El cosmos late porque todo en él es permanente transformación, respira porque hay intercambio de afectos en los entrelazamientos de sus singularidades. Late y respira porque es tejido vivo que se regenera, descompone y reconstituye en conexiones, sentidos y territorios. Se apaga de una manera y se enciende de otra en múltiples singularidades. Matices de un entorno que se pliegan hacia la mirada: no existen como entidades fijas y dadas, sino que se constituyen en relación con quien las percibe. Es una torsión mutua entre el mundo y la percepción donde uno se deja afectar por el otro.
Sin embargo, el hombre ha ido tomando ese tejido vital para colonizarlo haciendo uso de múltiples dispositivos que atraviesan lo sensible y lo van adoctrinando, secándolo como tierra fértil erosionada. La atención ha sido gradualmente secuestrada por la tecnociencia: con sus biotecnologías, algoritmos, plataformas y flujos mediáticos forman una red muy particular de control que produce subjetividades dirigidas a la funcionalidad y direccionadas a su propia servidumbre. Al adormecer la curiosidad, lo que se pierde es la capacidad sensible, la noción de transversalidad y la apertura a lo heterogéneo que permita la creación de líneas de fuga; en su lugar va quedando una especie de inmutabilidad ante las diferentes formas en las que la masacre se manifiesta, lo que conlleva a una participación tanto activa como pasiva en los desastres ecológicos patrocinados por el capitalismo. De esta manera no sorprende que, ante tal devastación, lo que resulte sea un sistema cíclico de venganza, burla, exclusión y hasta la completa indiferencia.
Félix Guattari plantea que los estratos espaciales polifónicos, al transformarse, generan choques y encuentros que se disponen en configuraciones concéntricas. En su proceso de expansión y metamorfosis, estas configuraciones se expanden hacia otros planos de alteridad, no sólo ocupándolos y reorganizándolos, sino también engendrando subsecuentes reacciones[1]. Slavoj Zizek advierte en su libro Contra el progreso que estamos obligados a hacer frente a las catástrofes ónticas[2]. La pregunta es: ¿de qué modos es posible oponer resistencia a la captura y domesticación de la existencia?
Guattari busca superar los binarismos como sujeto-objeto, individuo y sociedad, consciente e inconsciente ya que según desarrolla en su libro Caosmosis la subjetividad es plural y polifónica pues no depende de una instancia que sea dominante a las otras[3]. Lo anterior, descartando incluso al psicoanálisis tradicional arguyendo que este no concibe de manera transversal a la subjetividad pues reduce los hechos sociales a mecanismos psicológicos que dejan de aperturarse a Universos incorporales. Respecto a esta transversalidad se refiere a las colisiones o encuentros entre los diferentes modos de existencia, prácticas, sensibilidades o sistemas que ya estaban previamente inscritas en territorios existenciales como campos de referencia subjetivos que van desde la geografía, lo afectivo o lo semiótico, y que, en su singularidad resultan irreductibles a normas generales.[4]
Los territorios existenciales no son formas consolidadas de individualidad sino conjuntos de coordenadas que estabilizan momentáneamente una subjetividad o colectividad para ejercer una forma de vivir. La importancia de abrirse a lo que él denomina Universos incorporales radica en que, al relacionarse con otras formas lógicas, estéticas o éticas, los sistemas de valor con los que suele medirse, jerarquizarse o dar significado a la vida, consigan expandirse y reconfigurarse. Los Universos incorporales, por su parte, conllevan la complejidad de ser, como su nombre lo indica, inmateriales, o bien, sin un cuerpo determinado a la materialidad, más no por eso dejan de ser reales. <<No se trata de Universos de referencia en general, sino de dominios de entidades incorporales que se detectan al mismo tiempo que se los produce y que revelan estar ahí desde siempre, no bien se los engendra>>[5]. Pueden ser afectos, ideas, pensamientos o sensaciones que, si bien repercuten en los cuerpos materiales, no dependen de un soporte físico inmediato.
