Conmociones cadavéricas: nuestro mundo de restos como posibilidad de memoria

Frida Marcela Heras Villarreal

«Todos aquí iremos desapareciendo

si nos quedamos inermes sólo viéndonos
entre nosotros, viendo como desaparecemos
uno a uno.»

Sara Uribe[i]

Llevamos la muerte a cuestas. Los caminos de la vida que trazamos, que recorremos, por donde nos perdemos, son caminos también de muerte. Caminos que se entrecruzan, se superponen, se desdibujan. La violencia manifiesta en el cruce, el choque y la borradura. Entonces, la muerte no es sólo algo que llevamos a cuestas, sino algo que nos atraviesa, que nos hace ser, con los otros. A pesar de los otros. Contra los otros. ¿Son los otros los que llevamos a cuestas? Los otros, su muerte, sus cuerpos muertos impresos en nuestra carne así como el asesinato y la crueldad se han impreso en su carne. Lo cadavérico es ahora marca y sello de nuestros cuerpos, nuestros espacios, nuestras memorias. Lo cadavérico se encarna como una memoria-herida abierta en esta carne torturada que somos. Una memoria fragmentada, a la vez constituida y descompuesta por fragmentos y ausencias. De los restos desechados, ¿puede ser posible sostener lo vivo? ¿Cómo hacer de esto cadavérico no el fin sino el punto de partida? Pensar (desde) lo cadavérico como la paradójica posibilidad de un dar o hacer cuerpo de lo informe de la crueldad arrasadora. Sería indispensable abrir más que heridas o desde –y ante– las heridas mismas abrir los ojos y abrir preguntas. Que sean estas heridas, esta descomposición, esta putrefacción, estos cadáveres, los que, al perturbar nuestros cuerpos y espacios, al fragmentar la univocidad de sus muertes y de nuestra postura frente a ellos, produzcan quizás otros sentidos.

Acto sin fin
Escena 1
2015. Cualquier parte de México.

Un terreno baldío. Por la tarde. Un cuerpo.
Un muerto. Un bote de basura.[ii]

Ana Mendieta, sin título, de la serie Siluetas, 1973 – 1980.

            Frente al abismo del exceso, inmersos en la oscuridad del absoluto, parece que se ha vuelto imposible olvidar. La violencia homicida y desaparecedora se instala y se repite ininterrumpidamente. El asesinato se vuelve hegemonía. Imposible que se vuelva pasado, imposible hacer de esto un pasado. Esta violencia propicia y se alimenta de la detención, de la parálisis, de la pretensión. Entonces, ¿cabe preguntarnos si es posible la memoria? ¿Es posible hacer memoria cuando el horror acecha y lo cubre todo con el velo del trauma?, ¿cuando nos encontramos sepultados por miles de cuerpos y asediados por miles de ausencias? Si lo es, ¿de qué memoria se trataría? Una memoria oficial, institucionalizada, autorizada por aquellos “dueños de la verdad”, aquellos que se consideran responsables de crearla, mantenerla y conmemorarla, en donde unas muertes valen para ser conservadas y recordadas y otras para ser desechadas y olvidadas. O una memoria que instaura nombres como monumentos, donde los rostros se vuelven fantasmas y el silencio y el olvido se piensan como amenazas de borradura y violencia. O un deber de memoria como la tiranía de recuerdos que en lugar de volver a pasar por el corazón, hacen pesar el corazón. O una memoria como las voces, y los silencios, de un pasado que da cuenta de un presente por el que habría que luchar, un pasado que dejó de pesar para pasar a posibilitar, una memoria que se juega con y en el olvido. Y aquí, entonces, habrá que preguntarnos también, ¿de qué olvido se trataría?

            Cuando se habla de olvido, destaca la insistencia por evitarlo y la advertencia contra sus peligros, la pérdida –explícita– que hay en él. El olvido se suele pensar como un tiempo muerto, un pasaje a la nada. Escritura borrada y páginas arrancadas a los libros de la historia, tanto colectiva como subjetiva. El olvido, sobretodo cuando parece gestionado desde la necropolítica, como el tránsito de lo humano y lo social a lo desechable. Una gestión que implica una selección y, por lo tanto, una exclusión: ¿qué cuerpos valen para ser exhibidos y cuáles para permanecer desaparecidos?, ¿qué cuerpos se cuelgan, qué cuerpos se cobijan, qué cuerpos se entierran, qué cuerpos se cortan en pedazos, qué cuerpos se disuelven en ácido?, ¿qué cuerpos son identificados y entregados y cuáles se pierden en el anonimato de los huesos y la ceniza? Al olvido se le teme, se le huye, se hace lo que sea por intentar obstaculizar su destrucción. Evitar la propagación del fuego y salvar más que las cenizas. Y, ante esta desconfianza, ante el temor de quedar sumidos en una amnesia que se suele equiparar a la indiferencia y a una doble muerte, surge el re-clamo, un clamor que insistentemente pide no olvidar, “Ni perdón ni olvido”: a través de esta exigencia de justicia se hace manifiesta la lucha contra este olvido como su única posibilidad. ¿Y lo es realmente? ¿Recordar es hacer justicia? En esta mortificada y mortificante insistencia por no olvidar, por no perder, ¿se permite darle un lugar a lo ya perdido como perdido? ¿No nos muestra a su vez el exceso de memoria una aterradora apatía, una banalidad de la barbarie? Nombres que se repiten y se intercambian sin cesar, antepuestos por un # (hashtag), acontecimientos reducidos a cifras, pérdidas que parecen no significar ya nada. ¿No es esto también una doble muerte? La (in)significancia de cada muerte y cada desaparición reducidas a nota roja, a furor del momento en una guerra sin fin que, justo por su perpetuación, se vuelve cotidiana, y sus efectos, sus des-trozos, se han ido incorporando a nuestro paisaje. Un paisaje cadavérico. Un paisaje del que formamos parte, una parte inerme, indolente y cruel. La familiaridad de la atrocidad. Ésta como lo más propio y lo más ajeno; la pulsión atroz que nos habita, que nos hace, como el punto más ciego que tenemos.

