La abolición de la dicotomía teoría-praxis (o la otredad de la línea). Filosofía de la destrucción

Renard S.

Sinopsis

La tradición dualista del pensamiento moderno ha separado el pensamiento del cuerpo
y con ello ha fracturado la correspondencia activa y vital entre teoría y práctica, entre
idea y agencia, etc. En ámbitos no científicos, donde el método no procura comprobar
verdades sino crear evidencias existenciales, ya sean estas un modo de vida, una
visión del mundo, una organización social o un discurso, es importante proponer un
pensamiento que en su propia abstracción no implique una omisión del mundo sino que
lo afecte sin reservas para así, vislumbrar nuevas lógicas que comprometan a la
escritura como un hecho en el mundo y no sólo su propuesta.

Introducción

Es en el fracaso de abolir las edificaciones más estables que se produce una línea de
pensamiento que tal vez gana de imperativa lo que pierde de original. Después de todo,
el heroísmo filosófico ha quedado sofocado por una identidad contracorriente que
ahora, ya delineando su propio río, debe acabar con la tradición de bifurcarse y
atreverse a ser un cuerpo ilegible y presente.

Es en el fracaso de abolir las edificaciones más estables que se produce una línea de
pensamiento que tal vez gana de imperativa lo que pierde de original. Después de todo,
el heroísmo filosófico ha quedado sofocado por una identidad contracorriente que
ahora, ya delineando su propio río, debe acabar con la tradición de bifurcarse y
atreverse a ser un cuerpo ilegible y presente.
No basta con criticar estructuras apuntando a sus fallas puesto que si hay una manera
digna de hacer una crítica hoy en día, es señalando aquello que funciona demasiado
bien: lo que opera, lo que es efectivo al punto de ser incuestionable, modos adoptados
por el sentido común que parecerían de entrada algo inherente a la naturaleza humana,
mas son justo los que deben tenerse en mira pues son estos los que devienen
sistemas de los que terminamos presos e impotentes. La teoría-praxis como esquema
de investigación, paradigma de estudio y figura dicotómica que ha comprometido tanto
a la profundización del pensamiento como a la cultura cotidiana, es sólo una de las
tantas figuras que están en resonancia con el gran problema de la otredad. Esto
comenzando por la mínima, máxima y mística situación de tener una cosa frente a la
otra.

¿Cuántos aspectos de la experiencia se discriminan para acotar un proceso de
investigación? ¿Cuántos contextos son ignorados a favor de lograr hacer una
descripción consensuada de situaciones tanto hipotéticas como factuales? ¿Qué ha
obligado a la teoría a volverse sinónimo de inconsecuencia y pasividad mientras que a
la praxis se le entiende siempre y cuando haya un margen que la contenga? ¿El Yo
sería teórico o práctico? ¿Y cuánto debemos excluir de lo que experimentamos para
identificarnos como nosotros mismos? Hay vasto material que nos informa de aquello
que se ha tenido que desatender para no amenazar al Yo esencial que hasta dudando
de sí mismo no hace más que confirmar su existencia. Términos asociados a la
otredad, tanto como en ámbitos psicoanalíticos, políticos o metafísicos, no pueden
permanecer bajo la premisa de un exceso que no se explore. Es justo desde lo otro que
se abre un espacio para no depender de las unidades, y es aquí donde la línea como

otredad de una escritura sintetizada, puede investigar qué intersecciones hay más allá
de pensar algo o hacerlo desde polos resguardados.

La posición del sujeto con sus variables e inconsistencias que, de verse implicadas en
la observación del objeto, generarían problemas que ya se estudian en la
fenomenología y ramas de la física, es uno de los elementos clave para reconocer la
necesidad de una postura crítica frente a la comodidad con la que se da por sentado
que una práctica no informa directamente a una teoría y viceversa. Se sacrifica todo
intermedio que pueda haber entre un punto y el otro a favor de una síntesis que
satisfaga algún enunciado unitario, concreto y legible. El resultado de estas purgas ha
dado lugar a dualidades tanto metafísicas como técnicas. La dicotomía teoría-praxis
corresponde a una escisión en las prácticas filosóficas y a una agresiva separación de
la vida y su contemplación posibilitando un estado inocente frente a no sólo las
preguntas de la vida sino también a los hechos de los que participamos.

