Cuando el caminante canta en la oscuridad,
desmiente su estado de angustia, mas no por ello ve mas claro.
Sigmund Freud
…no existe un metalenguaje por encima de las lenguas.
Nadie salta por encima de sí mismo -ni de su cuerpo,
ni de su sexo, ni de su sueño, ni de su sombra, ni de su muerte.
ese misterio es lo que es fundamental.
Porque ese misterio es el enigma. Aquel que sufre
conquista una parte de su secreto inventándolo;
lo descompone y le brinda una dirección exhumando
sus pruebas, aislándolas, narrando sucesivamente sus episodios.
Esas reconstrucciones narrativas imposibles,
lineales heroificantes, legendarias forman el núcleo del psicoanálisis.
Pascal Quignard
Escribo sobre el grito de asombro que motiva el hallazgo ante un acogimiento de la voz en el espacio de expresión de algún encuentro. Convocatoria inédita y angustiante al movimiento pujante del cuerpo en el ejercicio hablante. Espacio y tiempo en que ocurrencia y búsqueda motivan hacia un perderse en el decir.
Pulsión invocante, como nombra Jacques Lacan en su trabajo teórico alusivo a la voz como límite y frontera en que se juega la alteridad en el cuerpo, que en relación al habla y su doble función de acceso y puente, el citado transmisor de psicoanálisis desarrolla con el nombre de Otro, inmaterial e inaprehensible en la equivalencia. En la escucha de un encuentro, de un entre, un juego éxtimo de la intimidad es que resuena por los ecos que retornan por ajenidad en el umbral, que a manera de intuición, convocan hacia una pregunta.
Encuentro a partir del acogimiento de la voz que motiva al desplazamiento, de un espacio a otro. Ejercicio de habla, en principio sin fin específico alguno que invoca hacia la ocurrencia en el juego del habla. Coraje del decir el dolor, de la alteridad en el cuerpo en la historización en retrospectiva y las voces de los otros que retornan como eco, voces que apelan a la sonoridad del grito, del llanto, que recubre y envuelve las voces interiores.
La voz humana a la vez que autoafirma, emplaza, encierra, seduce, fascina, niega, lleva en su producción implícita la diferencia de un ambiguo y multidireccional pedir. De tal modo que acogimiento y decir de la ocurrencia ponen a girar el deseo en relación a sus resonancias y desajustes de un encuentro.
La voz es registrable aunque no equivalente, y esa es su potencia. El grito del niño que surge de un pequeño resto de aire interior hacia afuera y sin dirección precisa, a manera de urgencia por la vía deseperada hacia la vida. Retrata una apuesta de sonar y resonar, del retorno por los ecos en múltiples formas y sentidos que su envoltura encubre y excede hacia lo inexplorado, y ahí se devela.
La norma fundamental en psicoanálisis, la del decir de la ocurrencia, convoca a decir de un no saber que retorna por la extrañeza de una resonancia que angustia. La voz como instrumento funda vía de acceso al psiquismo. Para Juan David Nasio, la voz está dividida; por una parte la sonoridad como aquella producción del llanto, del habla, del canto; y por otra, la voz interior, vinculada a esa voz del Otro.
Voz interior exteriorizada que al retorno violento posibilita un movimiento de inercia e intimidad que la escucha en en el dispositivo analítico produce en el juego. Inédito destete en el encuentro con los otros ante otra violencia interpretativa.
Necesidad y demanda ponen en cuestión la entidad binaria del deseo, en relación al animal y al ser humano, de la insatisfacción y satisfacción que la voz desborda en sus tonalidades y ritmos. Lo anterior, tomando en consideración algunos elementos distintivos que la lectura de Kojeve ilustra del deseo humano y el deseo animal, en que éste último actualiza instintivamente en su movimiento reactivo al hambre, la respiración, la reproducción, distintos y no excluidos de lo humano, aunque se sabe que por la capacidad de responder desde la autoafirmación y el valor puesto ante una alteridad hacen de la enunciación un dislocamiento.