Las colisiones que se dan en la transversalidad afectan desde lo “cercano” hasta las redes de geografía más amplias en el tejido de lo social y lo cultural. Los encuentros entre los dominios ya sean corporales o incorporales, generan resonancias que trascienden los territorios subjetivos hacia las diferentes formas de colectividad, de ecología. De ahí que para Guattari <<las producciones semióticas de los mass media, de la informática, la telemática, la robótica deban ser puestas al margen de la subjetividad psicológica ya que estas máquinas han estado operando en el corazón de la subjetividad, no únicamente en el seno de sus memorias, de su inteligencia, sino también de su sensibilidad, de sus afectos y sus fantasmas inconscientes>>[6].
En este sentido, cabe mencionar que, desde las primeras décadas del siglo XXI, asistimos a una intensificación de los dispositivos de control que organizan la vida desde lo molecular por medios tecnocientíficos sin precedentes: algoritmos, plataformas digitales, biotecnologías, mecanismos de vigilancia y redes de información que configuran elaboraciones que no solo actúan sobre el mundo, sino que produce formas de sensibilidad y pensamiento. Se trata de una nueva tecnología política de control de los cuerpos que estira la lógica del biopoder, desplazando las fronteras entre lo público y lo íntimo: las esferas que se consideraban privadas van siendo tomadas por las esferas públicas al grado de llegar a entremezclarse y confundirse[7]. Pero no estoy hablando de simbiosis o de hacer comunidad, sino de gobernar sigilosamente al atravesar las porosidades semióticas llegando a modular las condiciones mismas de lo que puede percibirse, pensarse, desearse. Una actuación sigilosa pero contundente que aún en sus movimientos bruscos y cínicos ha logrado hacer pasar formas de esclavitud por oportunidades necesarias, no sólo para el éxito, sino para la existencia misma.
Gilles Deleuze en su breve ensayo de Pos-scriptum sobre las sociedades de control (1990), describe como ha habido una transición de una era de dispositivos disciplinarios que encerraban a los cuerpos, a una era de control en la que subyace un poder que se ejerce de forma contínua y descentralizada mediante dispositivos algorítmicos. Las sociedades de control se organizan por medio de la información que les da el poder de anticipar y dirigir las conductas a través de interfaces digitales, datos biométricos y ahora cuánticos; así, el poder se convierte en un operador inmanente que penetra lo cotidiano de la experiencia y el acontecimiento influyendo profundamente en la toma de decisiones conscientes e inconscientes, las emociones y en las formas de vincularse[8]. Los ejercicios de poder pasaron de físicos a soluciones químicas (farmacológicas), hasta las actuales tecnico-cuánticas: las cuales encausan flujos de información mediante maquinarias de aprendizaje para inducir modelos de pensamiento, reacción y deseo que muchas veces van dirigidas al consumo y a la contención de fugas del pensamiento y, por ende, del comportamiento. Todas ellas, con el objetivo de someter y adormecer las posibilidades de contemplación y disfrute, de sentir, de sentir también el dolor y la frustración, de atender la angustia.
Guattari, en diálogo con estos autores, profundiza en estas mutaciones de las formas de control al señalar que el capitalismo contemporáneo ya no sólo organiza las transacciones mercantiles, sino que ha venido colonizando silenciosamente la semiótica misma, esto es, los flujos de signos que constituyen los afectos y deseos de una subjetividad. En sus palabras: “asistimos a una mutación hacia el capitalismo mundial integrado, que opera tanto a nivel económico como semiótico, afectando los ecosistemas mental, social y ambiental.”[9]
Son prácticas que resultan cada vez más agudas en la instrumentalización de los sistemas de información y de comunicación para la abstracción de un ambiente que cae en desuso, inusual, inútil, y más bien a disposición de las utilidades: como no se trata del bosque y sus componentes heterogéneos y singulares, sino de la madera, del desarrollo turístico y la tierra para el ganado, su valor es utilitario. Como el de la humanidad, una humanidad que se atraganta con el tiempo que nunca alcanza para satisfacer una expectativa insaciable, que no reconoce, pero sí pone a gozar, y donde no estar ocupado es no tener el derecho ni siquiera a existir. Renunciar, disentir, abstenerse y hasta variar se perciben como el parasitismo al servicio de las ganancias de otros que sí supieron facturar su capital bien o malogrado.
