Narcicismo. Sobre algunos efectos en el malestar contemporáneo

Emiliano De la Cruz

PROLOGO[1]

Quien haya sentido alguna vez el dolor en uno mismo, ese que parece que no está ni adentro ni afuera, que duele en la existencia misma, dolor que no podría ubicarse solamente en el cuerpo ni solamente en el alma. Dolor que señala la intrincación que somos: dentro-fuera, vida-muerte. Quien haya sentido esto, sabe cuál es la medida, el peso exacto de la existencia. A su vez, ninguna afirmación de hombre o mujer que siente el dolor de la existencia, sería válida para alguien más que no fuese sí mismo. Quien lo escuchara sentiría una conexión con lo que hay de más vital en su propio ser, pero no sabría nada nuevo de su propia vida. Tan solo sentiría el vértigo de vivir, ese que alguna vez escondió entre la madeja de la rutina y la cotidianeidad. 

Esta sensación inabarcable por el cuerpo, escapa a la finitud de la palabra, inunda la espalda, la lengua y el pecho. Desborda la comprensión y no encuentra tranquilidad en la explicación lógica de lo sucedido. Nos despoja de una cobertura que creíamos sólida ¿acaso nos descubrimos frágiles? Sensibles: abiertos al mundo. Es posible que no supiéramos de la existencia de esa coraza, sino hasta que se rompe. Cuando la cotidianeidad deja de ser una y la misma, para revelarse múltiple, punzante y efervescente.

Intento ser claro y algo me devuelve a la vida. La vida no es clara. Tenemos el hábito de tratar de entender la vida, hacemos planes y estudiamos el pasado, pero nada de eso ha contribuido a aminorar lo intempestivo del instante. Lo inesperado está a la orden del día y la noche es su hogar.

Ningún culpable, eso es lo que hay. La justicia es el embeleso del tedio y la venganza. Quién haya querido cambiar el pasado sabe esta suerte, sabe lo que es llevar la vida a cuestas. El “hubiera” multiplica la desgracia y nos transforma a nosotros mismos en una carga. Dejar atrás las historias que nos han dicho, le regresa a cada quien un impulso vital, una potencia de existir. Aquello que se perdió se recupera con creces y endereza el cuello de quien vive mirando hacia atrás. 

El anhelo de justicia en ocasiones nos lleva al camino del reclamo, donde nos encontramos con otros y otras quienes también han sentido ese mismo dolor que inquieta el sueño y rechina los dientes. En ese camino donde todos miran hacia atrás no puede haber irregularidades, la mínima piedra o banqueta los haría caer.

Nadie nunca ha tenido problema con “ayudar” a los demás. Se les escucha y llora con ellas y ellos. “¡Misericordia!” dice la iglesia que cobija a los fieles acercando el corazón al otro, “¡Resiliencia!” los utileros del sufrimiento, para que produzca y aumente la fuerza de trabajo.

Nuestra sociedad se plantea el objetivo de que el pasado ya no duela, que nos “reconciliemos” con él, y demos testimonio de ello frente a los demás que aún no han podido dejar el pasado atrás. Nada de eso. Quien se interese por su vecino que lleva el dolor a cuestas, no debería cargarlo con él, ni dejar que se siga regodeando en los relatos lamentables de su vida. ¿Por qué habría de dejar de doler el dolor, acaso lo perdido deja de estar perdido? El dolor es la cicatriz que nos libera de la regularidad, en él yace la potencia de la existir.

Lo que sigue es una exposición de estos sentires, acompañados de otros y otras que también han sentido en el dolor y el trauma, una pesadumbre que detiene la vida. Ellos y ellas han querido liberarla para hacer una lumbre que hierva la sangre y haga vibrar el cuerpo en intensidades, que nos devuelva a la alegre y dolorosa experiencia de vivir.

II

“¿Qué nos grita pues esta avidez y esta impotencia sino que hubo anteriormente en el hombre una verdadera felicidad, de la que no le queda ahora más que la marca y la huella absolutamente vacía y que él intenta inútilmente rellenar con todo lo que le rodea, buscando en cosas ausentes la asistencia que no obtiene en las presentes, pero de lo que son todas igualmente incapaces, porque ese abismo infinito no puede ser llenado más que por un objeto infinito e inmutable, es decir más que por Dios mismo?”[2]

El narcisismo como palabra de uso común, es utilizada con frecuencia para denominar algo que tiene que ver con vanidad o egoísmo. Hoy en día no es extraño escuchar que se diga de alguien que ejerce violencia o comete un delito que tiene un componente narcisista en su personalidad. Por ello y por el uso cotidiano en medios de comunicación, creemos pertinente diferenciar el narcisismo en tanto palabra ordinaria, usualmente usada como calificativo de una conducta, del Narcisismo como concepto psicoanalítico. Con esto intentamos rescatar algunos de los bordes y sentidos de esta moneda que con el tiempo ha perdido su troquelado.

El nacimiento del concepto está asociado a Paul Näcke, psiquiatra ruso, y a Havelock Ellis, el famoso sexólogo inglés. Quienes participaron, por separado, en el esfuerzo por pensar la homosexualidad por fuera de lo delictivo, lo moral e incluso la enfermedad. Ambos acuden al mito de Narciso para describir una perversión sexual y actitud psicológica respectivamente, consistente en dar “a su cuerpo propio un trato parecido al que daría al cuerpo de un objeto sexual”[3]. En 1909 durante una reunión de la Sociedad Psicoanalítica de Viena, Freud declaró que el narcisismo sería un estadio intermedio entre el autoerotismo y el amor de objeto, pero no será sino hasta 1914 cuando escriba su Introducción al narcisismo, texto en el que continuará y consolidará la construcción psicoanalítica del concepto iniciada con los comentarios a los casos Da Vinciy Schreber.

