Cultura y pulsión de muerte en la sociedad necropolítica

Edgar Eligio Ávalos Soto

La necropolítica es un tipo de sociedad en la que el crimen, la violencia y el delito se configuran como formas de producción de servicios, bienes y consumo; es decir, es el desarrollo más degradado y degradante del capitalismo al integrar, como prácticas económicamente rentables, la violencia y la muerte. A esta forma de producción de capital Sayak Valencia lo nombra: capitalismo gore. El crimen y la violencia, incluso extrema, desde esta perspectiva no solo son el resultado de la falta de políticas públicas relacionadas a las mejoras de condiciones sociales de sus ciudadanos, de la falla de la políticas de seguridad del Estado, de una economía precarizada o el resultado del simple abandono de la sociedad por los gobiernos electos. En los Estados con deficiente crecimiento económico y políticas desconectadas de las necesidades sociales surge una forma de capitalismo que emplea el crimen tanto para extraer ganancias como para ofertar el ejercicio de la violencia y el crimen como mercancía en un mercado de servicios necro. Además, a partir de un nuevo tipo de dispositivo propio de dicho sistema la subjetividad y el deseo elaboran un tipo de sujeto que responde a esas nuevas condiciones necropolíticas. Esta idea de capitalismo aprovecha el dispositivo para transformar y reconfigurar la política, la sociedad, la economía y al sujeto. Si lo que domina a la biopolítica, como lo indica Foucault, es el “hacer vivir y el dejar morir” como parte del ejercicio del biopoder del Estado, en la necropolítica vemos “el hacer morir” como parte de las estrategias de ese nuevo dispositivo llamado necropolítica. De esta forma, los grupos humanos marginados de las políticas de desarrollo buscan la manera de sobrevivir en las nuevas condiciones sociales, económicas y de reestructuración del deseo que en su persecución no ven como un problema la descarga de la pulsión sobre el otro, algo que desde el psicoanálisis se conoce como el imperativo del goce. Así, aunque Sayak Valencia ve como figura emblemática de esta subjetividad a aquellos individuos asociados al crimen organizado y que nombra como sujeto endriago, se podría decir que acciones endriagas, producto de cierta configuración subjetiva, las puede llevar a cabo cualquier individuo capturado dentro de la red del dispositivo necropolítico, aun cuando el sujeto endriago sea la representación más fiel de la figura endriaga. 

Para Foucault, la biopolítica busca desplegar una política interesada por la vida de un nuevo sujeto denominado población, pero en ese despliegue de estrategias de gobierno se muestran formas de segmentación social, discriminación racial, económica y de limpieza étnica para el mejoramiento de la raza y la sociedad, todo esto subsumido bajo la idea de la prosperidad de la población[i]. Junto a esto, las formas ideológicas y culturales de vida del capitalismo actual: el hiperconsumo, la exacerbación del individualismo, la explotación del cuerpo y de la sexualidad en el mercado de bienes gobiernan el ideal de vida de los sujetos, dirigiendo en esa dirección su expectativa de vida:

A estos Otros, en nuestra taxonomía les denominamos sujetos endriagos y se caracterizan por combinar la lógica de la carencia (círculos de pobreza tradicional, fracaso e insatisfacción), la lógica del exceso (deseo de hiperconsumo), la lógica de la frustración y la lógica de la heroificación (promovida por los medios de comunicación de masas) con pulsiones de odio y de estrategias utilitarias[ii].

Esos “sujetos endriagos” serán la expresión de nuevas subjetividades que ejercen la violencia sin un aparente remordimiento ni sentimiento de culpa, quienes son la manifestación más clara de un nuevo capitalismo: el capitalismo gore:

Tomamos el término gore de un género cinematográfico que hace referencia a la violencia extrema y tajante. Entonces, con capitalismo gore nos referimos al derramamiento de sangre explícito e injustificado (como precio a pagar del Tercer Mundo que se aferra a seguir las lógicas del capitalismo, cada vez más exigentes), al altísimo porcentaje de vísceras y desmembramientos, frecuentemente mezclados con el crimen organizado, el género y los usos predatorios de los cuerpos, todo esto por medio de la violencia más explícita como herramienta de necroempoderamiento.

