la “sofocante riqueza de ideas” que sacuden cotidianamente nuestras frágiles radículas han mermado, hasta casi eliminarla, la posibilidad de germinación de la experiencia. En este escenario, la figura del narrador benjaminiano —aquel que convierte la experiencia en relato compartible, cargado de verdad, memoria y sentido— se ve desplazada por una lógica de inmediatez y sobreabundancia de explicación que asfixia toda elaboración simbólica. Se impone, en su lugar, una nueva forma de comunicación que responde a los dictados del capitalismo tardío: la información.

De acuerdo con lo establecido por Thomas Weber en el libro Conceptos de Walter Benjamin (2014), Benjamin establece una relación crítica entre el concepto de experiencia y el periodismo moderno, particularmente al señalar cómo la forma predominante de comunicación bajo el capitalismo avanzado —la información— ha contribuido al empobrecimiento de la experiencia vivida. Weber señala que, para Benjamin, uno de los efectos secundarios de las fuerzas de producción modernas ha sido desplazar progresivamente la narración del campo de la lengua hablada (Weber, 2014, p.511), lo que implica una pérdida de la capacidad de compartir experiencias significativas.

La información periodística, que emerge como forma dominante de comunicación con el auge de la prensa burguesa, se caracteriza por ser breve, desconectada, fácilmente comprensible y orientada a lo nuevo. Benjamin observa que esta forma “consiste en impermeabilizar los acontecimientos frente al ámbito en que pudiera hallarse la experiencia del lector” (Benjamin, 2007b, p.127). Atribuye dicha impermeabilización a las determinaciones formales de la información: “curiosidad, brevedad, fácil comprensión y, sobre todo, desconexión de las noticias entre sí” (Weber, 2014,), las cuales impiden que el receptor integre lo leído a su propia vida.

Frente a esto, Benjamin contrapone la narración, que considera una forma de comunicación estrechamente vinculada a la praxis, la memoria y la tradición. Mientras que la información se limita a transmitir “el puro en-sí de lo sucedido”, la narración se sumerge “en la vida del que relata para participarla como experiencia a los que oyen” (I/2, 611). La fuente de la narración es “la experiencia que pasa de boca en boca” (II/1, 440), y en ella radica la posibilidad de fundar una cadena de sentido, una “tradición” (II/2, 453).

Benjamin sostiene que “la información cobra su recompensa exclusivamente en el instante en que es nueva”, mientras que la narración “es capaz de desarrollarse luego de mucho tiempo” (II/2, 445–446). Esta capacidad de la narración para actualizarse constantemente —por ser abierta, no conclusiva, y dejar lugar a la imaginación del oyente— permite que el receptor “pueda reencontrarse imaginativamente en ella y viceversa”, haciendo de la comunicación una experiencia transformadora.

En resumen, Benjamin denuncia que el periodismo moderno, al imponer el imperativo de la novedad y saturar al lector con explicaciones cerradas, priva a la comunicación de su dimensión experiencial y participativa. En contraste, la narración —con su apertura, memoria y vínculo con la vida— representa una forma de resistencia cultural, capaz de restituir el valor de la experiencia en la comunicación humana.

En este contexto, resulta clave recuperar la distinción que Walter Benjamin establece entre Erfahrung y Erlebnis, dos modos diferentes de concebir la experiencia. Como señala Benjamin (2007a), la experiencia auténtica (Erfahrung) supone una sedimentación simbólica que se construye en el tiempo, mientras que la vivencia inmediata (Erlebnis) es fragmentaria y evanescente. La modernidad, atravesada por la aceleración técnica y la sobreabundancia informativa, favorece la proliferación de vivencias inmediatas (Erlebnisse): momentos aislados que se suceden sin dejar huella, anulando la posibilidad de una apropiación subjetiva y colectiva del mundo.