En Introducción al narcisismo Freud teje una urdimbre de conceptos asociados a la libido para explicar el primer dualismo pulsional, a saber, pulsiones de objeto y pulsiones yoicas o de autoconservación, y además, responder a la propuesta Jungiana de la “libido no sexual”. Pulsiones de autoconservación y pulsiones de objeto vienen a reemplazar el par “hambre-amor” que Freud propone inicialmente para dar cuenta de su teoría del conflicto, misma que a lo largo de su obra, le sirve para pensar la clínica psicoanalítica, a saber, la patología, la posibilidad de la cura y las imposibilidades que él mismo concebía para el dispositivo analítico. Entre otros asuntos, Freud tratará el del origen del yo, en tanto instancia psíquica producto del retorno de la libido una vez resignado el objeto investido. El recorrido pulsional que va del sí mismo (aún no constituido en tanto yo cabalmente) al objeto, para luego regresar a investir ese sí mismo, es el que da origen al yo: “la libido sustraída del mundo exterior fue conducida al yo, y así surgió una conducta que podemos llamar narcisismo.”[4]

¿A qué nos referimos cuando decimos Narcisismo? Una respuesta precisa deberá contemplar los aspectos metapsicológicos que Freud propone como articulación del método de investigación y teorización psicoanalítico. Empero, hacer esto nos demanda una exhaustividad que reservaremos para el primer capítulo de la tesis, a saber, una revisión tópica, económica y dinámica, que involucre la relación entre temporalidades y destinos de pulsión, además de la articulación entre la primera y segunda tópica. Estos aspectos tienen un papel importante en la constitución del Narcisismo y habremos de hacerla inteligible. Por lo pronto digamos que el Narcisismo no hace referencia al egoísmo, tampoco a la vanidad o autoestima del sujeto. 

El Narcisismo en la primera tópica y en tanto movimiento pulsional, hace referencia a la investidura del yo como objeto de amor, lo que en la segunda tópica será replanteado por Freud con la investidura proveniente del ello hacia un objeto, que al ser resignado, la libido retornaría al yo.[5] Recordemos que el autoerotismo se vuelve peligroso para el sujeto, la estasis libidinal le hace arrojar la libido hacia el mundo exterior. En ese movimiento hacia el mundo exterior se inviste un objeto, pero cuando este es resignado, la libido retorna al yo para investirlo, aunque habría que precisar que es ese movimiento el que “inaugura” el yo, invistiéndolo. Cabría decir que se trata del primer objeto investido en la historia libidinal, es tentador pensar que este se trataría del pecho materno o quizá del propio cuerpo como un objeto otro, aunque pensamos que la respuesta está entre ellas dos: es al mismo tiempo el pecho y el cuerpo propio, o mejor dicho, el primer objeto de amor que se inviste es la hendidura entre estos dos. Freud en sus últimas notas escribió: <Tener> y <ser> en el niño. El niño tiende a expresar el vínculo de objeto mediante identificación: <yo soy el objeto>. El <tener> es posterior, vuelve de contrachoque al <ser> tras la perdida de objeto. <El pecho es un pedazo mío, yo soy el pecho>. Luego, sólo: <Yo lo tengo, es decir, yo no lo soy…”[6] de ahí que esa separación sea la señal de haberse dado esa separación entre la mismidad y la multiplicidad de objetos en el mundo.

El yo es, además, la proyección de una superficie, aspecto que será retomado por Lacan en el estadio del espejo, etapa en la que el bebé habrá de relacionar su experiencia psíquica con una imagen. Esta imagen será, a grandes rasgos, una relación nunca acabada por completo de lo que el bebé percibe del deseo de la madre, y según Aulagnier, la manera en la que es esperado y hablado por ella, lo que constituirá la “sombra” dónde advendrá el yo[7]. El yo en tanto imagen del deseo del otro, es una idealización y una interpretación de ese deseo; por otro lado, el yo tendrá también que ver con los objetos de amor que se acumulan en la historia libidinal del sujeto, de las pérdidas de estos resultarán las identificaciones que dan la ilusión de identidad al yo, pero es solo una ficción mantenida por la conjunción de los mecanismos de Verleugnung y Entfremdung[8] para evitar la extraña y peligrosa sensación de no ser uno solo y el mismo. Freud dirá que el yo es una acumulación de objetos resignados, lo que remite a una imagen no solo echa de pérdidas, sino que implica que el yo es heterogéno para sí mismo, es decir, un compuesto hecho de fragmentos que guardan entre sí una relación de distancia o cercanía dinámica. El yo está, por lo tanto, en un constante devenir y es susceptible de escindirse, deformarse, segmentarse y partirse[9]. El Narcisismo nos pone tras la pista de estos y otros elementos que en mutua configuración resultan en un posicionamiento, una forma de estar en el mundo.

Es importante aclarar una cosa más. En psicoanálisis es frecuente que al abordar las temáticas nos remontemos a etapas pasadas de la infancia o la adolescencia por su relevancia y contenido. Un error que se suele cometer al momento del análisis es seguir pensando que el paciente está “atorado” en un tiempo pasado o que este sufrió una “regresión”. Al hacer esto olvidamos que una de las características de lo inconsciente es su atemporalidad. Lo adecuado sería considerar que las experiencias en el inconsciente se actualizan en el presente por motivos azarosos y de coincidencia, y consigo una reanimación de las etapas libidinales previas. Por lo tanto, nadie se atora o regresa en el pasado, sino que este “supuesto pasado” se actualiza en el presente, y con ello, adquiere un nuevo sentido alimentado por las circunstancias del momento, tensando antigüedad y actualidad en un nudo inconsciente. El Narcisismo, como todas las etapas psíquicas, están latentes en nosotros y basta que un día cualquiera, sin ningún motivo, algo inesperado y catastrófico suceda para que “el pasado” reclame su vigencia.

