La potencia del objeto

Andrea Carral Gadea

Para el capitalismo, que se alimenta de extraer el valor de la tierra, la naturaleza no
representa más que un recurso: el árbol se convierte en papel, el trigo en pan e
incluso el agua se embotella. La producción de estos bienes necesita del recurso
más valioso de todos: la energía. Mientras más se complejiza la tecnología, más
energía requiere; la posibilidad de generarla y almacenarla ha sido un parteaguas
para el desarrollo del sistema, permitiendo mayor acumulación económica para
unos cuantos y, a su vez, mayor desigualdad.

Una de las formas más antiguas de extracción de energía es la explotación de otros.
A lo largo de la historia, los ricos han utilizado la fuerza de los pobres para su propia
acumulación, dejándolos con las migajas de su trabajo. Durante milenios, para
lograr este fin se utilizó la coerción física o económica; sin embargo, con el tiempo el
sistema se ha ido puliendo, hasta llegar a lo que conocemos ahora como sociedad
de consumo. En este modelo ya no se necesita obligar al individuo a entregar la
plusvalía de su trabajo, la ficción está tan bien construida que los nuevos
“empresarios de sí mismos” ofrendan su vida al sistema por gusto, bajo la bandera
de libertad. La ficción en la que se basa este sistema es la siguiente: La respuesta al
sufrimiento se encuentra en los objetos de consumo y eres libre de trabajar todo lo
que quieras para acceder a ellos y desprenderte del dolor. Todos sabemos que el
objeto prometido no es nada más que una alucinación, pero seguimos agregando
cosas al carrito de nuestro deseo, porque lo que la publicidad logró capturar va
mucho más allá de la razón. El capitalismo tardío encontró la forma de extraer, no
sólo la fuerza de trabajo del individuo, sino su empuje a la vida, eso que llamamos
pulsión. Vendes la idea de que trabajamos para vivir, pero estamos viviendo para
trabajar. Es tan terrible como brillante: tienes a todos trabajando hasta el cansancio
para garantizar la oferta y, obsesionados con la zanahoria que se volvieron los
objetos, aseguras la demanda. Además, eres buena onda y le prestas al consumidor
para que siga comprando sus sueños mientras te robas los intereses que el sistema
nunca va a poder solventar.

En el ámbito político la instauración de esta ideología fue una gran victoria para el
poder, ya que el malestar que inevitablemente, tarde o temprano, acababa en
insurrección, fue neutralizado. Hoy en día, cuando surge ese malestar hay un nuevo
objeto de consumo que promete remediarlo y estás a tan sólo un crédito de
obtenerlo. La creciente dificultad para la rebelión es clara; la máquina capitalista
funciona a la perfección… ¿O no?

Siguiendo al psicoanalista Néstor Braunstein, entendemos que de cualquier
dispositivo siempre se escapará un exceso, un plus -de goce-, resto inaprensible,
causa de deseo.1 El sistema parece tener la dominación absoluta de la pulsión,
tenerla atrapada en el circuito de la oferta y demanda. ¿Pero en realidad es así?
Claro, la problematización social, la organización política, incluso la indignación son
inhibidas, pero el malestar ahí sigue. Lo escuchamos en la clínica y lo podemos
sentir en nosotros mismos. Al fin de cuentas, el objeto de consumo no es más que
un espejismo y el círculo de la adicción sólo funciona en cuanto sigue habiendo
malestar, sólo que su capacidad de habilitar una transformación ha sido ahogada
¿Ahora qué nos queda? La psicología y la psiquiatría tienen su propia respuesta:
seguir callando el malestar hasta que todos estemos tan adormecidos que no se
sienta nada. Por su lado, el psicoanálisis apuesta a lo contrario: escuchar el
sufrimiento, darle voz, habilitar ese exceso que está haciendo síntoma para que
hable.

¿Cuál exceso y qué nos quiere decir?