Frente a esta fragmentación, Benjamin afirma que “el verdadero conocimiento relampaguea” (Benjamin, 2008). Con esta metáfora, subraya que el conocimiento auténtico no surge de un proceso mecánico de acumulación de datos, sino de un instante de iluminación que irrumpe en el flujo homogéneo del tiempo. Es en ese relámpago donde se revela una experiencia (Erfahrung) auténtica, pues enlaza de golpe pasado y presente, permitiendo que las vivencias adquieran sentido profundo y se conviertan en relato crítico.

Así, la apuesta de Benjamin es recuperar la posibilidad de experiencia auténcia frente a la lógica de la información veloz y superficial. El narrador benjaminiano no es un mero transmisor de hechos, sino quien convierte ese relámpago de conocimiento en un relato cargado de memoria, verdad y sentido colectivo. De este modo, la narración se opone a la saturación de vivencias inmediatas y restituye el poder transformador de la experiencia en la comunidad.

Frente a la lógica dominante de la información efímera, movimientos como el periodismo narrativo —con su énfasis en la profundidad, la estructura literaria y la subjetividad— y el periodismo gonzo —que fusiona realidad y experiencia personal desde una mirada cruda y participativa— han buscado recuperar la dimensión experiencial del relato. Ejemplos como las crónicas de Tom Wolfe o los textos de Hunter S. Thompson no solo cuestionan la neutralidad del periodismo tradicional, sino que reinstalan la figura del narrador benjaminiano: un sujeto que transforma el acontecimiento en experiencia compartida, cargada de memoria y sentido crítico. Aunque estos enfoques no escapan por completo a las dinámicas del mercado, representan grietas en el sistema, espacios donde la palabra aún resiste como acto de creación y no solo de consumo.

Sin embargo, estas prácticas alternativas son la excepción en un panorama donde, como advierten Adorno y Horkheimer, la lógica mercantil lo devora todo. Este viraje que Benjamin ya advertía a principios del siglo XX —la pérdida de experiencia auténtica (Erfahrung) y el dominio de vivencias (Erlebnis) relámpago— no ha hecho más que intensificarse con la industria cultural. La “industria cultural”, conceptualizada por ambos teóricos, estandariza el pensamiento, atrofia la imaginación y transforma la cultura en mercancía: “La industria cultural no somete lo que existe a esquemas, sino que lo produce en ellos” (Adorno y Horkheimer, 2007, p. 144). El relato cede ante la repetición vacía, y la experiencia simbólica es reemplazada por una saturación de contenidos que simulan novedad, pero que reproducen siempre lo mismo.

Esta transformación se evidencia de forma paradigmática en el periodismo contemporáneo, una práctica que, lejos de operar como mediadora entre mundo y palabra, ha sido absorbida por la lógica de producción de la industria cultural. En lugar de relatos que invitan a la reflexión o al entretejido comunitario, el flujo informativo privilegia la velocidad, el impacto y la optimización algorítmica.

Estas ideas encuentran una resonancia particular en el pensamiento de Hartmut Rosa, quien describe cómo la aceleración social se convierte en la dinámica estructural del mundo moderno. En su obra Aceleración y alienación, Rosa sostiene que el aumento vertiginoso del ritmo de vida, del cambio social y de la producción de información no solo transforma nuestras prácticas, sino también nuestra relación con el mundo: “En un mundo acelerado, las cosas no permanecen el tiempo suficiente como para ser apropiadas experiencialmente” (Rosa, 2016, p. 50). La aceleración impide la sedimentación simbólica, imposibilitando el gesto narrativo en tanto forma de elaboración y apropiación subjetiva del acontecer.

Así, la aceleración social, como la describe Hartmut Rosa, constituye otro eje clave para pensar la transformación del periodismo como práctica simbólica. En un mundo donde los tiempos de producción y circulación se acortan vertiginosamente, los relatos se ven reemplazados por fragmentos, titulares y consignas. La inmediatez no solo impone condiciones técnicas, sino que moldea la forma misma del decir: ya no se narra para comprender, sino para llegar primero.