Acto sin fin
Escena 2
2012. Cualquier parte de México.

Un puente. De madrugada. Nueve muertos.
Nueve cuerpos. Nueve sogas. Una cartulina.[iii]

EL LÍMITE TAMBIÉN HA SIDO DESAPARECIDO

Ana Mendieta, Sin título, de la serie Siluetas, 1973 – 1980.

            Nuestros muertos y nuestros desaparecidos están como fuera del tiempo, fuera de lugar, a pesar de que lo invaden todo, desde su excesiva y espantosa aparición y presencia hasta su inasimilable ausencia. Enredados en esta paradoja nos encontramos nosotros también en un fuera de tiempo, y nuestra posibilidad de olvidar y hacer una memoria obstaculizada. Detenidos, a merced de la violencia. ¿Será que estamos atrapados entre el monumento y la borradura? ¿Entre el imperativo de no-olvidar y el aquí no pasa nada? Me parece que es posible otra cosa, otras formas de pensar y hablar de memoria y olvido cuando de la muerte violenta y sus restos se trata. Y eso otro podría ser precisamente a partir de aquello que nos aterra, nos invade y que no queremos o no podemos ver, eso que no tiene lugar: la desaparición y la ruina. Ya no es posible separar lo que aparece de lo que desaparece; tras casi 15 años de guerra contra el narco[iv] se pierden las fronteras entre lo que vemos y no vemos, entre lo que está y ha dejado de estar, entre lo que no deja de pasar y lo que no pasa[v]: habitamos lo espectral. Nos pensamos al margen sin darnos cuenta de que ya no hay margen. Estamos inmersos. Entre los cuerpos del martirio y los cuerpos del extravío nos paralizamos y nos movemos, miramos e ignoramos, decimos y callamos. Así, el entre desaparece también. Lo que queda sería la conmoción del encuentro con esa ruina y esa ausencia, el encuentro mismo como acontecimiento, que, transformado en suceso daría para pensar, para escribir, para historizar. Y, por lo tanto, a través de ese pensar y ese escribir, la posibilidad de un lugar, un lugar que habitemos todos, otros caminos de memoria. ¿Porqué no pensar en la posibilidad de una memoria de la sensación?

            El encuentro es mirada, es olfato, es tacto. Es impacto. El cuerpo –vivo– puesto en el encuentro, en el descubrimiento, de otros cuerpos –muertos–, pedazos de cuerpo, restos que fueron cuerpo, que desde su –la mayoría de las veces permanente– anonimato, irrumpen con una fuerza que marca, imprime y conmueve. Cuerpos que chocan. Vidamuerte. El cuerpo como archivo de sensaciones, vibraciones, fuerzas, movimientos. ¿El cuerpo mismo como archivo de otras muertes? El choque del encuentro como cicatriz, o en ocasiones, como herida abierta. Herida que no deja de sangrar, punzante, contusa. Otras formas de escritura. Escrituras de muerte en los cuerpos. Esta otra posibilidad de memoria sería, quizás, la contraparte de esas pedagogías del terror que, a través de la tortura, el desmembramiento, el desollamiento y la desaparición forzada como inscripciones en los cuerpos muertos y en los espacios, buscan transmitir mensajes. “El cuerpo en su desgarro y vulneración es el mensaje”[vi]. Otras marcas, otras inscripciones. 

            “¿Acaso no nos roza, a nosotros también, una ráfaga del aire que envolvía a los de antes?”, se pregunta Walter Benjamin[vii]; aquí ese aire es una ráfaga huracanada que más que rozarnos, nos impide respirar, nos impide el movimiento, aquel viento que no apaga el incendio, más bien lo hace arder aún más fuerte, lo aviva. Una ráfaga que envolvía a los de antes pero también una ráfaga que se los llevó, que ha ido llevándose todo a su paso. ¿Y qué nos deja? Un estremecimiento como huella de ese rapto. La desaparición, a su vez, deja su marca en los cuerpos. Lo arrebatado, lo que se esfuma y se pierde se siente, se vive. Y se busca. Los cuerpos de aquellos que buscan –y de aquellos que han sido encontrados– se transforman en dispositivos de denuncia y de narración, de testimonio, cuerpos que transitan por instituciones, por escenas del crimen, por desiertos, campos y montes saturados de cadáveres: memorias en movimiento. Los espacios, los cuerpos, las vidas que quedan –o lo que queda de ellas– permanecen impregnadas de eso ausente. Siempre queda huella de la borradura, diría Derrida. Resto. Ese resto como borde de lo desaparecido, de eso que estuvo y ya no está ni estará más. No como presencia plena, al contrario, el resto da cuenta de la imposibilidad de ésta imposibilitándola al mismo tiempo. Resto como corte, como puntos suspensivos que dan cuenta de un final que no acaba, de una interrupción que parecería decir más pero calla, de una ausencia que se hace presente con la huella de su desaparición, de una muerte a la que algo le sobrevive, aunque sea esa marca de la finitud, que es el resto en sí mismo. El resto conserva y deja caer, agrietando lo absoluto, abriendo, a golpes, con pequeñas vibraciones, espacios para la vida.[viii] Habría que dar cuenta de lo que está de lo que no está, las huellas de la desaparición pero también su retorno como cadáver, como fragmentos. Lo aparecido de lo desaparecido, lo indeleble de lo borrado, la ceniza del holos-kaustos, lo vivo de lo asesinado…