Lejos quedan las tentativas de definir al Narcisismo como egoísmo hedonista, que casi invita a imaginar a un sujeto que es puro placer y divertimento. La tensión y la posición subjetiva resultante de esto, puede que resulten placenteras en ocasiones, sin embargo, la imposibilidad de sostener un vínculo con la alteridad sin reducirla a “lo mismo” es un abismo al que asiste él o la narcisista sin ningún acompañante. Además hemos de puntualizar que en el caso de las subjetividades narcisistas la relación de completud con el objeto está tan mediada con el placer como con la angustia de desintegración del yo, pues en su relación con el objeto se establece lo que Chamizo ha propuesto llamar pacto[10], a saber, un contrato de subsistencia mutua con el objeto, sea este una sustancia o un dispositivo o una persona. El placer que se da en la ilusión de completud con el objeto solo se da, a condición de depender de él, y por lo tanto, a riesgo de perderlo y perderse a sí mismo en esa pérdida.

Hablar del malestar contemporáneo es una forma de localizar nuestra investigación, tanto en los términos en los que Freud hace referencia al malestar en la cultura, es decir, considerar el conflicto psíquico no desde una lógica individualista sino en relación con su entorno, y, además, situar temporalmente ese malestar. Esto último, apunta a dos ideas diferentes que convergen. Por un lado, lo contemporáneo entendido en el sentido propuesto por Agamben como aquello que está entorno a nosotros y de cotidiano se nos escapa, pero se expresa de manera intempestiva; y también apunta hacia un sentido de temporalidad que se relaciona con el de “actualidad” en sentido psicoanalítico. La actualidad no querría decir ni lo más nuevo, ni lo que está de moda, sino que hace una referencia a una forma de discurrir temporal. Un tiempo que simultáneamente avanza y se aferra a una imagen, queda prendida de ella, Le Poulichet se referirá a la toxicomanía como la invención de una “autocronía” “¿No puede entenderse precisamente la toxicomanía como una <neurosis actual>, por lo mismo que atestigua en acto una experiencia de destrucción del tiempo?[11] Las neurosis narcisistas parecieran tener una temporalidad propia que no se ajusta al tiempo cronológico, sino que se acercarían más a una actualidad, un siempre presente de la fijación del sujeto al objeto, similar a la de Narciso prendido a su imagen en el estanque.

Narcisismo y malestar contemporáneo, señalan las coordenadas principales de la presente investigación. Además, nos atrevemos a acotar aún más nuestro esfuerzo señalando que el alcance, o nuestro horizonte, es a propósito de “algunos efectos” esto podría parecer un gesto de timidez o inseguridad del autor, las cuales han sido, y seguirán siendo emociones que se navegan durante nuestra investigación, sin embargo, no es este el motivo por el cual subrayamos que nos dedicaremos a hablar “sobre algunos efectos” y no sobre diagnósticos, estructuras o patologías. Esto se debe en primer lugar a una sana prudencia a propósito de cualquier “malestar” y también a las características propias de nuestro objeto, el cual se constituye en un tiempo que parece presentarse en formas de sufrimiento que rápidamente quedan relegadas unas por otras. Este “aceleramiento” quizá sea una percepción externa, ya el mismo Freud señalaba en “tipos libidinales” del narcisista, que lo caracterizaba una prontitud en el actuar. Habría que pensar si esa prontitud o aceleramiento pudiera ser un “efecto” de la temporalidad que se vive en las neurosis narcisistas. Nuestro esfuerzo está encaminado a señalar “algunos efectos” que lograsen indicar una cierta manera de conformarse metapsicológicamente las posiciones subjetivas en nuestra contemporaneidad. Quisiéramos añadir una afortunada acotación que hace Aulagnier al comienzo de su trabajo “Observaciones sobre la estructura psicótica”,

El término “observaciones” está aquí para indicar a la vez las fuentes y los límites de lo que va a seguir: […] también quiere indicar el punto en que estoy, punto que se sitúa a mitad de camino entre la observación y su deducción teórica, muy lejos de toda respuesta exhaustiva o de una conceptualización que supere el estadio de una hipótesis de trabajo.[12]

Los “efectos” de los que trataremos bien podrían intentar definirse por toxicomanías, autolesiones, alteraciones en la conducta alimentaria y la problemática relación con los dispositivos electrónicos y las redes sociales, sin embargo, estos no deben tomarse por síntomas o diagnósticos, sino como aspectos de lo cotidiano que observamos con interés y preocupación. Aspectos que no se presentan de forma aislada ni definitiva, sino que se presentan a menudo como formas de descarga pulsional o de construcción de objetos narcisistas, “montadas” sobre aquello que tradicionalmente se ha dado en llamar “estructuras”. Esta coordenada nos acerca más a pensar el carácter o los tipos como resultado de las vías primarias de descarga y su relación con las formaciones reactivas devenidas rasgos identificatorios.[13] Si bien daremos algunas formas en las que se han entendido estos efectos, no pretendemos hacer de ellos una teoría, y mucho menos un catálogo. Nuestro interés está puesto en algo menos diagnóstico y mucho más en relación con las formas de descarga pulsional asociadas al Narcisismo desde un profundo entendimiento metapsicológico y los efectos en el malestar contemporáneo que observamos cotidianamente.