Por su parte, aunque Michel Serres advierte que la sobreinformación puede generar un colapso de sentido, su teoría del ruido es más ambivalente. En su ensayo La comunicación, Serres sostiene que el ruido no es simplemente un obstáculo, sino una condición inherente a todo proceso comunicativo: sin la posibilidad del ruido, no habría transmisión ni transformación del mensaje (Serres, 1996). Sin embargo, en un entorno saturado por el exceso de canales y mensajes, como el contemporáneo, el ruido deja de ser un componente productivo para convertirse en un elemento caótico que impide la distinción entre señal y mensaje, entre palabra significativa y mero flujo indiferenciado. En este marco, el narrador benjaminiano es desplazado no solo por la lógica de mercado y la aceleración técnica, sino también por un entorno comunicativo donde el exceso de ruido impide la elaboración simbólica.

En este escenario de saturación y fragmentación simbólica, Andreas Reckwitz (2020) introduce su concepto de “la sociedad de las singularidades”. En ella, cada sujeto —y cada producto, cada relato, cada gesto— busca destacarse por su unicidad. Lo singular ya no es una excepción, sino una norma aspiracional dentro del capitalismo cultural contemporáneo. Esta exigencia de diferenciación constante transforma la experiencia en un insumo para la autopromoción. La narración deja de ser vehículo de memoria compartida para convertirse en una estrategia de posicionamiento individual.

Así, el narrador benjaminiano cede paso al narrador-performer, cuya función no es transmitir sabiduría ni sostener un lazo comunitario, sino captar atención, generar valor simbólico y producir singularidad consumible. La experiencia ya no circula como herencia, sino como contenido.

Esta lógica permea el periodismo contemporáneo, que busca posicionar cada nota, cada imagen, cada encabezado como un producto único, digno de viralización. Pero esa singularidad, más que surgir de una experiencia elaborada, responde a exigencias de visibilidad en un mercado saturado de signos. Así, se vacía el potencial crítico del relato, que se vuelve espectáculo.

Desde este cruce entre Benjamin, Adorno, Rosa, Reckwitz y Serres, se configura una crítica múltiple a las condiciones contemporáneas de (in)comunicación: pérdida de experiencia, imposibilidad de narrar, estandarización del sentido, aceleración de la realidad y saturación de ruido. Todos estos elementos apuntan a una misma pregunta: ¿qué lugar queda para la experiencia en un mundo que ya no permite detenerse, escuchar ni contar?

La forma actual de producción periodística se inscribe plenamente en los procesos señalados por Benjamin y desarrollados por la teoría crítica: una transformación de las condiciones de posibilidad de la experiencia, ligada a la técnica, la velocidad, la estandarización y la estetización superficial. En lugar de relatos portadores de memoria y sentido, predominan flujos de información desanclada, fragmentaria y autoexplicativa, que cancelan la posibilidad de narrar el mundo de manera crítica. El periodista —otrora mediador entre el acontecimiento y la comunidad— es hoy productor de datos veloces, atrapado en un sistema que privilegia la singularidad vacía sobre la verdad narrada. En esta economía simbólica, la experiencia no se transmite: se pierde.

Esta pérdida de experiencia simbólica no se limita al plano cultural o comunicativo: también impacta en los procesos subjetivos más íntimos, como advierte Silvia Ons desde una lectura lacaniana de la violencia contemporánea. En la sociedad contemporánea, la pérdida de experiencia no es simplemente una consecuencia del avance tecnológico o de la aceleración del tiempo; es también una manifestación de violencia simbólica que afecta profundamente la subjetividad. Ons (2006) sostiene que “uno de los síntomas más relevantes de nuestra contemporaneidad es, sin duda, el fenómeno de la violencia”, la cual “pulula por doquier y, aún sin ejecutarse, se hace presente como una sombra que amenaza la cotidianeidad de nuestra existencia”.