            En este entramado de ausencia y presencia, en esta violencia que arranca cuerpos, vidas y lenguaje, se busca no dejar ningún resto, se busca la totalidad de la nada. La desaparición vendría a representar el absoluto, donde no queda cuerpo, rastro, pista. Y es a partir de la insistencia de cómo lo desaparecido aparece –de otras formas, con otros nombres, a través de otros miles y miles de cuerpos, fosas, fragmentos, testimonios– que damos cuenta de que no hay absoluto, es éste imposible. Pero en el ejercicio de la desaparición y en la pretensin del absoluto se juega también la indiferencia. Estar y no estar, miradas incólumes, palabras vacías, silencios de pura crueldad. Más que el olvido, ¿no sería la indiferencia la peor de nuestras tragedias? Indiferencia en más de un sentido, indolencia, impasibilidad, pero también la no-diferencia, la repetición incesante de lo mismo, imposibilidad de separación, de distinción, límites que igualmente desaparecen. Y sin diferencia no hay tiempo y sin tiempo no hay memoria, y tampoco olvido. ¿Qué pasa con la vida y de qué vida se trata? Reducidos a objetos, a piezas colocadas y movidas en un necroteatro que nos rodea de terror y de espectáculos de crueldad ante los cuales nos vemos inermes. Pero ante los cuales tenemos puesta la mirada, tenemos puesto el cuerpo. El cuerpo ahí, inmerso en el territorio del horror, instalado frente a eso que le ocurre a otro cuerpo. La singularidad, tanto de ese cuerpo vivo como de aquel cuerpo muerto, se esfuma, se pierde en favor de una masificación que le arrebata al cadáver mucho más que su rostro y su nombre al transformarlo en desecho y al sujeto vivo mucho más que su palabra al transformarlo en espectador apático. “El acontecimiento anula al sujeto, lo desconoce, lo violenta si no hay sujeto de esa experiencia. La insensibilidad ante el acontecimiento es una defensa que cree borrar aquello que, en verdad, únicamente borra al sujeto, no al acontecimiento.”[ix] Ante el encuentro con el horror, en el acontecimiento, en esa vidamuerte, parece borrarse la diferencia entre los cuerpos y la posibilidad de dar cuenta, por la palabra, de ese encuentro y entonces poder elaborar una historia. ¿Será que somos muertos con los muertos, desaparecidos con los desaparecidos? “La ausencia amorosa va solamente en un sentido y no puede suponerse sino a partir de quien se queda –y no de quien parte–: yo, siempre presente, no se constituye más que ante , siempre ausente.”[x] La presencia como posibilidad de la ausencia: lo presente hace visible, audible y sensible lo ausente. Como el reflejo de una voz transformada en eco.[xi] Reverberaciones fantasmales de vidas arrebatadas que no dijeron adiós. Ecos que infinitas veces se reflejan de cuerpos torturados, abandonados, destazados, ecos que rebotan de huesos, de huecos dejados por balas perdidas, de charcos sangrientos y cenizas que se las lleva el viento. ¿Seremos capaces de reconocer lo singular en cada eco? De las resonancias, lo peculiar. De la repetición, la diferencia.

Acto sin fin
Escena 3
2018. Cualquier parte de México.

Un terreno detrás de un fraccionamiento. Varios días. Un caja de trailer.
Doscientos setenta y tres muertos. Doscientos setenta y tres cuerpos.
Doscientas setenta y tres bolsas negras.
[xii]

ARRIESGARSE AL ABISMO, MÁS ALLÁ DE LO MISMO

Ana Mendieta, Sin titulo, de la serie Siluetas, 1973 – 1980.

            Lo terrorífico es eso no sepultado, lo exhumado, lo expuesto en carne muerta, de lo que no se dice nada, que vuelve y vuelve, sin volver, presencia-ausencia aporética y fantasmal. La importancia de la sepultura radica en que es necesaria para poder estar en el mundo. En tiempos donde parece no ser posible sepultar, en el sentido de dar, o hacer, un lugar, un lugar-otro a los muertos, ¿de qué otra forma es posible estar en el mundo? ¿Lo cadavérico quedaría permanentemente entonces como fuera de lugar y fuera del tiempo? ¿O sería posible pensar lo cadavérico como un lugar-otro y un tiempo-otro? ¿Cómo estar en un mundo de lo cadavérico? No sólo los cuerpos se desgarran… Pienso en 2666 de Roberto Bolaño, un 2666 más acá de la ficción, un archivo de repetición que trasciende el texto y se inscribe en el cuerpo del lector, en sus interpretaciones, en su lectura misma. Textos desgarrados y desgarradores. Donde dar la vuelta a la página no suplanta muerte con muerte, cadáver con cadáver, sino que, en la escrituración de cada acontecimiento de descubrimiento, de encuentro con cada cuerpo muerto, se reivindica la singularidad de su crueldad, se reivindica una memoria de muertas, de impunidad, de nombres y anonimato y, más que nada, de conmociones. ¿Es posible pensar en un archivo de cuerpos, de cadáveres? Un archivo de muerte en donde hay cuerpos que se conservan y otros que se destruyen, un archivo que se va construyendo –y destruyendo– con el asesinato y sus vestigios, los trazos inscritos en los cuerpos y los espacios, un archivo de borradura, alteraciones, permanencia, de ceniza.[xiii]