Antes de que el siglo XX llegara, las actitudes que se han tenido respecto al modo
teórico de ser en el mundo vislumbran una postura que no se sabe estar en medio de
procesos, que debe o quedarse aferrado al espíritu o proyectarse espiritualmente hacia
el más allá. Incluso a definir al cuerpo, en el sentido de darle fin a su forma, para no
experimentarlo como extensión del pensamiento. A pesar de que en la historia siempre
hayan existido contracorrientes, filosofías que necesariamente siembran su territorio en
los no-lugares de consenso y estructuras que no temen su decadencia si es en favor de
mantener el motor pensante, la influencia de la dialéctica va más allá de una sola
corriente filosófica, siendo esta influencia posibilitada por una tradición pre-dialéctica,
dual, que la sostiene, pues incluso en tiempos donde el pensamiento de la diferencia y
un nihilismo tardío han acabado con la pretensión de un trascendental en el discurso
general, la cultura que opera para la expresión y compromiso de ideas, incluso
divergentes, sigue siendo sostenida por un entendimiento de las relaciones por
oposición, síntesis unitarias y un mecanismo epistemológico binario que compromete
íntimamente no sólo al ejercicio filosófico y científico sino también a todo tipo de
quehaceres dependientes de las estructuras del lenguaje que los ordenan.

En respuesta a esta problemática se propone una reflexión en torno a la herencia del
pensamiento moderno que con tendencias hacia síntesis cerradas excluye a los medios
de su contundencia y fundamento tanto en sistemas de pensamiento como en
ejercicios del mismo. Se propone que la distinción entre teoría y praxis no sea lo que se
pretenda eliminar sino la dicotomía misma, haciendo que esta pase su filo
indiscriminadamente entre categorías, síntesis, modos de vida y experiencias estéticas,
haciendo de la técnica un recurso que no sólo posibilita sino que pone en juego a todas
sus aplicaciones. Esto, a través de la escritura com hecho del cuerpo y del
pensamiento simultáneo.

LA ABOLICIÓN DE LA DICOTOMÍA TEORÍA-PRAXIS (o la otredad de la línea)

La línea pensó, era medio de sí misma y no el límite que se convirtió en la firma de
nuestra condición existencial. Y con esto no diría que hay una existencia homogénea o
inseparable, pues más que la imposibilidad de llegar a ser Uno, está la imposibilidad
del Uno de ser. Pero en estas tensiones de quienes jalan hacia al cierre y quienes
resisten desde su frontera se cobra una fuerza inevitable sobre los hechos del mundo.
Un quiebre que no es mera celebración del caos, no es mera rebeldía de la potencia;
ese quiebre contiene lógicas que se le escapan al pensamiento arraigado a la palabra y
es por eso que no se puede ni se debe pretender pensar sin cuerpo.

El salto de la idea a la realización no atiende a la relevancia de los procesos
intermediarios que subsisten por encima de los términos, pues lo que hace la ideación
misma, operativamente, es designar límites severos para la elaboración del intelecto.
Se concretan juicios, se marcan puntos en el espacio hacia donde tiende el concepto,
se busca fundamentar lo que llegó lúcidamente y sin forma más no sin un sesgo de
razón que puede dar paso a las consecuencias, nunca cronológicas sino inminentes y
extra-ideológicas del pensamiento. En todo caso no hay brecha real entre la teoría y la
práctica sino un desglose psico-afectivo que pone en operación tanto voluntades como
contextos. La brecha es, por lo tanto, aquello que separa al pensamiento de sí mismo.
Este percibe tanto como realiza y es hecho de la acción tanto como elemento de la
sensación, pues la teoría no es un instructivo a aplicar sino un acto de
ensimismamiento desgarrado por la inminencia de lo exterior. La teoría hace mundo
como la praxis conciencia de este.

Pero sí que es desde lo personal tanto como lo político mucho más sencillo apoyarse
en los términos, hacer teoría desde la inocencia, practicarla desde la ignorancia, hablar
de la razón como si no tuviera venas, ninguna circulación que pueda desviarse al
pecho. Esta es la cultura que la norma dialéctica facilita prometiendo un tercer término
que nos formalice al final del camino, un seguro de gastos yoicos, si se quiere, con
grandes beneficios retóricos sin mencionar lo que hace por el ultraindividualismo que
define nuestra época. A pesar de que un buen uso de la dialéctica pueda dar a
reflexiones valerosas y esclarecedoras, no habrá que ignorar los efectos que este
molde produce en la experiencia por fuera de las ideas. A diferencia de otras
disciplinas, la filosofía goza del caprichoso lujo de no tener que demostrar nada, pero
es triste llegar a la impresión de que eso ha generado un desentendimiento de la
consecuencia de pensar en vez de haber impuesto un compromiso, incluso más alto, a
sabiendas de que pensar es ya una consecuencia de su propia situación y este no se
limita a los paradigmas de lo que se considera un discurso o una idea. Hay hechos de
la experiencia posibilitados por la teoría que no sólo ocurren por una mera aplicación
de esta, pues, elaborar teorías, pensar teóricamente, cambia fundamentalmente los
modelos estructurales no sólo de un pensamiento propio sino de una cultura y sus
lógicas tanto inconscientes como sistemáticas.