Slavoj Zizek considera que no existe el progreso generalizado, pues como ocurre en la segunda ley de la termodinámica[10]: se puede producir calor a partir de trabajo a una temperatura dada, pero no a la inversa, no es posible producir trabajo a partir de calor a una temperatura dada sin ningún otro cambio en el ambiente, se requiere de trabajo adicional en otra parte del sistema, y si el sistema es cerrado, entonces se habrá vuelto al punto de partida. Lo que Zizek refiere es que, lo que para algunos es progreso, para otros, es pérdida o trabajo adicional. Se requiere de la devastación de una parte del sistema para producir lo que algunos, al servicio del capital llamarían progreso. ¿Progreso para quiénes? Siguiendo la misma lógica y la misma ley, la entropía total de un sistema aislado nunca disminuye, sólo puede aumentar o, en el caso de un proceso reversible, permanecer constante. En este sentido, la Tierra, que no es un sistema completamente aislado dado que constantemente se encuentra recibiendo radiación solar y emitiendo radiación infrarroja, se ha visto afectada por los cambios internos que, en nombre del progreso han llevado a lo que podría ser una distribución de aquellos cambios energéticos a mermar en sus procesos. El derretimiento del permafrost ha liberado cantidades de metano y CO2 que han llevado a acelerar el continum del calentamiento a niveles que ya no pueden ser regulados de manera natural en el tiempo. Dado que se trata de procesos irreversibles, la energía acumulada no podrá alcanzar un equilibrio en lo que probablemente le resta de vida a la humanidad. Incluso, aún si ahora mismo se detuvieran las emisiones que están causando estos estragos, la afectación acumulada perduraría por siglos. La urgencia no reside en dejar de actuar, pues esta opción no es siquiera posible, la urgencia reside en actuar de maneras distintas antes de que la “entropía climática” alcance niveles incompatibles con los sistemas ecológicos que involucran a la vida así como la conocemos en esta era.[11]
Es así, la actualidad se encuentra situada frente a una crisis ecológica de múltiples escalas: instrumentalización de la vida (aún la cotidiana), explotación algorítmica de la atención, adoctrinamiento del deseo, aceleración del tiempo vital y despojo de herramientas para la creación de mundos habitables, entre muchas otras. En un contexto donde la tecnociencia ha extendido sus dispositivos de captura hasta lo molecular de lo viviente, surge la necesidad de activar cuestionamientos y propuestas que respondan a esta situación con la misma complejidad, transversalidad y potencia. Las problematizaciones ya no pueden pensarse como saberes aislados o neutrales, sino como máquinas que participan en la crítica, pero también en la resistencia y la creación.
Las ecologías del sentido, tal como las propone Félix Guattari, permiten pensar esta intervención desde una perspectiva múltiple y rizomática que ponga en relación lo ambiental, lo social y lo subjetivo como dimensiones inseparables de lo viviente. En lugar de continuar las vías del pensamiento crítico moderno centrado en el sujeto, se trata de pensar desde las ecologías del sentido, romper con los binarismos y asumir la co-existencia entre cuerpos y sus implicaciones en el entorno. La apuesta es por una ontología inmanente y procesual, donde la producción de sentido, deseo y existencia se dé en ensamblajes maquínicos, afectivos y simbióticos.