Cuerpos concebidos como productos de intercambio que alteran y rompen las lógicas del proceso de producción del capital, ya que subvierten los términos de éste al sacar del juego la fase de producción de la mercancía, sustituyéndola por una mercancía encarnada literalmente por el cuerpo y la vida humana, a través de técnicas predatorias de violencia extrema como el secuestro o el asesinato por encargo[iii].

En la biopolítica se habla de biopoder como aquel que ejerce el Estado sobre la población con la intención de formar, moldear y conducir su capacidad, fuerza y rendimiento económico; mientras que en la necropolítica se habla de necropoder como aquel que ejerce no solo el Estado, sino también las distintas organizaciones criminales que controlan ya sea partes de un territorio (como en el caso de México), ya sea partes del mercado económico (renta o cobro de piso, trata de personas) en donde la violencia y el homicidio son los medios de extracción de valor sobre el cuerpo y la vida. Mediante la práctica de la violencia por parte del sujeto endriago, agrega Sayak Valencia, se busca arrebatar, conservar y rentabilizar el poder de dar muerte. La fuerza de trabajo, si cabe hablar de ella en el necromercado, rentabiliza las formas de degradación de la persona, ya no es la naturaleza, vista como materia prima, sobre la que se descarga la fuerza de trabajo para convertirla, a través del trabajo, en mercancía, sino que ahora el cuerpo es objeto de desacralización y explotación como en su momento fue la naturaleza. De esta manera, sobre los cuerpos mismos se ejerce esa nueva fuerza de trabajo endriaga y los convierte, ya sea vivos o muertos, completos o en partes, en bienes con un valor de cambio en el mercado.

Karina García en sus entrevistas con sicarios capturados recoge las palabras de uno que dice al respecto: ‘“Juntábamos los cuerpos durante una semana, porque los teníamos que llevar lejos… al final de la semana manejábamos con las camionetas llenas de cuerpos… y así cada semana” (anónimo)[iv]. No obstante, mercancía encarnada no es solo la víctima, sino también el sujeto endriago, ese sujeto quien se oferta en el mercado laboral necro como fuerza de trabajo: “cuando te metes en este negocio tú sabes el trato, puedes morir en cualquier momento” (Canastas)[v]. A esto, podemos asumir, se refiere Sayak Valencia cuando menciona, en la cita anterior, que esta nueva forma de capitalismo rompe “las lógicas del proceso de producción del capital, ya que subvierten los términos de éste al sacar del juego la fase de producción de la mercancía”; es decir, no hay un proceso que haga de una materia en bruto y de su transformación, mediante la aplicación de trabajo, una mercancía que adquiere valor de cambio en el mercado, pues la persona misma y su vida son ya la mercancía expuesta en el mercado. De esta manera, la idea de trabajo del capitalismo clásico como medio de generación de bienes de consumo, producidos mediante la aplicación de fuerza de trabajo y resultado la transformación de la materia desaparece. Esto se debe a que la fuerza de trabajo del capitalismo gore es para hacer de esa mercancía encarnada (la persona, su cuerpo y vida) un objeto necro. En consecuencia, para el capitalismo gore la mirada y el rostro ya no interpelan la compasión como esperaba Levinas. El otro dejó de ser un sujeto interpelante porque pasó a ser una mercancía con valor de cambio bajo este nuevo mercado. Junto a las otras formas de oferta y mercado en el capitalismo actual se abre un espacio y se sostiene en tanto hay condiciones políticas, sociales, económicas y de demanda que lo soportan, así el capitalismo gore convive con otras formas de generación de capital porque genera a sus propios consumidores al irse normalizando la muerte y el asesinato en una sociedad que lo vive en el día a día como parte de su cotidianidad. Es aquí donde el dispositivo lleva a cabo su función:

La inteligibilidad de un dispositivo en función de su inscripción en un determinado régimen u orden que hay que reproducir nos remite a la noción de relaciones sociales de saber/poder y al campo de relaciones de fuerzas que las constituye como tales en un determinado momento histórico; un dispositivo, [por ejemplo en Deleuze], implica entonces líneas de fuerzas que van de un punto singular al otro formando una trama, una red de poder, saber y subjetividad. Un dispositivo produce subjetividad, pero no cualquier tipo de subjetividad. […]. En palabras de Deleuze somos el dispositivo[vi].

De manera que una de las cosas que logra el capitalismo gore y su dispositivo es la generación de prácticas desde donde la fuerza de trabajo hace que su propio propietario ofrezca dicha fuerza como capacidad de dar la muerte. Además, se asumen dichas prácticas como el ejercicio de un empleo como cualesquiera, privar de la vida a alguien no tiene mayor trascendencia como hacerlo con cualquier otra especie, esto sería parte de los efectos del dispositivo: “¿Tú cuestionarías a un carnicero por matar cerdos o gallinas? ¡No! Tú no lo cuestionarías porque es su trabajo. Lo mismo con nosotros. Nuestro trabajo era matar gente” (anónimo)[vii]. El dispositivo gore a través de diversos mecanismos como el consumo de bienes de ocio y entretenimiento (música, series, películas, video juegos; internet y las redes sociales) se vuelve parte del lenguaje y de las imágenes cotidianas, las cuales permiten la asimilación y el consumo de la muerte. El éxito de los capos y su vida de lujos, en donde la muerte queda oculta al estetizarse sus logros, permite la identificación con ellos y la pretensión de reproducir y tomar como modelo sus vidas, es decir, se establece una identificación con el poseedor del falo, en términos lacanianos.

Si la soberanía del Estado se manifiesta en su capacidad y determinación de “Hacer vivir y dejar morir”, como señala Foucault, esta soberanía se pierde, se traslada o comparte, según sea el caso, con los grupos delincuenciales y criminales, quienes ahora determinan quién vive y quién muere: “La característica más original de esta formación de terror [necropolítica] es la concatenación del biopoder, del estado de excepción y del estado de sitio”[viii]. Estas condiciones sirven para el florecimiento de nuevas prácticas económicas, de interacción y de subjetividad en la que los sujetos endriagos se desenvuelven dentro de la lógica de la muerte. El capitalismo gore engendra nuevas necesidades necro, para las que origina, al mismo tiempo, las formas de producir y reproducir los mecanismos para satisfacer la demanda de dichos bienes necro y, al mismo tiempo, genera al trabajador de dicho sistema: el sujeto endriago. De manera que, el capitalismo gore es un tipo de sistema proveniente de una deriva del capitalismo por la que caen los países en las que la democracia no termina de asentarse, la política se empata con el crimen, la economía aumenta la pobreza y la marginación y el crimen se convierte en el medio para solventar las necesidades.