            Cuerpos diluidos, cuerpos hechos pedazos, cuerpos desvanecidos, esos que mediante la dispersión, de sus partes, de sus nombres, de lo que han sido sus vidas, van desapareciendo o son desaparecidos. Cuerpos expuestos y cuerpos ocultos. El olvido y la memoria por pensar vendrían a reclamar una postura y una función históricas y políticas para devenir en una posibilidad-otra de conciliar la perdida y arrancarse de la fijación estratégica y monopólica del Estado. Una estrategia que, como se mencionó anteriormente, pretende la maquinización de la muerte en beneficio del mercado, la hegemonía y el necropoder. Sin embargo, impera una paradoja: la paradoja de una violencia tanto desaparecedora como espectacularizadora que impone reminiscencias obsesivas de lo traumático, a la vez que, por el horror que suscita y la impunidad que la acompaña, se ve enmascarada por la apatía que no hace más que desligar(nos) y “olvidar”. Ni memoria ni olvido. No se trata ya solamente de pensar más allá de las oposiciones binarias, lo uno en lo otro y lo otro en lo uno se ven rebasados, como si al esfumarse las fronteras, los límites, se perdieran de cierta forma las cosas en sí, como las hemos entendido: ¿de qué memoria, olvido, vida, muerte, presencia, ausencia, se trata? ¿Ruinas y desaparición también? “La jovialidad, la confianza en el futuro, dependen, tanto en un individuo como en un pueblo, de que exista una frontera, un límite que separe aquello que es claro de lo que es oscuro; pero también de que se sepa justa y oportunamente tanto qué olvidar como qué recordar.”[xiv] Los claroscuros de nuestra guerra, manifiestos en la claridad de los cuerpos aparecidos hechos pedazos y en la oscuridad de los cuerpos desaparecidos, dan cuenta de esa imposibilidad de separación y distinción. Ni se olvida ni se recuerda, se experimenta incesantemente lo mismo. Los muertos y los desaparecidos se arrojan fuera de la circulación simbólica –que es condición para la memoria– de los grupos, alojándose éstos a su vez en un no-lugar, en un extravío perpetuo. Paul Ricœur plantea pensar el pasado y su representación como algo más que la pura muerte, más que reino de los muertos, y al presente como más que una supervivencia con la muerte en suspenso, lo cual se ha convertido en una condena para la historia, volviéndola unívoca, imposibilitando así el relato y la multiplicidad correspondiente a la vida[xv]. Pereña asegura que la sociedad vive entre la ignorancia y el olvido[xvi]; yo me atrevería a decir que ya no es posible hablar de ignorancia, sino de indiferencia. ¿Aún se puede hablar del refugio de la ignorancia –frente a la violencia– en un país de más de 80,000 desaparecidos[xvii] y 300,000 asesinados? En un país de cruces rosas, cintas amarillas, tambos de ácido, bolsas de plástico, trailers refrigerantes y fosas ya no hay lugar para la ignorancia. Al desviar la mirada de aquello que acontece y no deja de acontecer –en la violencia de esa indiferencia– se pierde mucho más que la pura experiencia, lo cual es una ilusión; voltear la cara y pretender no ver es un acto también, es una postura frente a la muerte y la atrocidad. La indiferencia es una toma de posición, un posicionamiento de muerte. Y es esa indiferencia la que impide tanto la memoria como el olvido. Buscando reivindicar las diferencias, surge una cruel que habría que pensar: una posible diferencia entre lo que parece significar –y provocar– la aparición y lo que parece representar la desaparición. De la desaparición: ocultar es aterrador, criminal, condenable. De la aparición: exhibir no parece provocar lo mismo. De números como símbolos: el 72 no es un significante de peso, ni el 273, ni el 15, ni el 30.[xviii] De símbolos como monumentos. Una paradoja de tiempos donde ya no se percibe la revelación y la exhibición como lo que transgrede, donde la transgresión es el secreto en sí, guardar el secreto, y, a la vez, esa revelación del secreto a través de los cadáveres expuestos o encontrados se percibe como una afronta, la tiranía del secreto revelado que sería mejor volviera al silencio, que sería mejor desapareciera… Habría que dejarnos conmover, una conmoción que nos invada, que se imprima en nosotros, que abra ese abismo que no hemos querido ver ni reconocer, donde sea posible leer, en la huella de su trazo o de su ausencia, algo por-decir. Porque incluso hay algo tanto del olvido como de la memoria que invade, que conmociona: advertir el olvido habla de su irrupción, una irrupción que, paradójicamente, invade con la ausencia y el vacío que denota; el recuerdo, por su parte, no anuncia su llegada, asalta. ¿Qué sería una memoria sino lo por-venir, de lo que no se sabe cuándo, cómo –y sí– llegará? ¿Cómo articular las huellas de la violencia, de los muertos, de los otros, en una memoria venidera?

Acto sin fin
Escena 4
2006. Cualquier parte de México.

Un bar. De madrugada. Cinco cabezas.
Cinco muertos. Balazos. Una cartulina.[xix]

Ana Mendieta, Mujer en fuego, de la serie Siluetas, 1973 – 1980.

            ¿Cómo pensar en lo por-decir, en lo por-venir del decir, de la palabra, ante el trauma y el espanto de la brutalidad asesina, aparecedora y desaparecedora? ¿Será un proyecto de antemano fallido? “La memoria del muerto no es ni signo ni idea, sino carne y gestualidad ‘anacrónica’”, manifiesta Didi-Huberman[xx]. De esa carne fuera-del-tiempo, en ese tiempo descarnado, hay gestos indescifrables, marcas que están más acá de la representación, para los que no hay palabra, quizá sólo imagen, sólo encuentro. Del desmembramiento, la calcinación, la disolución por ácido, la inhumación, la exhibición y la desaparición, ¿qué es posible interpretar y, por lo tanto, decir? ¿Hay algo posible de comprensión? Con los cuerpos muertos se hace y deshace y son las particularidades de ese quehacer que se presentan como gestos fuera de lo ya pensado, de los marcos de lo conocido. Son gestos marcados por lo no-dicho, así como el dolor de la pérdida, del choque, del espanto, del goce, como la desmesura, lo que excede y resta, lo que se ausenta, muere de diversas formas y retorna de diversas formas más. Porque aquí la pregunta no es por el cuerpo como totalidad, sino como corrupción, como desecho.