III

El narcisismo lleva a plantear a Freud el primer dualismo pulsional, pulsiones yoicas y de objeto, y con ello el nacimiento de la metapsicología, este es el precursor de los 12 textos de los cuales solo 4 fueron publicados. Si bien nuestro interés está puesto en el malestar contemporáneo vinculado al narcisismo, antes hemos de puntualizar algunos aspectos teóricos clave para luego dar el paso al pensamiento clínico.

La distinción “afuera-adentro” nos parece relevante en tanto es condición de posibilidad para pensar lo que médicos, psicoanalistas y psiquiatras evocan, y en ocasiones dan por sentado, cuando hablan de lo borderline o border, que, a su vez, hace referencia a una frontera. Misma que habría de distinguir espacialmente el adentro del afuera. Hay un acento en el aspecto fronterizo al momento de pensar ciertas formas de conflicto psíquico. Fronteras demasiado rígidas o demasiado permeables, que no admiten flexibilidad, y, por lo tanto, menoscabo al yo en tanto instancia psíquica que se adjudica la totalidad del aparato. El sufrimiento es tal que  en este terreno, hay común acuerdo en no hablar de formaciones de compromiso o síntomas, sino de una desinvestidura que hace el yo de las representaciones del objeto, mismo que daba soporte al sujeto, dejándolo frente a su vacío constitutivo[14]. En las figuras narcisistas lo que está en juego es una amenaza de existencia, y el dualismo adentro-afuera, es clave para la escucha y pensar posibilidades de análisis, ahí donde el mismo Freud afirmaba que al no haber investidura posible del analista, era imposible el psicoanálisis.

Además de esta dimensión espacial, hace falta detenerse en el aspecto temporal del inconsciente, particularmente, en los montajes temporales que simultáneamente están operando en el sujeto (no solo en las afecciones narcisistas), no basta con citar de memoria que el inconsciente es atemporal, también habría que dar cuenta de las distintas maneras de entender el tiempo en el inconsciente. A propósito de esto hemos de revisar las elecciones de objeto de amor de tipo narcisista, a las que Freud propone entender en íntima relación temporal: se ama lo que uno fue, se ama lo que uno es, se ama lo que uno querría llegar a ser, y se ama lo que fue parte de uno mismo[15]. Se podría cuestionar por el sentido de “lo que fue parte de uno mismo” y no sería sencillo de responder, si se lo toma en serio, Freud estaría afirmando que en la constitución del sujeto se desprende algo que no vuelve a ser parte de esa mismidad. Quizá en esta figura se vea con mayor claridad la imbricación que hay entre “frontera” y “temporalidad”, habría una especie de correspondencia mutua. El tiempo es parte íntima de la relación sujeto–objeto de amor, su ligadura y eventual desligadura tienen efectos en la constitución temporal de la subjetividad. No es gratutito que se diga que “el tiempo lo cura todo” esto en parte es cierto, temporalizar es también una forma de investir el mundo y su devenir, cosa distinta ocurre cuando el tiempo se detiene y con él también la investidura de los objetos, si pensamos en el fenómeno de la melancolía apreciaremos con más claridad esa dinámica entre lo que se fue o ya no está, y formas de percibir el tiempo.

Además de la revisión de los aspectos temporales y de frontera, es clave abordar los preparativos del narcisismo, a saber, aquello referente a la madre y su discurso. Piera Aulagnier hace una lúcida diferenciación entre el “deseo de maternidad” y “deseo de hijo”, siendo el primero la negación del segundo[16] y propiciando, según sus palabras, el espacio en el que la esquizofrenia puede advenir. Esto nos pone tras la pista de la “sombra hablada”

Precediendo en mucho al nacimiento del sujeto, hay un discurso preexistente que le concierne: especie de sombra hablada, y supuesta por la madre hablante, tan pronto como el infans se encuentre presente, ella se proyectará sobre su cuerpo y ocupará el lugar de aquel al que se dirige el discurso del portavoz.[17]

La relación entre His majesty the baby y la sombra hablada, es clara, si acaso, atinamos a señalar algunas diferencias son que en “la sombra” está puesto un acento mayor en la importancia que tiene el objeto-cuerpo como soporte mediante el cual el bebé interpretará eso hablado por la madre. Entre el objeto y la sombra existe posibilidad de diferencia y consecuencia de eso es que el yo vivirá como duda, agresión o sufrimiento esa falta de coincidencia, e inversamente, con alegría y placer el ajuste a la sombra idealizada del discurso de la madre. La sombra hablada es previa y condición para que se construya el discurso de “su majestad el bebé”, añadido a esto, Freud destaca al discurso de His Majesty the baby como heredero de la instancia parental (no solo de la madre) quienes en su transmisión admitirán su propia falta en el cumplimiento de las aspiraciones de los ideales de sus padres e inscribirán al bebé en la trama de su deseo, así como a la tradición y las costumbres.

Al llegar al estadio del espejo intentará unificar la dispersión de su cuerpo, para ello el infante cuenta con la mirada y el deseo de los padres quienes han depositado en él sus aspiraciones, legándole así, una herencia simbólica. Empero, el niño o niña deberá identificarse con esta imagen que se le presenta frente a él, dando como resultado el yo-ideal freudiano, he ahí cuando se es el niño maravilloso. La investidura que hace el yo de sí mismo está acompañada del niño o niña maravillándose de sí, del lenguaje, de la motricidad y sobre todo del amor que le procuran sus padres. Sin embargo, una estación más habrá de ser visitada, nos referimos al Complejo de Edipo que tiene como resultado la prohibición del incesto, la castración y el testimonio de no ser el objeto de único de amor, y que todas las identificaciones que ha tenido con los padres no pueden ser satisfechas en tiempo presente por sí mismo, que es tiempo de iniciar un proyecto identificatorio, o en palabras de Freud, de construir el ideal del yo. Una proyección en tiempo futuro hecha con la materia de los ideales de los padres y la cultura en que vive, consecuencia a su vez, de las generaciones pasadas. Se hereda pues, un lazo social que permitirá la pertenencia a la misma, con todas las bondades y limitaciones que esto representa. El ideal del yo, es una de las funciones del superyó, además de la autoobservación y la conciencia moral, las tres en su conjunto conforman al superyó, que a su vez es el heredero del Complejo de Edipo. Como se puede apreciar el narcisismo tiene sus propias complicaciones y no basta con hacer referencia al amor que se tiene por sí mismo.

