En el psicoanálisis, la palabra perversión aparece por primera vez en el texto: Estudios sobre histeria (1893-95); sin embargo, el primer desarrollo del concepto lo encontramos en la obra titulada: Tres Ensayos de Teoría Sexual (1905). En esa obra, Freud relaciona la perversión con la inversión, para referirse a ella como la desviación del objeto sexual de la meta sexual, tomando como ejemplo, la homosexualidad masculina.
Posteriormente, Freud dio cuenta de que el objeto era variable y no tenía una meta fija; así, abandonó el abordaje de la homosexualidad como una perversión y en su lugar comenzó a indagar en la sexualidiad infantil; postulando que el niño era un perverso polimorfo; debido a que era aquel que obtenía placer de su cuerpo vía las zonas erógenas sin un fin reproductivo.
Después de Tres Ensayos de Teoría Sexual, Freud continuó con el tema de perversión, en la obra titulada: Pegan a un niño, escrita en 1919; en ese texto, Freud explicó la manera en que se construía la fantasía a partir del sadismo y el masoquismo; para más tarde, dar cuenta de otra obra relevante en el tema, a la cual título: Fetichismo, escrita en el año de 1927; esta última fue importante porque Freud descubrió que el mecanismo que operaba en la perversión era la renegación; elemento que continúo abordando en el texto titulado La escisión del yo en el proceso defensivo, escrito entre los años 1938-1940; en el cual explicaba que la renegación se debía a la escisión del yo, como defensa del niño ante la amenaza de castración que vive en sus primeros años de su despertar sexual; sin embargo, Freud dejo el abordaje de la perversión hasta ese texto.
Por su parte, Jacques Lacan, abordó el tema de perversión en varios de sus seminarios: 4, 5, 10, 16 y 20, partiendo de una de las puntualizaciones freudianas más centrales en el tema, es decir, la castración.
En la obra Freudiana el estudio de la perversión cobra importancia en la atribución fálica de la madre. Esta atribución se origina alrededor de la diferencia de los sexos, que constituye de entrada para el niño algo enigmático. Debido a que, en sus primeros años, el niño llega a descubrir que no todas las personas y objetos que le rodean tienen un genital como el de él; lo que desencadena angustia en el niño ante la amenaza de castración.
De esta manera, la falta de pene en el otro sexo, viene a ser entendida para el niño como el resultado de una castración. Sin embargo, en el caso de la madre fálica, el niño no renuncia a esa falta, sino que la desmiente, cree que la madre es alguien que no ha sido castrada y por lo tanto, conserva su falo. A este mecanismo Freud le dio el nombre de renegación.
La renegación entonces se trata de la negativa del niño para reconocer la realidad de una percepción: la falta de falo en la madre, o en otros términos, el niño se niega a reconocer que la madre está castrada, como defensa ante la angustia de la amenaza de castración.
Partiendo de esta postulación, Lacan abordó el tema de perversión, sosteniendo que no se trata de una falta en lo real (genital masculino) sino de una falta en lo imaginario, debido a que la atribución fálica es la concepción de algo que debió estar y que es vivido como faltante.
Sin embargo, habría que puntualizar que nunca se ve o se percibe la falta de algo: se ve lo que está a la vista, no lo que está ausente. De manera que, como señala Fink: “La falta no es una cuestión de percepción, no hay falta en el nivel perceptivo-allí el mundo es pleno- <<vemos que no hay nada solo si esperamos algo en particular y advertimos mentalmente su ausencia>>, por lo tanto, se trata de un pensamiento relacionado con una percepción particular “(2007: 209).
De esta manera, si en la renegación lo que es apartado de la mente es un pensamiento y no una percepción, entonces se ha producido una primera simbolización. Por lo que, desde ahí, puede comenzar a plantearse otra lectura al tema de perversión, a la que Lacan nos remite a través del Edipo; debido a que no podemos continuar hablando de la renegación, sin remitirnos a la función paterna.
La función paterna es una función simbólica que en cierto sentido sostiene y ancla el orden simbólico en su totalidad. De manera que, hablar de función paterna nos conduce irremediablemente al tema de la ley; ya que, la función paterna interviene entre la madre y el niño, impidiendo que el niño quede completamente atrapado por ella; por lo que, el padre solo puede producir tal operación, si la madre le da un lugar en su discurso, para que la función paterna opere como ley. Pero, ¿Qué es la ley en psicoanálisis? ¿La ley esta ligada a la función paterna?
Para Freud el superyó es un heredero del Edipo (para la clínica del caso) y del parricidio originario (en lo social), mientras que para Lacan, el superyó se adelanta al Edipo (tanto para la clínica del caso como para lo social), y de ese modo, tiene su basamento en el polo biológico del individuo (Zafiropoulos; 2002: 114).
De esta manera, el superyó establece una conexión entre naturaleza y cultura. Por lo que, este descubrimiento al que nos lleva Lacan, propone un cambio en la forma de abordar y entender tal relación.
Sabemos que para Freud, la prohibición del incesto y la formulación de las reglas de la exogamia son abordadas en su texto Tótem y Tabú a través del mito del padre de la horda primitiva, estableciendo con esto, la explicación de cómo se liga la naturaleza y la cultura. Sin embargo, ¿Cómo situar, la posición de Lacan con respecto a la de Freud?
Para Freud, en el mito del padre de la horda primitiva, los hijos desean el objeto de deseo del padre (féminas) y en su búsqueda por acceder a ese deseo, dan muerte al padre (parricidio), pero después de cometer el crimen, lo que viene a inscribirse es la culpa, imposibilitando a los hijos acceder al objeto de deseo. De manera que, para Freud, la ley de prohibición del incesto es aquello que permite la conexión de la naturaleza con la cultura.