Somos seres hablantes, hicimos este lenguaje que nos hace a nosotros. Aunque
tenga sus limitaciones, se malentienda y nunca sea suficiente, es lo único que
tenemos. Introducirnos a él cuesta caro, la cultura nos cobra haciéndonos renunciar
a la realidad y ésta pérdida es irreparable. Nos quedamos con un cuerpo viviente
que no coincide con el hablante. Esta diferencia, eterna no coincidencia entre la
necesidad y la demanda nos deja siempre, por suerte, con mucho que decir. La
cultura existe sólo por ser perpetuamente un acto inacabado, cada vez que un
resultado no coincide con lo que se espera, la acción se relanza. El incómodo y
bello hecho de ser hablante es que siempre estaremos en pregunta. Podemos
intentar callarla con verdades, devoción, dependencias, pero nunca dejará de estar
ahí. Más o menos ahogada, pero ahí. Y aunque pueda ser difícil o cansado, también
es en ese lugar, en la incógnita, en lo indeterminado, donde se encuentran todos los
mundos posibles.

Pereña dice que “el inconsciente no es el argumento del poder, es la refutación del
poder” (Pereña, 2002: 148). El inconsciente es del orden de lo negativo, de lo que
no tuvo lugar, de la no coincidencia entre cuerpo y tiempo y que, al ser pulsional,
implica una fuerza. Lo propio de esta fuerza es buscar ir más allá del límite de la
estructura, habilitando nuevas posibilidades para lo existente. En este sentido
Safatle propone que “lo imposible es aquello que no tiene cómo existir, no tiene
cómo inscribirse. Por eso, fuerza la situación actual a transformarse radicalmente,
fuerza la ruptura de la estructura” (Safatle, 2023: 24-25). La negatividad permite que
las formas posibles latentes en lo existente encuentren la fuerza para moverse hacia
nuevas composiciones, a su vez siempre inacabadas.

Ahogamiento de la posibilidad

La cultura de consumo ahoga la pregunta antes de que ésta pueda aparecer, se
queda atrapada en la vertiginosidad de la oferta-demanda. Cuando aparece el
malestar de la diferencia, de lo que no coincide, su posibilidad de engendrar un
movimiento es inmediatamente direccionada a la alucinación de la satisfacción a
través de la compra de un bien. Edward Bernays, padre de la publicidad, toma como
inspiración la teoría de la castración freudiana para construir objetos que proyectan
la fantasía de completud, prometiendo anular la diferencia.

La palabra aparece cuando aparece la ausencia, es lo que Freud conceptualizó
como el Fort-Da. Cuando la madre se ausenta, el niño no tiene más que simbolizar
esa ausencia a través del uso de la palabra. La experiencia lingüística es la
experiencia subjetiva de aquella pérdida. En la sociedad del consumo, los objetos
están siempre disponibles. Cuando aparece la angustia, la interminable oferta de
objetos la ahoga antes de que el sujeto pueda abrir un tiempo de simbolización, un
tiempo que permita eso que Pereña llama “trabajo del inconsciente”, refiriéndose al
“espacio de la subjetividad propiamente dicho, el espacio en el que la no
coincidencia entre vida y lenguaje se elabora” (Pereña, 2002: 48).

Mencioné que el humano comienza con el lenguaje, pero hay un tercer elemento ahí
que no puede ser obviado: el objeto. Los objetos son tan viejos como el hablante. La
creación de objetos, de la mano del lenguaje, dio paso a uno de los grandes saltos
evolutivos que separó al género homo del resto de las especies, permitiendo a los
primeros homínidos comenzar a significar y transmitir su mundo. Nunca ha existido,
ni existirá, un ser humano sin objeto, son parte de nosotros. Nuestra experiencia
toma forma a partir de los instrumentos que usamos, gracias a ellos podemos
modificar nuestro mundo y, al mismo tiempo, esa transformación nos va
conformando. El humano construye a sus objetos tanto como el uso de éstos lo
construye a él.

El objeto es uno de los principales espacios de trabajo de la no coincidencia. Lo
vemos en el niño, en el juego, es un espacio para la imaginación, una herramienta
múltiple de transformación del mundo. Lo que he descrito hasta ahora sobre el
objeto de consumo es que tiene la facultad opuesta, la de clausurar el trabajo del
inconsciente: ¿qué tiene de característico este objeto que en lugar de habilitar el
inconsciente lo ahoga?