            En Canallas, Derrida descoloca lo por-venir de la idea de futuro y la elabora en torno a aquel(lo): “hacia aquel(lo) que llega, hacia la venida del otro o hacia la imprevisibilidad de un acontecimiento, de aquel(lo) que viene y que no vemos venir.”[xxi] Entonces, lo por-venir es aquel y aquello que a pesar de la imposibilidad de saber que vendrá –aunque quizá no lo haga nunca–, cómo vendrá y quién o qué es el y lo que vendrá, nos coloca en su espera, una espera sin duda aporética, imposible. No sé si una espera expectante o más bien una espera como tiempo suspendido, el encuentro en suspenso, la postergación de la mirada y el estremecimiento. La conmoción puesta en pausa. Hasta que el muerto irrumpe y mediante el trazo y el corte en esa espera, en los cuerpos, en el lenguaje, atraviesa el desierto absoluto[xxii] e inaugura una memoria de lo que ardió y no deja de arder, de lo que (se) consumió y que ahora es ceniza y es lo que nos quedaría por contar. Y lo que habría por contar parte, por lo tanto, de lo imposible, de un vacío, un real para el que no alcanzan las palabras. Lo que queda por contar será siempre insuficiente. Pero que esta insuficiencia no se vuelva un pretexto, una complicidad ni un silencio encubridor. Lo que queda por contar queda también como deuda –impagable–, como promesa que les hacemos –queramos o no– a los muertos, cuando lleguen, como lleguen. “El único modo de nombrar lo indecible es dejando emerger las fisuras de lo innombrable. No se puede exigir no fracasar justo allí, donde todas las barreras ya se han franqueado”[xxiii], el fracaso es inherente a la palabra, un fracaso en forma de no-todo, el fracaso como resto. ¿Cómo apostar por la ceniza, por los gestos de la carne pútrida y deforme que a montones nos asaltan y nos rasgan?

ESQUIRLAS EN EL CORAZÓN

            La extrañeza invade a quien ha perdido. La extrañeza de lo que estuvo y ya no está, pero también la familiaridad de lo que ya no está y permanece. La extrañeza y familiaridad de la espera que nunca termina. La desaparición es una abertura radical, como aquella que menciona Barthes: una herida de amor que nunca cierra. Porque lo perdido persiste y resiste en el clamor del amor y del dolor. Se inauguran no-lugares, silencios, excesos ahí donde la desaparición impera y para la que no hay palabras. Del trauma y su olvido, de aquello que se reprime y se desvanece del mismo, quedan huellas manifiestas en síntoma como un memorial de lo ausente. ¿Es ese nuestro presente, pura ausencia y pura ruina? La violencia homicida, su tiranía y ferocidad, así como la erradicación de toda huella, de todo rastro, es imperfecta, esa búsqueda de totalidad es una búsqueda fallida e imposible: queda el resto anteriormente mencionado, ese no-todo, eso posible-imposible. En los intersticios de la cultura, de lo que queda del lazo social, incluso del lenguaje, quedan las ruinas y cenizas del progreso, del capitalismo gore, como acuñó Sayak Valencia, de la fragmentación incendiaria de la violencia. De los intersticios, de lo subterráneo, irrumpen con fuerza, no se dejan enterrar ni olvidar, los fragmentos arden. Cuando lo que permanece es la ausencia, lo que se hace presente, en un presente inamovible incapaz de volverse pasado, es la desaparición. Los fantasmas, a los que nos habituamos, esos viejos y nuevos fantasmas que repiten el mismo nombre o que se quedan en silencio, que no dejan olvidar aunque ya no recordemos sus rostros. Esos espectros que aunque no se van nos llevan con ellos, que aunque insisten y persisten siguen haciendo falta. Y cuando lo desaparecido aparece, el ardor parece transformarse en incomodidad, en extrañeza, en indignación. “Yo ya había aprendido a convivir con la presencia constante de la ausencia sin nombre cuando mamá se convirtió en una aparecida”, confiesa Marta Dillon en su libro Aparecida[xxiv]; esos desaparecidos que regresan en forma de cadáver, de huesos o fragmentos de huesos, en forma de certeza institucionalizada, de identidad asignada, de desconocimiento y carne putrefacta, ¿qué hacer con ellos?, ¿cómo darles un lugar? ¿Será que cubren, de alguna forma, ya sea como ocultamiento, cobijo o relleno, la ausencia? ¿Será que responden alguna de la infinidad de preguntas que aquellos que han perdido se hacen sin descanso? ¿Aparecen como resto de lo siempre perdido o como algo nuevo? Lo que no es posible negar es que aparecen, de otras formas, en ocasiones con otro nombre, sin nombre, sin rostro, sin cuerpo, pero no han dejado de aparecer; porque incluso el nombre queda como resto y no hace más que apuntar al vacío. Sería imprescindible dar cuenta también de la ausencia como condición primera del cuerpo, es la ausencia la que da lugar al cuerpo, la que hace cuerpo y, así, hace al otro como otro, un cuerpo de memoria que nos sostiene en nuestro inmanente desamparo. Estamos hechos de ausencias y de fantasmas. Nosotros también somos fragmentos.[xxv]

            Y de apariciones y desapariciones se hacen también los territorios. Las ciudades, los pueblos, el desierto, la sierra, la selva, el campo, los ríos, lo subterráneo, trazados de una u otra forma por la violencia radical de nuestra guerra sin fin. Las marcas, tanto las que aun es posible encontrar como las que ya no se pueden ver, instauran una memoria en y de los territorios, huellas que como signos van inscribiendo en los territorios y a los territorios en sí[xxvi]. ”Aquí mataron a X.” “Aquí nos tocó la balacera.” “Allá estaba el restaurante que quemaron, ¿te acuerdas?” “Dejaron un encobijado allá atrás.” “Iba a la escuela cuando vi al colgado.” “Yo siempre paso por donde dejaron las cabezas.” Los espacios se van haciendo, de vida y de muerte se van conformando. A lo largo de nuestra guerra las violencias que han trastocado nuestros espacios y nuestro vínculo con los mismos, han hecho de éstos espacios de muerte, donde se abaten vidas, no sólo la vida de miles y miles de asesinados y desaparecidos, sino las vidas de los vivos, el por-venir mismo de lo aún vivo, de lo aún-por-vivir. Si el espacio producido tiende a ordenar cuerpos, recorridos y vivencias, ¿cómo pensar un espacio producido que ordena cuerpos muertos? Los desenterradores de fosas, familiares de desaparecidos, llaman al proceso de búsqueda de pistas leer la tierra. ¿Qué hay escrito en la tierra? ¿Cómo entender esos lenguajes que se encuentran inscritos en el suelo, la hierba, las ramas, el agua, la arena? Huellas de desaparición, huellas que buscan borrarse a sí mismas, huellas de destrucción que se autodestruyen mientras se inscriben. Más que un mal de archivo es un terror de archivo. Las fosas como espacios mancillados por una violencia sistemática que lo invade todo, hasta la tierra misma, se han convertido en espacios politizados, adentrados a discursos que, aún así, por más que de ellos esté autorizado decir, no logran escapar de la impunidad y la irresolución, del olvido.