Hasta ahora hemos mencionado sin profundizar, algunos de los elementos que consideramos centrales, mismos que nos orientan en el pensamiento clínico. Intentamos que estos no sean conceptos vacíos, y mucho menos, tecnicismos echados al aire, que elevados a verdad absoluta, pierdan el piso y la causa que les vio nacer.

Su pertinencia queda más clara cuando con frecuencia nos encontramos pensando algunas expresiones de la clínica asociadas al Narcisismo, entre otros motivos, por el trato que da un sujeto a sí mismo. Por ejemplo, el lugar que ocupa la droga en el cuerpo del adicto, o de formas igualmente enigmáticas, el dispositivo electrónico o el alimento.

Le Poulichet ha dedicado parte importante de pensamiento a repensar la clínica apoyada en conceptos  tales como construir conceptos:operación del farmakon, suplencia y suplemento narcisista,[18] partiendo de ellos y aportando sus perspectivas, por ejemplo el concepto de Objetos desconocidos, apunta hacia nuevas formas de entendimiento entre otros. Tratar a profundidad el tema de la toxicomanía no es objeto de este trabajo, pues ello implicaría un tratar del lugar que ocupa la droga, del cuerpo del adicto y la historia de las relaciones de objeto que ha tenido. De forma preliminar podemos decir que la experiencia del cuerpo en el adicto se vive cuasi un cadáver, un esqueleto de una criatura anterior de la que permanece una extraña memoria anterior a sí misma. Un cuerpo que fue, del que quedan solo fachadas. Un cuerpo que de lejano parece mítico y se vive en ese cuerpo de una manera “anterior”. Hay, sin embargo, una posibilidad de sentir su cuerpo ahora, esa posibilidad es la circulación tóxica en su cuerpo. Como esponja recupera su forma viva. Se trata de una <forma> fija, fijada, que restaura una <masa> narcisista, como para paliar la amenaza de algo intolerable.[19] El adicto, con la sustancia “hace cuerpo presente”, deja atrás el vacío y las fachadas para darse forma. Forma ahora. Forma un tiempo presente, puro instante, pura actualización incesante del presente. Un eterno presente que, aun dejando atrás lo anterior, tampoco avanza. No hay futuro. Una prisión presente en un cuerpo lleno de droga. Le Poulichet dirá del concepto de “neurosis actual” freudiano: se trata de una <neurosis actual>, en efecto, porque las condiciones de una transferencia han quedado precisamente abolidas[20]. Actual, no solo en el sentido de contemporáneo, además en términos de la experiencia temporal determinada por el cuerpo en su imposición actual, siempre del orden del instante presente. La hipótesis que se va dibujando es la de una vivencia del tiempo del deseo del otro, esa deuda del Addictus, de no poder ser el bien del otro. El acto toxicomaníaco sería una tentativa de hacer una autocronía que ya no dependiera del deseo del otro. Le Poulichet habla de “la emergencia de un cuerpo extraño”, esa extrañeza sería frente al deseo del otro. Hacerse un cuerpo extraño a ese deseo y tiempo del otro, a ese objeto de amor querido y perfecto en el que le quieren convertir, y del que sí mismo se enamoró, por eso intenta darse una auto consistencia con la sustancia.

Es preciso volver a examinar aquí las relaciones entre <lo actual> y lo tóxico, especialmente a partir de la clínica de las toxicomanías. ¿No puede entenderse precisamente la toxicomanía como una <neurosis actual>, por lo mismo que atestigua en acto una experiencia de destrucción del tiempo.[21]

Se borra la frontera entre el yo y el objeto recayendo el sentimiento de sí en buena medida en el objeto idealizado, y además se le conceden las funciones del ideal del yo. Quizá esto último nos ayude a pensar eso que hemos dado en llamar los usos problemáticos de los dispositivos electrónicos, en la que vemos con preocupación una especie de confusión entre el sujeto y el objeto. En 1919 Freud escribe “Lo ominoso” texto enmarcado en el viraje hacia la segunda tópica en el que echando mano de una mezcla entre filosofía, literatura y psicoanálisis nos propone pensar en “el doble”, una formación narcisista del sujeto producto de la amenaza con su vida. Ante este peligro se produce una efracción que daría como resultado una especie de respaldo virtual de aquello más esencial del sujeto en cuestión. El mismo Freud dirá que una de las primeras manifestaciones de esto podría ser la idea de “el alma eterna”, la cual nos sobrevivirá si nuestra existencia llegara a su fin. El sentimiento de lo ominoso acude cuando eso que diferenciaría al original de su doble es confuso y no se logran discernir laidentificación con otra persona hasta el punto de equivocarse sobre el propio yo o situar el yo ajeno en el lugar del propio -o sea, duplicación división, permutación del yo[22]. El dispositivo electrónico en sí mismo no tendría un peso específico, sino en tanto alberga al doble del sujeto, que mediante la interacción en redes sociales se acrecentaría el sentimiento de grandor del yo.