Homogeneización, signo y aceleración.

La industrialización permitió la producción masiva de bienes de consumo,
aumentando la capacidad del mercado y, por lo tanto, las ganancias del sistema.
Pero producir objetos en masa tiene sus consecuencias, de éstas resaltaré tres:
Para hacer posible la reproducción en serie, el saber tecnocientífico necesita reducir
el objeto a sus características calculables y replicables, prioriza la semejanza, la
unidad e intenta dejar fuera la diferencia que hace a cada objeto singular, llevando a
su homogeneización. La segunda consecuencia sería lo que Baudrillard desarrolla
como el paso del significado al signo: para realizar reproducciones iguales al objeto
es necesario cortarlos de su historia, del entramado cultural al que pertenecían, la
función y la tradición a la que respondían, convirtiéndolos en una abstracción de
signo que a través de la publicidad toma valor arbitrariamente, ligado únicamente al
estatus y el poder. Finalmente, la insistencia con la que la diferencia vuelve a surgir,
cada vez con más fuerza, ocasiona una inercia que arroja a la aceleración infinita.

Otra relación con los objetos

Esta aceleración no es difícil de sentir, pero es difícil de apalabrar. Tanto la
publicidad como la tecnología funcionan con las mismas lógicas de la adicción que
ahoga la palabra. Un intento por separarse del Otro, aniquilar el pensamiento. El
consumo de una sustancia que modifica al organismo sin pasar por el filtro de la
subjetividad.2 Sin palabra, la pulsión se queda en su forma más destructiva, con un
malestar coagulado que no encuentra la forma de ser elaborado en el circuito de
adicción de la oferta-demanda, que hoy en día encuentra su forma más cruel en el
“scrolling”, vacío e infinito, pero generador de más, más y más ganancias para unos
cuantos. Si el objeto es una condición necesaria para la subjetividad, ¿cómo lo
rescatamos de la lógica del consumo y lo volvemos a habilitar como espacio
privilegiado para el trabajo del inconsciente?

Tomemos los tres elementos revisados: reproducción, signo y aceleración. Pasados
al negativo obtenemos como pista tres ejes esenciales del trabajo de reanimación
del objeto: tiempo, diferencia y significado. Para poder trabajar con el inconsciente
es necesario tomar en cuenta a los objetos como espacios fabricadores de nuevos
mundos. Construir el relato de los objetos a través de la palabra los hace emerger
en su propia singularidad, inscribirlos en la historia les da la posibilidad de ser
construidos hacia el futuro como lugares de subjetividad y no sólo como inminentes
desechos. El silencio de la escucha abre un tiempo para sentir la diferencia, la
incoincidencia fundante del sujeto, y permitir que poco a poco surja la palabra. No la
palabra calculada del ideal, sino la palabra poética. Aquella que permite que el
inconsciente se cuele en la metáfora, el chiste o el lapsus. Es en la distancia abierta
entre lo mismo y lo otro que surge la dimensión del tiempo humano que mueve el
deseo. En el diván, los objetos psíquicos van adquiriendo nuevos usos, nuevas
posibilidades, se van inscribiendo en el tiempo y el espacio, tejiendo con la
diferencia singular, hacia la subjetividad.


Referencias

  1. Braunstein, Nestor. El inconsciente, la técnica y el discurso capitalista. México:
    Siglo XXI, 2011. ↩︎
  2. Braunstein, Nestor. El goce. Un concepto lacaniano. Buenos Aires: Siglo XXI,
    2006, p. 279. ↩︎

Bibliografía

Braunstein, Nestor. El goce. Un concepto lacaniano. Buenos Aires: Siglo XXI, 2006,
Braunstein, Nestor. El inconsciente, la técnica y el discurso capitalista. México: Siglo
XXI, 2011.
Pereña, Francisco. El hombre sin argumento. Madrid: Editorial Síntesis, 2002.
Safatle, Vladimir. Maneras de transformar mundos: Lacan, política y emancipación.
Buenos Aires: Prometeo, 2023.