            Las transformaciones que puede sufrir un pueblo o una ciudad, desde casas amuralladas, patrullajes militares por sus calles, sus negocios en perpetua amenaza del fuego o las balas, hasta el autoexilio de sus habitantes.En los pueblos fantasma donde los casquillos, la maleza y la instauración de una ley-otra ahuyentaron lo que quedaba de vida, se establecen otras formas de desaparición, mediante las cuales podemos pensar este exilio y sus restos como huellas –y gestos también– de lo que fue y de lo que la violencia ha desfigurado. Espacios-cadáveres, (des)compuestos por los muros derruidos –como sus huesos–  y por ciertas formas de vida –o sobrevidas– que consumen lo que la muerte dejó a su paso, de los cuales los rastros de las historias por contar sean quizás irrecuperables. Se desgarran los espacios, se destrozan los lugares, se perfora la tierra para escribir en ellos el castigo correspondiente a una culpa no dicha. Un narcolenguaje kafkiano que rasga los cuerpos y los espacios con y hasta la muerte: un cadáver es un enemigo abatido, un cerro es una fosa, una ciudad es una plaza, un estado es tierra caliente[xxvii], las masacres son enfrentamientos y los muertos son daños colaterales. La producción de cuerpos supliciados y desaparecidos, de ciudades y pueblos fantasmas, la producción de muerte, es un aparato singular


Acto sin fin
Escena 5
2012. Cualquier parte de México.

Dos camionetas. Dieciocho cabezas.
Brazos. Piernas. Torsos. Pedazos.
Se desconoce la cantidad de cuerpos y de muertos.[xxviii]

Ana Mendieta, Sin título, de la serie Siluetas, 1973 – 1980.


            El caos, la caída, el derramamiento de sangre, ¿podrían ser la tinta con la que se escriture algo inédito?, ¿el impulso que nos mueva?, ¿la conmoción desde donde podamos ver y reconocer a esos otros, y quizás algo de nosotros mismos, en esos muertos y esos ausentes y nuestro lugar frente a sus muertes y desapariciones? “No existe más responsabilidad que ahí donde se halla el fin del mundo, ahí donde ya no hay suelo, ni tierra, ni fundamento.”[xxix] ¿Cómo sostenernos los unos a los otros frente a un dolor que nos ahoga y una impunidad que reina? ¿Cómo ir más allá de la indignación, que ciega y paraliza, y repensar este mundo que se ha vuelto incapaz de sostenernos, de vincularnos? Porque la indignación es ahora cotidiana, todos nos indignamos, no hacemos más que indignarnos, y aveces compadecernos, cada día, con cada masacre que los medios o las autoridades se dignan a hacernos saber: “¡Qué horror!”, replicamos una y otra vez. ¿Y luego? ¿Qué con ese horror? El horror es eso, el horror transformado en normalidad, donde lo horroroso pasa, pasa y pasa, como un viento que despeina pero del que apenas uno da cuenta. Escenificaciones de la muerte, encuentros con la muerte que se congelan en imágenes, olores, colores, sensaciones. Memoria o espectáculo –¿memoria espectacular?–. La contemplación transforma la palabra en silencio y a la acción en docilidad. Armados de cinismo nos enfrentamos al día a día. Es esto entonces lo que constituye el espejismo de una memoria y un olvido, la ilusión de lo que creemos dejar atrás y de lo que creemos construir y conservar. Ni la indignación ni la indiferencia construyen, ambas son formas de ver correr la sangre, de oír los disparos y los gritos, tanto de ayuda como de dolor, y no hacer realmente nada, mientras que la sangre nos salpica y esos disparos y gritos quedan retumbando en nuestros oídos, nuestros espacios y nuestra cotidianidad. Ya no hay marca de la diferencia como corte, sólo suma y ruina, pura continuidad. Se monumentalizan ciertas muertes y ciertas desapariciones, transformándolas en símbolos cuasimuertos, que pierden su fuerza y su decir-algo, haciendo de su conmemoración una pretensión de acción y un simulacro de justicia, sin consecuencias ni repercusiones, mientras que todas esas ejecuciones, torturas y desapariciones siguen ocurriendo. “Ninguna sociedad que conviva con estos hechos puede considerarse ajena a esos delitos. Habitamos un espacio social sintomatizado e interpelado por la apropiación y la desaparición de cuerpos vivos […] y cuerpos muertos insepultos. Estamos tocados por la permanencia de esos crímenes que nos atraviesan de modo radical”, dura declaración de Fabiana Rousseaux que refiere al contexto de desapariciones forzadas durante la última dictadura argentina y que puede ser pensada en nuestro contexto también[xxx]. No es posible ser ajeno a lo que pasa en nuestro país, no sólo por una cuestión de responsabilidad y compromiso, sino porque es imposible; el espacio que habitamos se ha transformado en un espacio de muerte y tanto la indignación como la indiferencia que ejercemos y en la que nos hemos instalado estructuran este síntoma y atraviesan esta hegemónica criminalidad que, a su vez, atraviesa nuestros cuerpos y espacios, nuestras vidas y nuestra crueldad. La crueldad de unos ojos que no ven, de una boca que no dice nada, rostros que no reconocen, que no dan cuenta (ni rinden cuentas), nos ha sumergido en las profundidades de una repetición perpetua donde no parecemos tener más opción que aguantar la respiración o ahogarnos. Aguantar, siempre de la mano de la inmovilidad, sostenida por la invariabilidad, la violencia de la pasividad. Aguantar la irrupción homicida, imparable, sin fin, de asesinos sin rostro. Aguantar dinámicas de las que creemos nada saber pero de las que inevitablemente somos parte, aunque nos creamos espectadores inocentes.