En la perspectiva de Guattari, en conjunto con Deleuze, toda producción, ya sea material, artística, semiótica, debe ser pensada en términos maquínicos. Las máquinas no constituyen unidades autónomas ni autosuficientes, son agenciamientos de elementos heterogéneos cuya existencia depende siempre de su articulación con otras máquinas. En este sentido, no hay producción que no sea, al mismo tiempo, conexión y ensamblaje. Su potencia radica precisamente en las redes que conforma. Desde esta lógica, tampoco es posible trazar las vías de desterritorialización de la subjetividad como trayectorias aisladas, aun si esto fuese en su modo sumario: hacerlo, reducirlas a líneas independientes, conduciría a la merma su carácter múltiple y polívoco.[12] Para Guattari, la máquina es una figura filosófica y política que expresa cómo los procesos teóricos y estéticos producen una nueva realidad; en la caósmosis estas máquinas ya no están al servicio de un orden exterior, sino que participan en la creación de mundos posibles, en el devenir de nuevas formas de vida.[13]
Guattari comienza su libro Caosmosis denunciando la aniquilación de las formas de vida corporales (ecosistemas) y las incorporales (música, arte). “Se trata menos de acceder mediante el saber a esferas cognitivas inéditas que de aprehender y crear bajo modos páticos [esto es, formas de pensar y experimentar que se distinguen de la lógica tradicional, racional y discursiva] virtualidades existenciales mutantes.”[14] En el apartado de El nuevo paradigma estético Guattari despliega una reflexión que pretende desbordar los límites de lo que actualmente se considera arte y situar a la estética como mecanismo de creación de mundos posibles, Territorios existenciales y Universos de valor que, en sus interacciones se interconectan para dar lugar a algo distinto a las producciones tecno-capitalistas. De esta manera busca hacer frente al empobrecimiento sensible y a la estandarización centralista y hegemónica de los dispositivos de control y sus mecanismos distractores, de adoctrinamiento y sedantes. El manifiesto presenta a la estética como forma de creación de los modos de existencia como posibilidad de apertura de los horizontes capaces de resistir a la entropía social contemporánea. Una propuesta protoestética como plano de transversalidad.
En este sentido, al tomar un punto de partida o referencia sería prudente considerar que resulta un tanto inevitable medir el pasado estético con paradigmas actuales pues, tal como ocurre con la historiografía, en la que épocas anteriores se van reinterpretando con lentes nuevos cada vez, esto tendría que hacerse siempre con cautela y considerando las sutilezas que conlleva. Para esto, no habría que dejar de lado el carácter relativo y virtual de las constelaciones de los Universos de valor: estos campos incorpóreos donde ocurren las articulaciones de lo estético, lo ético y lo existencial, que valga repetirlo, no son fijos, sino más bien mutantes.[15]
Recomponer el pasado a partir de categorías actuales genera nuevos montajes de Universos de valor que no suponen de ninguna manera ser neutros, de ahí la importancia de no fijar como universales las constelaciones que, además, siempre son transitorias, y reconocer que esos criterios estéticos, por ejemplo, forman parte de constelaciones históricas relativas y virtuales.[16]
Los Universos incorporales no dependen directamente de coordenadas espacio-temporales sino más bien son reservorios de valores y fuentes de sensibilidad abiertos. Por su parte, las ecologías del sentido son las tramas vivas que permiten que esos valores se incorporen, se actualicen y tomen notoriedad en negociaciones e interacciones dinámicas entre territorios concretos y medios técnicos. En este sentido, las ecologías del sentido son el sitio para la heterogénesis, el espacio donde los universos incorporales, en su virtualidad estética, ética y cognitiva, se acoplan con los planos de lo social, lo técnico y lo ambiental para dar lugar a nuevas formas de subjetividad. Así: “La ciencia, la técnica, la filosofía, el arte, la conducta de los hombres se enfrentan respectivamente con coacciones, con resistencias de material específicas que ellos designan y articulan dentro de los límites dados. Lo hacen con ayuda de códigos, conocimientos, enseñanzas históricas que los inducen a cerrar puertas y abrir otras.”[17]
Las mutaciones de los dominios repercuten transversalmente en otros dominios, algunos, de fuerte atracción concéntrica, <<llegan a colonizar todos los niveles de alteridad que por otra parte engendran>>. Se trata de datos, ahora de datos cuánticos, pero también de comandos digitales que se transforman en rostros, ideas, acontecimientos y giros que van definiendo el estado de las cosas. Son máquinas tecnocientíficas de la información que cada vez menos se consideran foráneas por su intercalado en una semiótica y en los procesos de subjetivación que han influido profundamente y desde diferentes estratos en las ecologías de lo social y lo ambiental.