Las redes sociales electrónicas contienen en su arquitectura lo que se ha llamado “algoritmo”, responsable de que los contenidos que se presentan en las pantallas sean a fines al historial de nuestra actividad en esa plataforma. De ahí que haya una relación esencialmente mediada por la función del ideal del yo, lo que se querría ser o tener. Voluntariamente las configuramos a imagen y semejanza de nuestro sí-mismo. En medio del vértigo de no saber si nos vigilan o nos conocen, nos preguntamos ¿quién es el original y quién es el doble? Angustiosa pregunta que no respondemos sin un dejo de duda alimentado por las sagas de ciencia ficción que nos hacen sentir que las distopías han sido acogidas en nuestras sociedades, a cambio de unos likes.

A menudo y con facilidad se tiene un efecto ominoso cuando se borran los límites entre fantasía y realidad, cuando aparece frente a nosotros como real algo que habíamos tenido por fantástico, cuando un símbolo asume la plena operación y el significado de lo simbolizado, y cosas por el estilo.[23]

Las redes sociales electrónicas con su fantástico despliegue de contenido multimedia nos arrebatan las coordenadas de lo que considerábamos posible. El principio de realidad ha sido transformado por los programadores de “experiencia de usuario” en complicidad con nosotros mismos, poco a poco nos han ido convenciendo de cómo nos gusta ser vistos y ver a los demás. Los dispositivos electrónicos y la tecnología multimedia de hoy en día, han desarrollado interfaces, cada vez más cercanas a lo que podríamos llamar onírico: espacios sin tiempo, que parecen no haber sido tocados por manos humanas sino por el inmaculado código maquínico de los programadores. Hace mucho que las redes sociales electrónicas dejaron de ser un espacio virtual, en su actualidad se vuelven carne.

Las redes sociales, son nuestro doble, una suplencia narcisista desde la que nos vinculamos con nuestros seres queridos y la gente que admiramos. Un ataque, o un rechazo en facebook, puede ser igual o más severo que en la vida real, como ejemplo pensemos en la sensación que crece en nuestro cuerpo cuando alguien “nos deja en visto”, y es que no es al perfil de whatsapp, o al número telefónico, al que no se responde, si no que sentimos que es a nosotros mismos, es el sentimiento yoico el que recibe los ataques o rechazos. El doble: un perfil de instagram, un avatar, se vive mediado por uno mismo. Por lo tanto, la experiencia que se tiene de ellas es subjetivamente igual de propia.

Pero no solo este contenido chocante para la crítica del yo puede incorporarse al doble; de igual modo, pueden serlo todas las posibilidades incumplidas de plasmación del destino, a que la fantasía sigue aferrada, y todas las aspiraciones del yo que no pudieron realizarse a consecuencia de unas circunstancias externas desfavorables, así como todas las decisiones voluntarias sofocadas que han producido la ilusión del libre albedrío.[24]

Quizá en las redes sociales electrónicas podemos realizar cualquiera de nuestras fantasías, o al menos, eso es lo que se nos promete, y tal vez, lo que ha forjado su éxito. El grandor del yo en su máxima expresión. En las redes sociales electrónicas podemos vivir y amar lo que uno mismo, fue, es y querría ser.

La dificultad que conlleva esto es cuando el dispositivo electrónico en tanto objeto ocupa un lugar se suplemento, o peor aún de suplencia narcisista. Si bien no todos tenemos una relación de “dependencia” igual, hemos visto como el sentimiento de sí está íntimamente relacionado a ellos. De ahí que encontremos resonancia en el concepto de pacto narcisista, a saber, la simultaneidad entre investidura e identificación de objeto narcisista

Es como si se produjese un doble registro en ese pacto: por una parte la investidura se sostiene y es capturada desde el objeto que se impone, al mismo tiempo que esto da lugar en otro registro cuasi onírico, a la identificación narcisista[25]

Estos pactos narcisistas con los objetos surgen como medida para dar una consistencia al sujeto, que, por sus características, son frágiles y rígidas al mismo tiempo como ya hemos expuesto antes. Otra manera en la que vemos esto manifiesto es en la anorexia y la bulimia como formas de relacionarse con el alimento, ahí se trata menos de querer cumplir con un ideal de belleza tal como se intenta hacer creer y más con un “hacerse alimento para el Otro”.

El componente oral es manifiesto, incorporar por devoración y aniquilar al mismo tiempo es una puesta en circulación de las identificaciones narcisistas: tragar incesantemente el objeto amado y de este modo destruirlo equivale a devenir más y más ese objeto tragado y aniquilado[26]. Aniquilar se vuelve un mecanismo para conservar el objeto, aunque en el curso de ello se advenga ese mismo objeto que se quiso destruir. El alimento en tanto función vital se confunde con el pecho, el transito de la necesidad a la demanda queda al interior de un circuito sin salida en que la imagen de la Madre se impone sobre la imagen del yo. Dirá Le Poulichet que el espejo oral en que se refleja el sujeto le regresa una imagen en la que su cuerpo no le es propio y tampoco lo es su deseo. La invitación a desaparecer apunta a una especie de distancia de ese Otro devorador, o como dirá Pereña el sujeto parece atacar el alimento para conectarse con la vida[27]. La serie blanca de la que Green nos habló se hace presente para pensar ese espacio en el que no se es, en el que el narcisismo puede conducir, y en ocasiones, conduce a la muerte.