Por darle continuidad al siglo pasado, uno estaría tentado a referir toda esta
problemática a un hecho del lenguaje, pero no en esta ocasión. Con el estructuralismo
se pasó por un umbral que desde la poesía maldita había sido abierto pero nadie había
marcado la entrada. A través del uso rabioso y desmesurado del “yo soy”, la edificación
que lo determina cae en ruinas. Por otro lado, el sí mismo del pensamiento se nos
aparece como estructura. El lenguaje como estructura, el inconsciente como estructura,
y peor aún, el deseo bajo un orden de la estructura, mientras que en la poesía lo que
se reveló no fue la forma de esta sino su inevitable desborde. Pero en vez de,
reconociendo su condición, hacer de estas instancias algo ontológicamente maleable,
experimental, pues, vivo, se les concedió un estatuto que ha terminado por evitar
cualquier temblor significativo bajo su forma. Posteriormente la filosofía de la diferencia
ha dado en blancos precisos proponiendo esquemas de la multiplicidad y de la otredad
como imperativos en el examen tanto de la sociedad como del problema de la
conciencia, pero parecería que sigue habiendo una resistencia cultural que tanto
intrínseca como explícitamente busca seguir operando por modos de antaño. ¿Qué es
eso que sólo nos hace concebir nuevas lógicas a condición de tener un segundo
momento de deliberación para aplicarlas o no? Es esta dicotomía, la que pretende una
separación (en todo caso, un simulacro de esta) de aquello que se piensa y se hace,
como si el pensamiento inspirara la acción y no fuera esta ya de una talla suficiente
para implicarse en el mundo, con todo y su condición abstracta, a veces silenciosa, en
su mayor expresión impersonal, a través de códigos que se le escapan a la memoria y
tal vez a nuestra voluntad. De esta manera podría hablarse del problema sujeto-objeto
tanto como del cuerpo-espíritu, individuo-colectivo o cualquier otro modo de
contraposición formal que busque resguardar al sujeto de su particular ipseidad, el
desborde de su relación, siendo esta más frágil de lo que quisiéramos pensar.

Cosa de occidente, en definitiva, y es ahí donde trato de pararnos para no pretender
robarle el nirvana a nadie. El Uno occidentalizado es justamente el problema de
haberlo importado a este hemisferio del planeta. Se bifurca, se analiza y sabotea la
energía que pudo alguna vez haber llevado consigo; ha quedado en medio de sus
rostros, apareciendo como la extensión de un cuerpo no delineado. Es vital que no se
busque solucionar un problema con remedios ajenos sino enfrentársele como si
estuviera aferrado a la propia naturaleza, ignorando que la naturaleza por esencia
nunca es la misma.

Y de ahí la necesidad de actualizar. Abolir la teoría-praxis no la desaparecería sino que
la tendría en huelga, con las extremidades agotadas, gritando en medio, invocando
nuevas experiencias de reflexión que sepan exponer al sujeto y a su operación a favor
de un compromiso con las deformaciones y cambios que la vida sugiere. Y desde la
experiencia personal, sino necesario debería ser atractivo ser consecuente a un
pensamiento que ha perdido margen de la palabra hacia el acto y hace del discurso
una acción a través de escrituras que no temerían devenir dibujo, espada o movimiento
en el espacio. Esto implica una fatiga que de pronto estará en el músculo y de pronto
en lugares no conformados por la evidencia de la carne pero sí por la concepción de su
presencia.

Los límites que se imponen por la estructura son inherentes a la misma, pero sus
quiebres son imperativos al compromiso de pensar. Es necesario, de vez en cuando
sacrificar la coherencia por una consecuencia que dé paso a expresiones hartas de
depender de una supuesta deidad lingüística y más bien la enfrenten a través de la
escritura misma. La propuesta es esa. Para abolir las dicotomías en favor de actualizar
y poner en crisis los paradigmas que condicionan la expresión y el pensamiento se
necesita de criterios y ejercicios consecuentes desde una escritura de dimensión
ontológica, que traicione el lenguaje que la ha condicionado a través de su justificación
y sistematización. La consecuencia es más exigente que la coherencia, porque no se
resuelve en el plano del discurso. Si las dicotomías separan vida y pensamiento, la
consecuencia las fuerza a volver a encontrarse, pero no sintéticamente, sino en
tensión.