Para Sayak Valencia el capitalismo gore tiene ciertas características propias frente a otras formas de capitalismo anteriores, así como actuales. Cada forma de producción destaca ciertas particularidades que le dan un acento único y le dan su distintivo. Por ejemplo, en el capitalismo fordista, se destaca la forma de producción a través del empleo de la banda de ensamblaje lo que permitió acelerar la productividad, tecnificar el proceso de manufacturas y desarrollar la especialización del trabajador. Sin embargo, hacia finales del siglo XX e inicios del siglo XXI aparece lo que Franco Berardi Bifo llama semiocapitalismo; un tipo de capitalismo que mediante el empleo de la semiotización de la producción y el consumo y a través del trabajo cognitivo ahora se consumen bienes inmateriales (programas o apps para ver películas y series, videojuegos, música; realizar actividades económicas como diseño, finanzas, etc.). Esto hace referencia a un tipo de capitalismo desarrollado en las últimas décadas a partir del avance tecnológico y del empleo de los sistemas informáticos y computacionales en la producción y consumo de bienes. Por otro lado, también es posible destacar el denominado capitalismo de la vigilancia, un tipo de capitalismo muy reciente, el cual nace cuando se descubre que los metadatos generados por las personas a partir del empleo del internet pueden ser utilizados para identificar, modificar y anticipar las posibles conductas de las personas. Toda esa información es procesada, almacenada y comercializada por las nuevas empresas de comercio electrónico. Además, vía las imágenes y videos que el propio usuario genera y sube a la red es posible identificar dónde se encuentra y con quién se encuentra mediante programas de identificación de rostros. En este sentido, estas formas de capitalismo surgen a partir de contextos muy específicos dado que requieren de ciertas condiciones previas para su nacimiento. No solo condiciones científico-técnicas como las mencionadas previamente, sino también de cierta forma de subjetividad que promueve y ve natural el anunciar constantemente el sitio donde la persona se encuentra, con quiénes se encuentra y qué se está haciendo al subir imágenes, videos, así como descripciones o breves historias al respecto.

Del mismo modo, cuando Sayak Valencia habla del capitalismo gore es porque identifica ciertos rasgos propios en dicho capitalismo que lo caracterizan y los distingue de los antes mencionados. Por ejemplo, dentro de los elementos contextuales del sujeto endriago, la autora tijuanense destaca la redundancia social y económica, en particular, de los jóvenes que viven en condiciones precarias. Es decir, el sistema productivo los considera innecesarios, son un excedente en la producción por lo que sus vidas pueden ser descartadas. Achille Mbembe hablará en un sentido más amplio de vidas superfluas, sin embargo, al final son vidas carentes de valor dentro del sistema actual de consumo:

[…] gente para quien vivir es justificarse de manera permanente con la muerte, en condiciones en que la muerte misma tiende cada vez más a convertirse en algo espectral tanto por la manera en que es vivida como por la manera en que es dada. Vida superflua, pues, aquella cuyo precio es tan bajo que esa vida no tiene ninguna equivalencia mercantil -y mucho menos humana- propia; esa especie de vida cuyo valor está fuera de la economía, y que no tiene otro equivalente más que el tipo de muerte que se le puede infligir[ix].

De esta manera, el sistema capitalista va acentuando la división de clase y aumentando la diferencia del valor del trabajo al pasar a una economía que destaca el papel del trabajo cognitivo como generador actual de plusvalía. No obstante, al mismo tiempo, estos sujetos identificados como redundantes están en un sistema económico que exige a cada uno de sus integrantes la participación en el consumo, se les exige, dirá Sayak Valencia, ser hiperconsumistas. Es decir, en el sistema actual del capitalismo la realización del individuo se asocia al consumo, dado que se atribuye a dicho objeto consumible la satisfacción inmediata no realizable por otro medio. El mercado, ese Otro, sabe y tiene aquello que el individuo necesita, la satisfacción está ahí a la mano, a un pago para su acceso: La pulsión puede satisfacerse mediante infinitos desplazamientos metonímicos: oigamos al gran Otro: “Como este objeto no calma tu falta, tienes aquí otro u otro más que sí lo hará. Pide que te será dado; cuando te sientas decepcionado podrás volver a pedir; cuando todo te falle sentirás que tienes la culpa por no saber disfrutar de lo que se te ofrece. La melancolía se encargará de tu carne y te venderemos para curarla unos productos químicos fantásticos, de nueva generación, que te regenerarán los neurotransmisores y te corregirán el cableado cerebral”[x].