Esta violencia se manifiesta de manera sutil y persistente, operando desde lo simbólico, desde los modos en que se estructura el sentido y se normativiza la sensibilidad. En este contexto, el periodismo, como una de las prácticas más influyentes en la configuración de lo decible y lo visible, se convierte en un lugar privilegiado de producción de esta violencia. La sustitución de la narración —en el sentido benjaminiano (Benjamin, 2007)— por la lógica de la información inmediata y superficial, opera como una forma de borramiento de la experiencia.

Ons (2006) advierte que “la violencia contemporánea no se manifiesta necesariamente como agresión física directa, sino como interrupción de los procesos psíquicos que permiten a los individuos inscribirse en el mundo, asumir una posición deseante, articular una narrativa propia”. Desde una perspectiva lacaniana, que Ons retoma y desarrolla, la simbolización es el proceso mediante el cual el sujeto logra inscribir su experiencia en el orden del lenguaje, otorgándole sentido y estructura (Lacan, 1984). La incapacidad de simbolizar implica, entonces, una falla en la posibilidad de tramitar psíquicamente los acontecimientos, dejando al sujeto expuesto a vivencias crudas, no elaboradas, que lo desbordan. Sin la mediación simbólica, los hechos no se historizan ni se integran en una narrativa personal o colectiva, generando estados de fragmentación, angustia y desarraigo. Así, la violencia contemporánea, lejos de actuar únicamente a través de la agresión física, opera bloqueando o inhibiendo el acceso al registro simbólico, imposibilitando que los individuos elaboren un relato propio que los sitúe en el mundo.

El periodismo, al responder a imperativos de velocidad y rendimiento económico, despoja al lenguaje de su dimensión simbólica, dejando al sujeto expuesto a un cúmulo de datos e imágenes que no logran ser tramitados.

Esta lógica de producción contribuye a una forma de desrealización del mundo, donde los acontecimientos se vuelven inasibles y los sujetos se ven desbordados por la cantidad de estímulos sin marco de elaboración. La violencia, entonces, opera desde la saturación y la desestructuración de la experiencia. Así, lo que podría ser una práctica mediadora y articuladora de sentidos —el periodismo como acto narrativo— se convierte en una maquinaria de desubjetivación, donde la verdad, la memoria y la escucha se ven desplazadas por el impacto, la espectacularización y la lógica del rendimiento.

En este sentido, la pregunta por cómo se produce y se transmite el sentido en la esfera pública adquiere una dimensión ética y política urgente: ¿qué tipo de mundo construimos cuando el relato cede ante la información, cuando la experiencia se ve anulada por la eficiencia comunicacional? Si, como sugiere Ons (2014), la violencia se mide por su capacidad para impedir el lazo, para clausurar el deseo y despojar al sujeto de su posibilidad de simbolizar, entonces la actual forma de producción periodística constituye uno de sus rostros más sofisticados y persistentes.

Desde la perspectiva de Michel Foucault, el sujeto no es una esencia, sino el efecto de múltiples prácticas discursivas, institucionales y sociales. En sus propias palabras:

“El sujeto no está dado de una vez por todas. No es una sustancia. Es una forma, y esta forma no es primitiva ni constante: es el resultado de una construcción en permanente transformación” (Foucault, 1994, p. 242).

Este carácter constructivo del sujeto lo sitúa en el corazón de los mecanismos de poder y saber. Foucault propone que las llamadas tecnologías de poder —entre ellas, el discurso periodístico— no solo regulan comportamientos o circulan información, sino que modelan activamente las formas de subjetivación. En este sentido, la producción contemporánea de noticias no puede ser leída únicamente como un fenómeno informativo, sino como una forma de intervención directa sobre las condiciones de posibilidad del sujeto.

En el marco de una sociedad hipermediatizada, las noticias —efímeras, espectaculares, sobresaturadas de datos y explicaciones— reemplazan la experiencia por información, configurando sujetos que ya no narran ni se narran. Esta desexperienciación sostenida constituye una forma de violencia simbólica. Como señala Silvia Ons (2006), la violencia contemporánea no necesita de la brutalidad física para ejercer su potencia destructiva, sino que opera en la estructura misma de los vínculos, del lenguaje y de la subjetividad.