Acto sin fin
Escena 6
Del 2016 al 2019. Cualquier parte de México.

Un predio. Ciento cincuenta y seis fosas.
Doscientos noventa y ocho cráneos.
Veintidós mil quinientos restos humanos.
[xxxi]


           
Pensar desde lo cadavérico, en un más allá de la muerte como paralización, implicaría potencia y espacio, posibilitaría pensar en un olvido que permita la diferencia. Un olvido que libere la memoria en el sentido de un corte a la repetición, un dique a la obsesión. Un olvido que desanude y desde el cual sea posible anudar de otra forma. Porque las huellas, como diría Derrida, fueron hechas para desaparecer, “tanto para extraviar el camino como para reavivar una memoria”[xxxii], perder(nos) para encontrar(nos), ceniza de lo que ya no es, de lo que no es posible saber, pero de lo que será posible una historia por-venir. La paradoja de lo perdido que se ha ido para no volver jamás, de lo cual sus ecos llegan a rozarnos y a habitar nuestras voces y nuestros silencios. Hacer memoria desde lo ya siempre perdido. Reivindicar la memoria-herida. Memorizar (desde) la desaparición: como resistencia, como una lucha por la vida, una vida rearticulada con la muerte, que se resista a la indiferencia y se enfrente a la gestión necropolítica del poder. O como resarcimiento, en un intento de antemano fallido de recuperar la pérdida irrecuperable, de reparar el daño irreparable. O como resign(ific)ación, como un posicionamiento ante la injusticia, ante la violencia, de lo acontecido y arrebatado, como sepultura de los muertos y apertura de un lugar para los vivos. No se trataría de salir de la violencia, dejando de lado la (im)posibilidad de tal planteamiento, sino de encararla. Confrontar lo que hay de nosotros en esas violencias, en esos cadáveres. Vivir en las ausencias, en las heridas, como resistencia.

            ¿Cómo hacer que advenga a la presencia aquello que no es del orden de la presencia?, pregunta Nancy[xxxiii]. Hacer memoria para olvidar, olvidar para hacer memoria, aunque esto implique dejar morir, ver morir y hacer morir aquello que se quiere preservar. Hacer, cruelmente, memoria. Hacer memoria desde, con, por y para la muerte, porque sólo en la muerte es posible conservar al otro, hacer una memoria de él, portarlo en uno mismo. Hacer memoria aún frente a ese resto imposible de recuperar y de asimilar, una memoria contra lo absoluto de la indiferencia. Una memoriaolvido que, paradójicamente, posibilite una separación, un espacio para lo insólito, lo acontecimental que devendrá suceso y, en lo por-venir, historia. Quizás ese gesto de sepultura del que habla Ricœur sea responder, no por, sino ante los muertos, hacer del silencio que el encuentro con ellos incita, no un silencio reverencial sino un silencio del que pueda advenir otra cosa, una palabra, un acto. Un silencio de reconocimiento. Una escrituración de la historia que pueda buscar capturar o liberarse a partir de un resto de acontecimiento, un resto que no deja de escaparse y disiparse en ceniza, para intentar, incesantemente, comprender: “La comprensión es el ejercicio de memoria más intenso; en cuanto inacabada, indefinida, interminable, conduce a la memoria hacia zonas siempre nuevas, le revela aspectos que jamás han sido actuales o que –en el limite– ni siquiera han sucedido como si se tratara de hechos. […] Comprensión y memoria desreifican su objeto de manera que éste no deja nunca de suceder, de manera que no podrá ya convertirse en algo meramente histórico.”[xxxiv] Apostar por una memoria como búsqueda de una comprensión que no pretenda capturar lo ya siempre perdido, sino que deje caer, desde el resto, y en la caída, tanto en su devenir cadáverico y en lo que de cadavérico estaba ya en la ilusión de su origen. Comprender a esos otros, sus muertes, la desaparición y aparición de sus cuerpos y nuestra implicación ahí como la conmoción acontecimental que estará por-venir.

Acto sin fin
Escena X[xxxv]
2020. Cualquier parte de México.

Ana Mendieta, Yagul, de la serie Siluetas, 1973 – 1980.

¿Dónde están?


[i] Sara Uribe, Antígona González, México, Surplus Ediciones, 2019, p. 95.

[ii] Esto sucedió en Ciudad Juárez, Chihuahua. Revisado en: https://entrelineas.com.mx/seguridad/localizan-entambado-en-ciudad-juarez/

[iii] Esto sucedió en Nuevo Laredo, Tamaulipas. Revisado en: https://elpais.com/internacional/2012/05/04/actualidad/1336157085_080207.html

[iv] Tomo en cuenta en este ensayo el inicio de la guerra contra el narco comoel 11 de diciembre del 2006 cuando el expresidente Felipe Calderón ordenó el Operativo Conjunto Michoacán, anunciado como un combate a la delincuencia y una lucha contra el crimen organizado. Revisado en: http://www.cronica.com.mx/notas/2006/275855.html

[v] En el sentido de volverse pasado, como lo trabaja Sylvie Le Poulichet en La obra del tiempo en psicoanálisis, Buenos Aires, Amorrortu Editores, 1996.

[vi] Sayak Valencia, Capitalismo gore: Control económico, violencia y narcopoder, España, Melusina, 2010, p. 111.

[vii] Walter Benjamin, Tesis sobre la historia, México, Itaca, 2008, p. 37.