Para Guattari, la producción de subjetividad no es reductible ni al orden funcional de la técnica ni al régimen representacional de la estética tradicional. Se juega en una zona intermedia, creativa y caótica, donde ambas dimensiones se entrelazan. Esta posición parte de un desplazamiento clave: la técnica no es un mero instrumento neutro al servicio de los fines dados, sino un agenciamiento productor de subjetividad. Desde las máquinas hasta los algoritmos, desde los mass media hasta la informática, las técnicas configuran territorios de existencia y modulan modos de percibir, relacionarse y desear.[18]
Cuando la técnica se subordina a la lógica y régimen capitalista y se vuelve hegemónica, las formas de vida tienden a homogenizarse según criterios de control, utilidad y productividad.[19]Ante esta situación, Guattari propone hacer de la estética un operador ontológico en la que el arte no represente, sino que manifieste formas nuevas de existencia a partir de agenciamientos sensibles. Esta estética es una técnica menor que subvierte códigos dominantes y abre a lo intensivo, un lugar donde el caos entra en composición con una consistencia sensible.
Es en este cruce que Guattari sitúa la caosmosis como interfaz entre técnica y estética: no existe una frontera clara o fija, sino más bien una zona de indiscernibilidad donde se generan nuevas subjetividades; la caosmosis se presenta como un campo intensivo de experimentación.[20] Se trata de subjetividades técnico-estéticas en recomposición constante, o como también lo llama, “actividad de cartografía y metamodelización ecosófica, donde el ser deviene objeto último de una heterogénesis bajo la égida de un nuevo paradigma estético”.[21]
Con respecto a las Conformaciones territorializadas de la enunciación, el arte, cuando se libera de su institucionalización, se convierte – siguiendo a Marcel Duchamp – en un cambio hacia regiones que no están regidas por las cooredenadas habituales del tiempo y el espacio, un ámbito donde las reglas dominantes quedan en suspenso y la experiencia se abre a lo imprevisible[22]. De lo que se habla aquí es de un paradigma protoestético como modo de apertura sensible originario, el germen pre-reflexivo y transindividual como lo es el mundo de la primera infancia, la locura, la pasión amorosa: <<una dimensión de creación en estado naciente, perpetuamente más arriba de ella misma, potencia de emergencia que subsume la contingencia y los azares de las empresas de puestas en el ser de Universos inmateriales.>>[23] En este territorio, que no necesariamente es el del arte en sentido estricto, las relaciones entre los modos finitos de los materiales y los atributos infinitos de los universos de posibilidad se vuelven centrales: el acto creativo ya no se limita a aplicar formas existentes, sino que las formas emergen en la interacción entre multiplicidades.
“La obra de arte […] es una empresa de desencuadre, de ruptura de sentido, de proliferación barroca o de empobrecimiento extremo que arrastra al sujeto en una recreación y una reinvención de sí mismo. Sobre ella, un nuevo apuntalamiento existencial oscilará sobre un doble registro de reterritorialización (función de ritornelo) y de resingularización. El acontecimiento de su encuentro puede fechar de manera irreversible el curso de una existencia y generar campos de posibles <<lejos de los equilibrios>> de la cotidianidad.” [24] Finalmente, al volver a poner lo estético como motor de transformación de la subjetividad, se abre la posibilidad de pensar la existencia más allá de la pura técnica, la ciencia, el arte o la política. La dimensión protoestética opera como principio transversal que retribuye la polivocidad a la experiencia frente a lógicas reductoras de control. En este horizonte, la caosmosis se presenta como la interfaz entre técnica y estética, un plano en el que los dispositivos técnicos dejan de ser meros instrumentos de dominación y entorpecimiento de la potencia creadora, y se convierten en generadores de nuevos agenciamientos de subjetividad. De este modo, todas las esferas de la vida, en su desglose de ecologías, se integran en un ecosistema siempre en apertura: un campo de creación donde lo sensible, lo ético y lo político se entrelazan en la invención de mundos posibles y siempre en devenir.
Referencias
[1] Guattari, Félix, Caosmosis, Ediciones Manantial, Argentina, 1996, p. 126.
[2] Zizek, Slavoj, Contra el progreso, Paidós, Ciudad de México, 2025.