Para que el hombre sea verdaderamente humano, para que difiera real y esencialmente del animal, hace falta que su deseo humano prevalezca efectivamente en el sobre su deseo animal. Pero todo deseo es deseo de un valor. El valor supremo para un animal es su vida animal. Todos los deseos del animal son en última instancia, una función del deseo que tiene de conservar su vida. El deseo humano debe superar ese deseo de conservación. Dicho de otro modo el hombre no se “considera” humano si no arriesga su vida “animal” en función de su deseo humano… por eso hablar de “origen” de la Autoconciencia es necesariamente hablar del riesgo de la vida (con miras a un fin esencialmente no vital).[1]
Tal tensión del deseo humano en relación al deseo animal, como deber puesto en el riesgo tiene su potencia en el habla, en el acto de enunciación que por los ecos retornan en caos. A la vez que apuntan hacia el porvenir, desajustan la continuidad del deseo, deseo del Otro. Libertad y vértigo del decir como riesgo vital y acogimiento, hacen del decir un resorte que convoca a cuestionar lo inédito de un encuentro discontinuo, abierto.
La relación de la voz en tanto resorte, referente al impulso, recubrimiento y excedente, hace de la regla, de la libertad de asociar en psicoanálisis una búsqueda en la contingencia y sus retornos.
Pommier ilustra en relación al llanto del niño: “A menudo un niño comienza a llorar con una buena razón, y luego continúa -porque lloró- olvidando el por qué. Grita porque gritó. Así, el grito se remonta hacia atrás. Desanda el tiempo, hasta aquél en que solo era nada.” [2]
Escena de olvido y pujante de vocal, dibuja la contradicción de un llamado por la voz que por su contingencia sonora, convoca a la inminencia. Vértigo del habla y angustia. Atemporalidad y desajuste de la pulsión invocante, de un llanto sin dirección, un llamado a la alteridad representada ya por el cuerpo que la sonoridad recrea por zigzagueos, tonalidades y ritmos que agrietan las certezas en un grito que retorna informe.
La voz… ese instrumento[3] del Otro, como lo nombra Ana María Gómez, es puente y acceso a la demanda de deseo en elespacio convocante. Resonancia que despierta la voz interior. Su relación hospitalaria en el fundamento de su regla y el ejercicio oscilante de la palabra que el vínculo de transferencia, convoca a la producción que pone en marcha vértigo y demanda.
Los hombres no son los que utilizan el dispositivo sino los que son puestos a actuar en y por el.”(…)El dispositivo no tiene nada de técnico, no es en nada una máquina. El es el modo según el cual lo real… se devela, se revela … ¿Tiene lugar en alguna parte más allá de cualquier acto humano? No. Pero tampoco tiene lugar solamente en el hombre” (…) Nuestro hacer y nuestro no hacer están en todas partes, de manera oculta o encubierta, provocados por el dis-positivo.[4]
Práctica y discurso como producción inaguran un titubeo de la libertad re-creativa en el ejercicio del decir que abre un espacio de expresión balbuceante y en devenir y abierto que angustia, moviliza.
Ambivalencia y multiplicidad de sentidos por resonancia hacen del decir vehículo y límite que juegan la escena de los afectos. Desajuste de la voz y la demanda en aquella performatividad del habla en el espacio íntimo. Falta de aire, arritmia y palpitaciones no son reductibles a la contextualidad, es el cuerpo del otro que da lugar al afecto sonoro en el acogimiento de la voz.
Deseo de vértigo al vértigo del deseo hace del riesgo y búsqueda un recorrido de articulación de una primera coordenada hacia un mapeo escritural que intento dibujar.
La no coincidencia del deseo y la necesidad, de la satisfacción que la resonancia del silencio detona como efecto del acogimiento del habla, convoca a pensar por ahora un recorrido, atemporal e inconsistente de un grito como resorte del deseo. Tensión inaugural de un encuentro que intento elaborar en la escritura de la re-petición de la escena clínica que hace hablar. Convocatoria no traducida que exige pensar una demanda de deseo como encuentro de la pregunta angustiante del inédito -qué me quiere-.