[viii] En Glas, Derrida habla de las dos funciones del resto: “Una asegura, conserva, asimila, interioriza, idealiza. […] La otra deja caer el resto. Corriendo el riesgo de volver a lo mismo.” ¿Qué nos dice esto de la memoria y el duelo? En Glas/Clamor, Madrid, La Oficina, 2015, pp. 7-8. “El resto es finito –o no sería resto.” En “Istrice 2: Ick bünn all hier”, en Points…: Interviews 1974-1994, Stanford, Stanford University Press, 1995, p. 323. Como si sólo partiendo de lo que la violencia de la caída y la muerte dejan fuera posible la vida.

[ix] Francisco Pereña, Cuerpo y agresividad, México, Siglo XXI, 2011, p. 138.

[x] Roland Barthes, Fragmentos de un discurso amoroso, México, Siglo XXI, 2008, p. 54.

[xi] “El afuera, aún cuando está muy cerca, es siempre lo que está más allá de un límite. Pero, en sí. Tenemos el afuera en el corazón, en el cuerpo. El afuera está aquí.” Derrida en la película D’ailleurs, Derrida de Safaa Fathy, Francia, Gloria Films, 1999.

[xii] Esto sucedió en Tlajomulco de Zúñiga, Jalisco. Revisado en: https://elpais.com/internacional/2018/09/23/actualidad/1537727838_487244.html

[xiii] Al hablar de archivo remito a la conceptualización que hace Derrida en Mal de archivo: una impresión freudiana, Madrid, Editorial Trotta, 1997. “En aquello mismo que permite y condiciona la archivación, nunca encontraremos nada más que lo que expone a la destrucción, y en verdad amenaza con la destrucción, introduciendo a priori el olvido y lo archivolítico en el corazón del monumento. En el corazón mismo del «de memoria». El archivo trabaja siempre y a priori contra sí mismo”, p. 20.

[xiv] Friedrich Nietzsche, Sobre la utilidad y el perjuicio de la historia para la vida, Madrid, Biblioteca Nueva, 1999, p. 45.

[xv] Paul Ricœur, La memoria la historia el olvido, Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2010, p. 472.

[xvi] Pereña, op.cit., p. 109.

[xvii] Jacobo Dayán. Revisado en: https://aristeguinoticias.com/1407/opinion/mas-de-80-mil-desaparecidos-articulo/

[xviii] Me refiero a los 72 migrantes asesinados en San Fernando, los 273 cadáveres del trailer refrigerante de Jalisco, los 15 asesinados en Villas de Salvárcar, los 30 de Coatzacoalcos, entre muchos y muchos otros.

[xix] Esto sucedió en Uruapan, Michoacan. Revisado en: https://www.jornada.com.mx/2006/09/07/index.php?section=estados&article=037n1est

[xx] Didi-Huberman retoma el análisis que hizo Pierre Fédida de la obra Piedad de Pascal Convert para pensar la imagen como “sepultura sensorial”, en “El gesto fantasma”, en Acto: Revista de Pensamiento Artístico Contemporáneo, España, 2008, p. 284.

[xxi] Derrida, Canallas: dos ensayos sobre la razón, Madrid, Editorial Trotta, 2005, p. 7.

[xxii] El desierto como el no-lugar de la deserción, el momento de lo indecidible, donde no hay cabida para la singularidad ni la responsabilidad. Un momento de abandono, tal vez, o de no-llegada-aún. Atravesarlo implicaría el riesgo de la incertidumbre, la catástrofe, una promesa, la différance. Derrida, en la película D’ailleurs, Derrida.

[xxiii] Fabiana Rousseaux, “¿30.000? ¡Ni idea! El estado y lo sacro”, en Territorios, escrituras y destinos, Tren en Movimiento, 2018, p. 38.

[xxiv] Daniela Rea. Revisado en: https://piedepagina.mx/como-se-acomoda-la-verdad/

[xxv] Ileana Diéguez, Cuerpos sin duelo, México, UANL, 2016, p. 298.

[xxvi] Ciudad Juárez se vio transformada en el significante de la muerte y la guerra durante el sexenio de Felipe Calderón, el significante de una violencia atroz que arrasa con todo, con toda vida, con todo lazo social, con todo deseo y esperanza, dejando sólo un desierto colmado de cadáveres y una frontera franqueada.

[xxvii] En alusión a la frase calentar la plaza que significa causar terror en un territorio con fines específicos, como la dominación y apropiación de dicho territorio, sus rutas y su población.

[xxviii] Esto sucedió en Ixtlahuacán de los Membrillos, Jalisco. Revisado en: https://www.informador.mx/Jalisco/Suman-18-los-cuerpos-hallados-en-Ixtlahuacan-20120509-0028.html

[xxix] Derrida, ¿Cómo no temblar?, , en Acta Poética, Vol. 30, No. 2, México, UNAM, 2009, p. 33.

[xxx] Rousseaux, op.cit., p. 39.

[xxxi] Esto sucedió en Colinas de Santa Fe, Veracruz. Revisado en: https://www.animalpolitico.com/2019/08/veracruz-cierran-colinas-santa-fe-busquedas-fosas/

[xxxii] Derrida, La difunta ceniza, Buenos Aires, La Cebra, 2009, p. 43.

[xxxiii] Jean-Luc Nancy citado por Diéguez en Cuerpos sin duelo, op.cit., p. 60.

[xxxiv] Diego Tatián, “Las lecciones del Holocausto (leyendo a Bauman)”, en Nuestra Memoria, Año XVI, N. 33, abril de 2010, Buenos Aires, p. 152.

[xxxv] Esto ha sucedido más de 380,000 veces en todo México.

Frida Marcela Heras Villarreal

Es licenciada en psicología por la UIA, certificada en tanatología por la Universidad de Maryland, así como maestra y doctorante en saberes sobre subjetividad y violencia por el Colegio de Saberes. Especialista en práctica psicoanalítica, se dedica a la consulta privada. Temas de interés y pasión: psicoanálisis, violencias, narcotráfico, frontera, muerte y cuerpo.