[3] Guattari, Félix, Caosmosis, Ediciones Manantial, Argentina, 1996, p. 11
[4] Guattari, Félix, Caosmosis, Ediciones Manantial, Argentina, 1996, p. 14.
[5] Guattari, Félix, Caosmosis, Ediciones Manantial, Argentina, 1996, p. 30.
[6] Guattari, Félix, Caosmosis, Ediciones Manantial, Argentina, 1996, p. 14.
[7] En Vigilar y castigar (1975), Michel Foucault, analiza el disciplinamiento como forma de poder técnico que opera sobre los cuerpos a través de la vigilancia, el encierro, la jerarquía y la normalización para producir cuerpos útiles y dóciles, adaptados a las exigencias de las instituciones como son la escuela, la familia, el hospital, la fábrica o la prisión. Más adelante introduce el concepto de biopolítica donde los cuerpos interesan menos como individuos y más como masas de población. El poder pasa a gestionar la vida y a ubicarla en formas y momentos preestablecidos y dirigidos, como: los nacimientos, enfermedades, epidemiología, higiene, sexualidad, reproducción, muerte, etcétera. Finalmente, desarrolla la noción de gubernamentalidad, en la que el modo de gobernar va más allá del Estado en donde en lugar de una soberanía que impone, se producen sujetos que interiorizan normas, sujetos capaces de coaccionarse y vigilarse a sí mismos y entre ellos. Foucault, Michel, Vigilar y castigar, Nacimiento de la prisión, México, 2019.
[8] Deleuze, Gilles, Posdata sobre las sociedades de control, revista El lenguaje literario, To. 2, Ed. Nordan, Montevideo, 1991.
[9] Guattari, Félix, ¿Qué es la ecosofía?, Textos presentados y agenciados por Stéphane Nadaud, Cáctus, Argentina, 2015.
[10] El calor es un flujo que puede transmitirse desde un cuerpo caliente a uno frio, pero al revés no, a menos que exista un trabajo externo. En una formulación estadística propuesta por Boltzman, es la tendencia de los microsistemas a evolucionar hacia los microestados más probables, que son los de mayor entropía. Esta teoría proporciona un sentido unidireccional al tiempo donde los procesos naturales siempre tienden a aumentar. Richard P., Feynman, Et al., Lecciones de física de Feynman, I. Mecánica, radiación y calor, Fondo de cultura económica, Ediciones científicas universitarias, Ciudad de México, 2018, 44-3, 44-4.
[11] Leff, Enrique, Racionalidad ambiental, La reapropiación social de la naturaleza, Siglo XXI editores, Ciudad de México, 2022.
[12] Guattari, Félix, Caosmosis, Ediciones Manantial, Argentina, 1996, p. 121 – 122.
[13] Guattari, Félix, Caosmosis, Ediciones Manantial, Argentina, 1996.
[14] Ecología de lo virtual. Ecosofía. De oïkos, la “casa”, el “hábitat” (tomado aquí en su sentido más amplio de nuestra biósfera) y sophia, la “sabiduría” y a su vez la “ciencia”. Guattari, Félix, ¿Qué es la ecosofía?, Textos presentados y agenciados por Stéphane Nadaud, Cáctus, Argentina, 2015.P. 15.
[15] Guattari, Félix, Caosmosis, Ediciones Manantial, Argentina, 1996, p. 123.
[16] Ibid, p. 123.
[17] Ibid, p. 123.
[18] Guattari, Félix, Caosmosis, Ediciones Manantial, Argentina, 1996, p. 54.
[19] Ibid, p. 35.
[20] Ibid, p. 146.
[21] Guattari, Félix, Caosmosis, Ediciones Manantial, Argentina, 1996, p. 154.
[22] Duchamp, Marcel, Antropos of Myself, Viking Press, Nueva York, 1975, p. 45.
[23] Guattari, Félix, Caosmosis, Ediciones Manantial, Argentina, 1996, p. 125.
[24] Guattari, Félix, ¿Qué es la ecosofía?, Textos presentados y agenciados por Stéphane Nadaud, Cáctus, Argentina, 2015, p. 55.
Actualmente estudia el programa de doctorado en el Colegio de Saberes.