Finalmente, notarán que a lo largo de la exposición no se hace mención de la pulsión de muerte. Esto corresponde a una feliz invitación epistemológica que comprende tal concepto como una especie de clausura del pensamiento metapsicológico, sustituyendo esta técnica, por argumentos ad hominem elevando los nombres de la tradición psicoanalítica a certezas irrefutables pero ¿qué hacer cuando en determinados momentos de la obra freudiana se puede contrargumentar a Freud con Freud? estar despiertos y atreverse a preguntar y criticar a nuestros autores nos enriquece, siempre y cuando no caigamos en el lado b de la moneda, a saber: una crítica ad hominem. A lo largo de nuestra búsqueda hemos podido encontrar en las obras de Aulagnier, Le Poulichet, Laplanche, Leclaire, Green y Chamizo, un despliegue creativo de la metapsicología freudiana incluyendo la 1ra y 2da tópica, que, desde el segundo dualismo pulsional permiten ensayar preguntas y respuestas en torno al sufrimiento sin recurrir a la pulsión de muerte, misma que es imposible de pensar en términos tópicos, económicos y dinámicos, pero tampoco en términos de “pulsión” pues ¿cómo dar cuenta del drang, la fuente, la meta y el objeto de la pulsión de muerte? Creemos que cuando a menudo se asocia ésta a la agresividad o violencia con que se trata al objeto libidinal (siendo en ocasiones este el cuerpo mismo del sujeto) se cae en una caricaturización de lo que a cada quien evoca la pulsión muerte en su sistema de pensamiento. Si seguimos a Freud, él propuso el concepto como alternativa para pensar la compulsión a la repetición, la relación terapéutica negativa y la resistencia a la cura (masoquismo) los cuales no dejó de decir que eran enigmáticos para el psicoanálisis y no dio ideas concluyentes. En su lugar, proponemos pensar al masoquismo, por un lado, y el carácter parcial de la satisfacción pulsional, como elementos que permiten pensar a la libido (energía ligada eróticamente) en su dimensión agresiva, dolorosa e incluso autodestructiva. No olvidemos la última frase que lanza Freud para cerrar en 1924 su ensayo El problema económico del masoquismo: “Ni aun la autodestrucción de la persona puede producirse sin satisfacción libidinosa”[28].En adelante, ensayaremos también nosotros una escritura que prefiere ahondar en la ambivalencia del inconsciente, antes que resolver demasiado pronto y demasiado poco con el argumento de la pulsión de muerte.

IV

A partir de lo expuesto hasta ahora, hemos de darle un contorno a lo que provoca en nosotros una inquietud que se dirige a las subjetividades narcisistas y la implicación que tiene un pensamiento sobre las formas de crear y sostener vínculos en nuestras sociedades contemporáneas. Esto expresa de forma general lo que en esencia nos interesa investigar, de ahí que plantemos una primera pregunta que será nuestro horizonte a lo largo de la investigación:

“¿Cuáles son los factores y condiciones de posibilidad psíquicas y sociales que producen un tipo de subjetividad narcisista, y qué efectos producen éstas en el sujeto y en el campo de lo social?”

Nuestra pregunta de investigación requiere a su vez de otro tipo de preguntas más específicas, desde un lugar preciso, para lograr un alcance claro en términos conceptuales. Emprender este viaje sin referentes teóricos a un lado, nos expone al riesgo de perder fuerza y dirección a mitad de camino en la reflexión, ahogarnos en el mar por no haber seguido un “norte” definido; o igualmente decepcionante sería alcanzar la orilla a salvo de toda tormenta, y descubrir, al final de la investigación, que el agua nunca fue tan “profunda” como pensamos, que nos creímos en un viaje, cuando solo nos estábamos dejando llevar por la marea a pocos metros de la orilla. Es por esto que acompañamos nuestra pregunta de investigación de algunas otras preguntas paralelas que esperamos nos ayuden a navegar durante la investigación.

¿Qué explicación metapsicológica se puede construir para dar contenido a las subjetividades narcisistas?

¿Cómo pensar desde el primer dualismo pulsional las expresiones de agresividad al objeto y a sí mismo?

¿Cuáles son algunos factores contemporáneos que articulan el malestar en la cultura y las subjetividades narcisistas?


Referencias

[1] Del griego πρόλογος prólogos, de pro: ‘antes y hacia’ (en favor de), y lógos: ‘palabra, discurso’. Estas breves líneas invitan a poner en sintonía al lector(a), despertar una sensibilidad frente a aquellos que han vivido el dolor en sus diferentes formas. “Pro-logo” que intenta inscribirse previo a la razón (logos) que amerita un trabajo de estas características (un protocolo de investigación doctoral) para rescatar la dimensión sensible de la violencia, que, por otro lado, va cayendo en desuso.

[2] Pascal. Pensamientos (Gredos, España, 2014) pp. 70.

[3] Freud, Sigmund. Introducción al narcisismo en Obras Completas (1914) Tomo XIV (Amorrortu, Argentina, 2013) pp. 71.

[4] Ibid. pp.72.

[5] “Cuando el yo cobra los rasgos del objeto, por así decir se impone él mismo al ello como objeto de amor, busca repararle su pérdida diciéndole: <Mira, puedes amarme también a mi; soy tan parecido al objeto…>” Freud, Sigmund. El yo y el ello en Obras Completas (1923) Tomo XIX (Amorrortu, Argentina, 2013) pp. 32.

[6] Freud, Sigmund. Conclusiones, ideas, problemas en Obras Completas (1938) Tomo XXIII (Amorrortu, Argentina, 2013) pp. 301.

[7] Aulagnier, Piera. La violencia de la interpretación. Del pictograma al enunciado. (Amorrortu, Argentina, 2022) pp. 118.