Jacques Lacan refiere como demanda en relación al neurótico:
Quiere que le pidan algo. Como no le piden nada, empieza a modular sus propias demandas, que van a ocupar en lugar del heim. Ésta es la primera entrada en el análisis. (…) ¿Qué es lo que funciona efectivamente en el neurótico en el lugar, para él desplazado, del objeto a? ¿Qué realidad hay tras el uso falaz del objeto en el fantasma del neurótico? Esto se explica suficientemente por el hecho de que ha podido trasladar al Otro de la función de a. Esta realidad tiene un nombre muy simple – es la demanda. [5]
La inminencia de una búsqueda, asociada al coraje y al dolor, así como la inminencia del temor, que a partir de una lectura al texto de Freud y tomar algunas consideraciones del apartado de Inhibición, Síntoma y Angustia ubica un lugar del afecto ante la amenaza de pérdida.
Temor que sin objeto se traslada a angustia; afectos asociados al desamparo que podríamos poner a distancia entre un afecto y otro, por su proximidad y en relación a 1)la energía pulsional, 2)el objeto y 3)amenaza de pérdida.[6]
El miedo, al estar relacionado con las preguntas del ¿quién? y ¿qué? que acompañan la vida no solo del niño, hacen temblar al cuerpo en relación a la amenaza que convoca al estado de alerta ante tal inminencia.
La relación de talesafectos y el objeto no son únicamente originarios, aunque están asociados al desvalimiento y a lo que Francisco Pereña llama demanda inconsciente. Dice el autor al respecto de la repetición y la energía pulsional:
La clínica psicoanalítica, o clínica del sujeto, es clínica infantil porque trata de la modalidad de la construcción del vínculo afectivo y de sus fracasos. Esa modalidad arranca de la infancia. El sujeto es el niño que somos, el niño inmerso en los temores y en los desaciertos de sus deseos, en el miedo al abandono y en la experiencia del daño con la que se inició. El origen no es la causa. El origen es la repetición que reanuda cada encuentro y cada demanda afectiva. El origen como repetición es la antítesis del origen como causa, y ésa es además la verdadera razón de por qué hablamos de una clínica siempre en cuestionamiento.[7]
Lo anterior, hace pensar a manera de esbozo y preámbulo de una escritura hacia la ocurrencia, a efecto de insistencia, que suceda el resorte del juego a efecto poner en marcha una posible escritura invocante de la voz.
Referencias
[1]Kojeve, Alexandre, La Dialéctica del Amo y el Esclavo en Hegel. Buenos Aires, La Pléyade, p. 3, 1982.
[2]Pommier, Gèrard. Incestos, Raíz Cúbica del Crimen. Ediciones La Cebra, p. 15. 2024.
[3]Gómez, Ana María. La voz, ese Instrumento. Gedisa. Buenos Aires. 1999.
[4] Braunstein, Néstor, El inconsciente, La Técnica y el Discurso Capitalista, México, Siglo XXI, p. 32 y 33, 2012.
[5]Lacan, Jacques. La Angustia, El Seminario 10, Paidós, p.62, 2004.
[6] Freud, Sigmund. Obras Completas. Amorrortu, volumen XX. Buenos Aires. 2013.
[7] Pereña, Francisco, De la Angustia al Afecto. Un Recorrido Clínico, España, Editorial Síntesis, p.20, 2013.
Bibliografía
Braunstein, Néstor, El inconsciente, La Técnica y el Discurso Capitalista, México, Siglo XXI, 2012.
Freud, Sigmund. Obras Completas. Amorrortu, volumen XX. Buenos Aires. 2013.
Gómez, Ana María. La voz, ese Instrumento. Gedisa. Buenos Aires. 1999.
Kierkegaard, Sören. El Concepto de la Angustia. Alianza. 2007.
Kojeve, Alexandre, La Dialéctica del Amo y el Esclavo en Hegel. Buenos Aires, La Pléyade, 1982.
Lacan, Jacques. La Angustia, El Seminario 10, Paidós, 2004.
Pereña, Francisco, De la Angustia al Afecto. Un Recorrido Clínico, España, Editorial Síntesis, 2013.
Pommier, Gèrard. Incestos, Raíz Cúbica del Crimen. Ediciones La Cebra, 2024.
Abogado. Maestría en Saberes sobre Subjetividad y Violencia. Especialidad en Clínica Psicoanalítica. Sus temas de interés son alrededor del Psicoanálisis, el Lenguaje y la Ley.