Braunstein destaca el lugar del mercado en la generación de la ilusión del acceso a la satisfacción en el mundo a través del desplazamiento metonímico, aunque la falta no podrá ser cubierta y se hace perpetuo el movimiento de persecución y de desplazamiento, la ilusión se alimenta del bien metonímico arrojado al mercado, por lo tanto, se hace indispensable la generación de medios para poseer aquello que, en apariencia, cubrirá la falta. Uno de los grandes resultados de esto es que la satisfacción de la vida se vuelve inmanente, es aquí y ahora donde debe lograrse, y es en el mercado y a través del mercado como se conquista. Por ello, los individuos redundantes, el sujeto endriago, también buscan tapar la falta mediante el consumo y para lograrlo, el necroempoderamiento es su respuesta ante la precarización económica y existencial.

Sin embargo, necroempoderarse pasa por dos momentos. En el primero, asumir que el cuerpo y la vida propia son el medio, es decir, la mercancía que se oferta en el mercado laboral de la muerte, se está en la disposición de matar a sabiendas que la vida propia está de por medio. La fuerza laboral ofertada es la capacidad de dar la muerte, de matar a ese otro, se mata como parte de una actividad económica. La muerte: es parte de los términos y condiciones para quienes trabajan en el negocio del narcotráfico. En el discurso del narco, la posibilidad de que los trabajadores mueran o sean asesinados se plantea como un saber compartido entre quienes trabajan en el narcotráfico: “cuando te metes a este negocio tú sabes el trato, puedes morir en cualquier momento”(Canastas)”[xi].

Se es mercancía encarnada, dirá Sayak Valencia, por eso se ofrece lo que hasta ese momento se tiene, vida y cuerpo, para obtener en lo posible una porción de satisfacción hasta entonces inaccesible. Como segundo momento, está el hecho de ya no reconocer al otro como un otro, sino como un mero objeto de descarga pulsional. Si bien este hecho es parte del proceso inicial del capitalismo, la desacralización de todo a su alrededor en cuanto todo puede ser objeto de consumo porque todo tiene un equivalente económico; sin embargo, el hecho de trocar al propio ser humano en mera mercancía se acentúa en el capitalismo gore:

Como lo explica Jaime, este es el precio que se tiene que pagar para disfrutar de los beneficios de ganar dinero fácil: “trabajar en este negocio es riesgoso, no haya duda, pero nada en este mundo es gratis. Todos tenemos que pagar un precio. Yo pensaba que valía la pena; moriría de una manera horrible, pero también iba a tener la mejor vida que podía tener”[xii].

Es decir, el necroemprendedor Jaime asocia la mejor vida que podía tener con el hecho de incorporarse a un negocio que aun cuando con certeza afirma moriría de una muerte horrible está dispuesto a pagar dicho precio porque al mismo tiempo le asegura tener la mejor vida que podía tener. De esta manera, el sujeto endriago se inserta en el mercado laboral y del consumo relacionando, al mismo tiempo, muerte horrible con vida apetecible. Así, el goce se impone como imperativo de acción frente a la posibilidad del límite inicial de la ley de castración:

Está en juego la disolución de la función de la Ley de la castración simbólica que, ya según la doctrina freudiana del Edipo, tenía la tarea de articular el deseo del sujeto a la experiencia del límite. Sin este centro de gravedad el goce aparece, como señala Lacan mismo, <<extraviado>>, privado de brújula y de anclajes simbólicos. La astucia del discurso capitalista consiste en la capacidad de explotar sistemáticamente este extravío[xiii].

En este sentido lo simbólico sede ante la imago de lo Real o ante el supuesto, por parte del sujeto endriago, que supone acceder a lo Real de una buena vida. Asume que es posible cubrir la falta sin importar que eso implique colocar la vida y cuerpo del otro y de sí mismo como moneda de cambio para realizar en el mundo lo Real. Por ello, la Ley de la castración, bajo dicha lógica, debe subordinarse al goce, pues la astucia del discurso capitalista consiste en la capacidad de explotar sistemáticamente este extravío, es decir, el dispositivo gore hace creer que es posible acceder a lo Real de la buena vida si se está dispuesto a pagar el precio, aun cuando este implique una manera horrible de morir.