[8] “[…] la Verleugnung y la Entfremdung, son dos mecanismos que operan con mucha frecuencia juntos y en particular, desde mi punto de vista, son los responsables de que el grandor del yo pueda prescindir de su carácter de compuesto”. Chamizo, Octavio. Las sombras de Narciso. Clínica freudiana II. (Siglo XXI, México, 2019) pp. 156.

[9] “El yo tendrá la posibilidad de evitar la ruptura hacia cualquiera de los lados deformándose a sí mismo, consintiendo menoscabos a su unicidad y eventualmente segmentándose y partiéndose.” Freud, Sigmund. Neurosis y psicosis. Obras completas Tomo XIX (1924) (Amorrortu, Argentina, 2012) pp. 158.

[10] “En la clínica del narcisismo, el pacto que suple al llamado, no da lugar a ninguna intimidad; al sujeto le da existencia no el llamado, sino la presencia de ese único-otro-semejante cuando éste lo incluye en su economía libidinal de masa de dos. En esto consiste el pacto narcisista, reiterémoslo: el sujeto adquiere existencia en tanto que sostiene al otro-semejante como el único objeto posible, lo cual, especualarmente, le da existencia al propio sujeto.”Chamizo, Octavio. Las sombras de Narciso. Clínica freudiana II. (Siglo XXI, México, 2019) pp. 110.

[11] Le Poulichet, Sylvie. La obra del tiempo en psicoanálisis. (Amorrortu, Argentina, XXX) pp. 144.

[12] Aulagnier, Piera. Observaciones sobre la estructura psicótica en Un intérprete en busca de sentido. (Siglo XXI, México, 2010) pp.283.

[13] “Si el carácter a través de la formación reactiva, es un modo de satisfacción pulsional no transformado ni atemperado por la distancia con el representante pulsional, y este modo se lleva a cabo en el yo, el narcisismo, en su aspecto de “grandor del yo”, se ve amenazado por dicha satisfacción como parte del “grandor”. El defecto convertido en virtud. O dicho así, el carácter es la formación reactiva investida narcisísticamente y, por lo tanto, vivida de manera ilusoria como seña de identidad.” CHAMIZO, Octavio. Las sombras de Narciso. Clínica freudiana II. (Siglo XXI, México, 2019) pp. 37.

[14] Green, André. Narcisismo de vida, narcisismo de muerte (Amorrortu, Buenos Aires, 2012) pp. 176.

[15] Freud, Sigmund. Introducción del narcisismo, Obras Completas tomo XIV (1914) (Amorrortu, Buenos Aires, 2012) pp. 87.

[16] Aulagnier, Piera. La violencia de la interpretación (Amorrortu, Buenos Aires, 2022) pp. 203.

[17] Ibid. Pp.118.

[18] Conceptos inaugurados por Derridá y Lacan.

[19] Le Poulichet, Sylvie. Toxicomanías y psicoanálisis. La narcosis del deseo. (Amorrortu, Buenos aires, 2019) pp. 118.

[20] Ibid. Pp. 157.

[21] Ibid. Pp. 144.

[22] Freud, Sigmund, Lo ominoso, en Obras Completas Tomo XVII (1919) (Amorrortu, Buenos Aires, 2012) pp. 234.

[23] Ibid. Pp. 244.

[24] Ibid. Pp. 236.

[25] Chamizo, Octavio. Las sombras de narciso (Siglo XXI, Ciudad de México, 2019) pp. 109.

[26] Le Poulichet, Sylvie. La obra del tiempo en psicoanálisis. (Amorrortu, Argentina, 1996) pp. 162.

[27] Pereña, Francisco. Cuerpo y agresividad (Siglo XXI, México, 2011) pp.192.

[28] Freud, Sigmund, El problema económico del masoquismo, en Obras Completas Tomo XIX (1924) (Amorrortu, Buenos Aires, 2012) pp. 176.


Bibliografía

Aulagnier, Piera. La violencia de la interpretación. Del pictograma al enunciado. (Amorrortu, Argentina, 2022).

Aulagnier, Piera. Un intérprete en busca de sentido. (Siglo XXI, México, 2010).


Chamizo, Octavio. Las sombras de Narciso. Clínica freudiana II. (Siglo XXI, México, 2019).

Green, André. Narcisismo de vida, narcisismo de muerte (Amorrortu, Buenos Aires, 2012).

Freud, Sigmund. Introducción al narcisismo en Obras Completas (1914) Tomo XIV (Amorrortu, Argentina, 2013).


Freud, Sigmund. Neurosis y psicosis. Obras completas Tomo XIX (1924) (Amorrortu, Argentina, 2012).


Freud, Sigmund, Lo ominoso, en Obras Completas Tomo XVII (1919) (Amorrortu, Buenos Aires (1919).

Freud, Sigmund, El problema económico del masoquismo, en Obras Completas Tomo XIX (1924) (Amorrortu, Buenos Aires, 2012).

Le Poulichet, Sylvie. La obra del tiempo en psicoanálisis. (Amorrortu, Argentina, XXX).

Le Poulichet, Sylvie. Toxicomanías y psicoanálisis. La narcosis del deseo. (Amorrortu, Buenos aires, 2019).

Pascal. Pensamientos (Gredos, España, 2014)PEREÑA, Francisco. Cuerpo y agresividad (Siglo XXI, México, 2011) pp.192.

Emiliano De la Cruz

Es licenciado en psicología por la UAM-X y cuenta con un certificado en Teoría Crítica por Instituto 17 de Estudios Críticos. Es maestro y doctorante en saberes sobre subjetividad y violencia por el Colegio de Saberes. Realizó una especialidad en práctica psicoanalítica y actualmente se dedica a la consulta privada. Sus temas de interés son psicoanálisis, narcisismo y violencia.