Por lo tanto, la otredad de la línea está en la escritura, aquel rastro que deja la palabra
cuando se vuelve imposible de leer pero se sabe que estuvo; el borrón, los ecos
tergiversados de un intelecto vivo, un trazo que por encima de los conceptos hace de
ellos un acto, una red que no permanece quieta en espera de órdenes sino que al
momento de ser pensada automáticamente es ejecución activa, compromiso abierto,
cartografía tanto de lo perceptible como de lo imperceptible, ambos colaborando por
una presencia sin antecedentes pero sí operativamente puntual, atenta a las
reacciones que el afecto de estar aquí provoca.

La herencia es inevitable, el sistema en su fractura parecería invencible pues incluso
cojo traza caminos que determinan, pero ni siquiera se trata de resistir a lo establecido
sino de reaccionar a aquellos modos de vida que transgreden la categoría, hacer
filosofía sabiendo que habrá consecuencias por fuera del lenguaje y por fuera de la
identidad misma, pues ahí también el pensamiento respira, los ojos se abren sin
instrucciones. La estética que invoca al ejercicio de escribir es un raciocinio de los
sentidos que no debe simular sistemas cerrados sino ponerlos en jaque. Este particular
modo de la escritura, que se ve comprometida desde su forma hasta su abstracción y
fuerza, es aquella línea que borra la dicotomía, irónicamente, entre una categoría y
otra. La escritura destruye estructuras a la vez que pretende formalizar lo que en su
mayor esplendor vuelve a arrasar.

Epílogo

El punto de no retorno con la escritura no es uno.
El primero es cuando se escribe para el otro. Nombres propios, fechas, caligrafía
exhausta, dibujos estrangulados hasta volverse letra. El regalo se nos da
inocentemente para después entregarlo una y otra vez de regreso al prójimo.

El segundo es cuando hay un rebote, una escritura para uno que sólo doblega y
doblega su sentido; diarios, listas de deseos, un examen donde la escritura es su
propio conflicto, cartas donde el otro es sólo una muletilla… ahí se reconoce que
escribir es infinito, más infinito que las ideas, las sensaciones, los conceptos, pues, el
límite de las letras y palabras no amenaza el abismo de los ritmos y tensiones que la
escritura invoca. Que el límite de los recursos lingüísticos no comparte dimensión con
la indescifrable cantidad de lo expresivo en su propio hecho.

El tercero es cuando surge la pregunta por la escritura en sí. Que se desviste, queda
ahí, tinta, abriendo grietas en el espacio en blanco. Se disfraza por momentos de otra
cosa; discursos, plegarias, invenciones, desahogos,… pero es ella misma, surgiendo
como objeto en el mundo, sugiriendo que no necesita de nada que la sostenga una vez
creada. Esto ha matado autores históricamente, pero no todos han muerto. Sería un
error pensar que en el esfuerzo de pensar a la escritura en sí no haya sobrevivientes a
la presunta muerte del autor pues, no sólo queda lo vivo, sino que sigue activo y
metiéndose en problemas con la escritura.

Dependiendo de qué se decida hacer con este punto de no retorno; negarlo,
efectivamente dejarse morir, resistir, cubrir las grietas o volverse parte de ellas, el
siguiente punto, mucho más íntimo, se mostrará particularmente a la situación en la
que se esté.

Mi experiencia fue la de la expulsión del reino del lenguaje. No se dice a la ligera. De
ahí resultaron condiciones específicas para continuar con la relación entre la línea y el
pensamiento, hubo que desalojar identidades, forjar modelos irregulares de
conocimiento, sacrificar ideas a favor de pulsos, tanto como conceptos a favor de
intuiciones imposibles de cuadrar. Pues como quien es desterrado de una sociedad no
deja de ser social, quien es desterrado de la lengua, no deja de ser lingüístico.

Aquí es cuando se presentó el siguiente, pero no último punto. Cuando uno es
desterrado del reino del lenguaje no le queda más que escribir, que, sépase o no, es la
actividad más peligrosa que puedes hacer en contra de la lengua.

Después de semejantes consecuencias, la escritura se ha vuelto especialmente difícil,
porque no sólo se ha dejado de escribir para el otro o para uno mismo, también se ha
dejado de escribir para el lenguaje. La jerarquía se ha fracturado.

Entonces, ¿qué se escribe? Todo aquello que excede. Ya sin “para qué”, como el
momentum de un impulso que ha olvidado su fin. Al escribir la escritura los márgenes
del conocimiento tanto como de la enunciación pierden el acostumbrado filo y la
metodología es desgarrada para dar paso a los hechos de una conciencia
indiferenciada que a la vez, puede cumplir funciones tanto racionales y analíticas, sólo
que nunca como antes, nunca intacta de la experiencia. Escritura espontánea,
huérfana, exiliada, dibujada, finalmente en relación consigo misma, a pesar del
inmundo sentido que se entromete en cada línea trazada.