Referencias

[i] Foucault, Michel, El nacimiento de la biopolítica, México, FCE, p. 40.

[ii] Valencia, Sayak. Capitalismo Gore y necropolítica en México contemporáneo   revista Relaciones internacionales, # 19, 2012, p. 87.

[iii] Sayak. Capitalismo gore, México, Melusina, 2010, p. 15 (las cursivas son de la autora).

[iv] García, Karina. Cuatro dimensiones de la violencia del narcotráfico en México: ¿cómo las conciben los perpetradores? CONfines relacion. internaci. ciencia política [online]. 2020, vol.16, n.31 [citado 2025-01-04], pp.33-60. Disponible en: <http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-35692020000200033&lng=es&nrm=iso>. Epub 22-Ene-2024. ISSN 1870-3569. https://doi.org/10.46530/cf.vi31/cnfns.n31.  p. 43.

[v] García, Karina. Cuatro dimensiones de la violencia del narcotráfico en México: ¿cómo las conciben los perpetradores? CONfines relacion. internaci. ciencia política [online]. 2020, vol.16, n.31 [citado 2025-01-04], pp.33-60. Disponible en: <http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-35692020000200033&lng=es&nrm=iso>. Epub 22-Ene-2024. ISSN 1870-3569.  https://doi.org/10.46530/cf.vi31/cnfns.n31. pp. 46-47.

[vi] García Fanlo, Luis, ¿Qué es un dispositivo?: Foucault, Deleuze, Agamben, A parte Rei Revista de filosofía, #b74, marzo 2011. p.4  https://philpapers.org/archive/FANQE.pdf

[vii] García, Karina. Cuatro dimensiones de la violencia del narcotráfico en México: ¿cómo las conciben los perpetradores? CONfines relacion. internaci. ciencia política [online]. 2020, vol.16, n.31 [citado 2025-01-04], pp.33-60. Disponible en: <http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-35692020000200033&lng=es&nrm=iso>. Epub 22-Ene-2024. ISSN 1870-3569.  https://doi.org/10.46530/cf.vi31/cnfns.n31. p . 44.

[viii] Mbembe, Achielle. Necropolítica, España, Melusina, 2011. p. 35.

[ix] Mbembe, Achielle,  Políticas de la enemistad, Barcelona, NED, 2018, p. 66.

[x] Braunstein, Nestor. EL PATRIARCADO EN LOS TIEMPOS POSTEDIPICOS | Dr. Néstor A. Braunstein párr. 15.

[xi] García, Karina. Cuatro dimensiones de la violencia del narcotráfico en México: ¿cómo las conciben los perpetradores? CONfines relacion. internaci. ciencia política [online]. 2020, vol.16, n.31 [citado 2025-01-04], pp.33-60. Disponible en: <http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-35692020000200033&lng=es&nrm=iso>. Epub 22-Ene-2024. ISSN 1870-3569.  https://doi.org/10.46530/cf.vi31/cnfns.n31. p 46.

[xii] García, Karina. Cuatro dimensiones de la violencia del narcotráfico en México: ¿cómo las conciben los perpetradores? CONfines relacion. internaci. ciencia política [online]. 2020, vol.16, n.31 [citado 2025-01-04], pp.33-60. Disponible en: <http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1870-35692020000200033&lng=es&nrm=iso>. Epub 22-Ene-2024. ISSN 1870-3569.  https://doi.org/10.46530/cf.vi31/cnfns.n31.p 47.

[xiii] Recalcati, Massimo. ¿QUÉ QUEDA DEL PADRE? La paternidad en la época hipermoderna. Barcelona.  Xoroi edicions. 2015. p. 30.

Edgar Eligio Ávalos Soto

Actualmente estudia el programa de doctorado en el Colegio de Saberes.