Los dispositivos mediáticos, bajo la forma de noticias veloces, fragmentadas y altamente visuales, configuran formas específicas de percepción, atención y memoria. Estos dispositivos instituyen lo que se puede decir y lo que debe ser olvidado, lo que es visible y lo que queda fuera del marco. En este sentido, podríamos decir que la pobreza de experiencia no es solo una consecuencia, sino una condición de posibilidad del tipo de sujeto funcional a la racionalidad neoliberal: fragmentado, acelerado, productivo, pero desconectado de toda posibilidad de elaboración simbólica profunda.

Así, en lugar de sujetos que se constituyen en la experiencia —como relatos que se transforman y comparten—, nos encontramos con identidades modeladas por un flujo constante de información deformada y saturada, que impide la inscripción, la historización y el deseo. La narrativa de sí queda desplazada por un archivo saturado de datos.

Foucault advierte que el poder moderno no se impone desde fuera con violencia visible, sino que actúa desde dentro del sujeto, en sus formas de pensar y de decir: “Las relaciones de poder se inscriben en el cuerpo, en los gestos, en los deseos, en todo lo que constituye la subjetividad” (Foucault, 1976, p. 183).

Desde esta lectura, la forma de producción periodística actual puede ser pensada como una tecnología de poder que actúa violentamente, no porque reprima o censure, sino porque forma sujetos sin experiencia, sin relato, sin elaboración simbólica. El exceso de información no solo impide la construcción de una memoria compartida —como advertía Benjamin—, sino que instala un régimen de verdad que empobrece la capacidad de historizar lo vivido. Esta forma de violencia, profundamente articulada con la lógica neoliberal, modela sujetos adaptativos, veloces y fragmentarios, desprovistos tanto de experiencia elaborada (Erfahrung) como de la capacidad de simbolizar su vivencia en un relato propio

Por lo tanto, podemos afirmar que la desexperienciación no es solo un síntoma de nuestra época, sino una condición estructural de producción subjetiva bajo formas contemporáneas de poder y violencia.

En definitiva, el análisis de la experiencia en el periodismo contemporáneo nos revela una compleja trama de transformaciones. La lógica de la información, impuesta por la industria cultural, la aceleración social y la sociedad de las singularidades, ha erosionado la capacidad del periodismo para generar Erfahrung: experiencia auténtica y significativa. Este proceso no solo afecta la producción de noticias, sino que también incide en la subjetividad, configurando sujetos fragmentados, deshistorizados y vulnerables a la violencia simbólica.

Ante este panorama, ¿qué le exijo al periodismo? Quizá sea injusto demandarle que resuelva lo que el capitalismo tardío ha descompuesto. Pero sí exijo —y me exijo— una pausa crítica: detenerse a analizar cómo se producen hoy las noticias, qué efectos tienen en nosotros y qué grietas permiten imaginar otras prácticas. No se trata de nostalgia por un pasado idealizado, ni de convertir al periodista en artista o redentor, sino de insistir en que, incluso bajo las condiciones actuales, es posible narrar de otro modo. Acercarse al arte, aquí, no es un gesto elitista, sino una estrategia para resistir la desubjetivación: recuperar el ritmo lento de la crónica, la honestidad radical del gonzo o la densidad simbólica de la palabra poética. Son gestos pequeños, sí, pero necesarios para recordar que el periodismo puede —debe— ser más que un flujo de datos: un espacio donde la experiencia compartida siga latiendo.


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Anaís Pereda

Periodista mexicana, egresada de la maestría en Edición, producción y nuevas tecnologías periodísticas de la Universidad CEU San Pablo en Madrid y licenciada en Periodismo por la Escuela Carlos Septién García. Actualmente estudia el doctorado en Saberes sobre Subjetividad y Violencia en el Colegio de Saberes.