Mientras que para Lacan, tal conexión se localiza en la experiencia misma del estadio del espejo, pues señala que es la identificación de los hijos al padre, lo que propicia el parricidio, situando con esto, que más allá de desear acceder al objeto de deseo (féminas del padre), el individuo exige cierta imagen de sí mismo para identificarse o definirse en una experiencia primordial (la del espejo), anticipadora de su ingreso en el sistema de los intercambios, en el cual, se constituirá por fin como sujeto del lenguaje y más generalmente de los intercambios sociales (entre ellos, también los que responden a las estructuras elementales del parentesco) (Zafiropoulos;2002: 123).
De esta manera, la asunción de esa identificación originaria, pasa de lo imaginario a lo simbólico, o como se ha venido diciendo, establece la conexión entre la naturaleza y la cultura; no solo porque a través de la teorización de Lacan podemos pensar la imagen como formación originaria del superyó, sino porque además, esa imagen originaria nos conduce al padre; debido a que lo que estaba afuera se convierte en el adentro; es decir, lo que era el padre se convierte en el superyó.
Para Lacan, el padre constituye en primer lugar una de las figuras imaginarias más manifiestas del “yo ideal”, que más tarde asocia a la formaciónn del superyó mediante la introyección (Lacan, 1954; citado en Zafiropoulos; 2002:129).
De esta manera, el estadio del espejo constituye un momento originario de identificación porque se trata de la experiencia fundadora en la cual la imagen “yo ideal” del niño pasa por primera vez del exterior a su interior. La introyección primordial de esta imagen raíz es una condición necesaria para que el niño se reconozca como un individuo de la especie humana. De ese modo, funda su posición de ser social. Lo que implica que el hombre llega a lo social a través de cierta imagen de sí mismo, una imagen que es exterior a él, a la vez familiar y extraña (Zafiropoulos; 2002:130).
Así entonces, el estadio del espejo, se convierte en equivalente de la comida tótemica de Freud que desplaza la introyección originaria y sus apuestas del registro de la oralidad al de lo imaginario. Debido a que la introyección del padre originario que era devorado por los hijos (padre de la horda primitiva), ahora “entra por los ojos” (según Lacan).
De esta manera, la identificación prepara la acogida del padre del Edipo, debido a que, cuando el niño sale de la fase identificatoria del estadio del espejo, aún “sigue manteniendo una relación de indiferenciación cercana a la fusión con su madre” (Castoriadis, Aulagnier, otros; 1978: 96). Lo que significa que el niño trata de identificarse con lo que él supone que es el objeto de su deseo, adentrándonos así, al complejo de Edipo.
Lacan menciona que el niño al llegar al mundo se encuentra en una vivencia de satisfacción total, porque para el niño, la madre aparece en un primer momento como Otro. Que la madre ocupe el lugar de Otro, propicia que inscriba en su deseo al hijo como objeto de deseo. “No se trata en absoluto de un falo real que, como real, exista o no exista, sino de un falo simbólico que por su naturaleza se presenta en el intercambio como ausencia que funciona en cuanto tal” (1957: 154).
De esta manera, el hijo viene a ocupar el lugar de eso que completa el deseo de la madre (falo). Así entonces, la castración viene a poner énfasis en la ausencia, no en sentido literal, sino en aquello que posibilita algo. “A la madre le falta el falo, precisamente porque le falta, desea, y sólo puede estar satisfecha en la medida en que algo se lo proporciona” (Lacan; 1957: 193).
Lo que está en juego no es el hijo o la madre como personas, sino lo que el hijo representa para la madre y lo que la madre representa para el hijo; es decir, el deseo.
Sin embargo, el deseo de la madre debe quedar metaforizado por la ley del padre, para que la inscripción de la ley como prohibición del incesto opere, propiciando que el niño renuncie a ser el objeto de deseo que colma el deseo de la madre (falo imaginario) y la madre renuncie a colocar al hijo como objeto de su deseo; de esta forma, el hijo entra en el registro de la castración y deviene sujeto en falta ($).
“La falta es aquí el principal deseo, si admitimos que ésta es igualmente la característica del orden simbólico” (Lacan; 1957: 193). Por eso, a diferencia de Freud, Lacan aborda el tema de la perversión, no desde una cuestión genital, sino desde el complejo de castración (simbólico) y su relación con la dialéctica del deseo (ser o no ser el falo).
La madre tiene la clave, pero de una forma mucho más compleja que la implicada en la noción global y tosca de que es una madre provista de falo. Si resulta que el homosexual se ha identificado con ella, no es de ningún modo, pura y simplemente, en tanto que tenga o no tenga, sino porque está en posesión de las claves de la situación particular que prevalece a la salida del Edipo, donde lo que se juzga es saber cuál de los dos tiene a fin de cuentas el poder. No cualquier poder, sino muy precisamente el poder del amor (Lacan; 1958: 218).
Es curioso que Lacan mencione que lo que está en juego es el amor como poder, ya que, de acuerdo con el autor, sabemos que el amor es <<dar lo que no se tiene a quien no lo es>>, aforismo importante porque, si se dá lo que no se tiene, entonces se trata de algo que no se posee, pero a la vez, porque no se tiene, se dá a quien no es, lo que implica que el otro tampoco lo tiene.
Por lo que a través del amor se inscribe el engaño que encierra la dialéctica del “ser o tener el falo”; sin embargo, como acabamos de señalarlo, nadie lo es ni lo tiene, pero su articulación con el deseo hace que dicha dialéctica se ponga en juego. No obstante, tal situación hace inscribir a la ley como una impostura, porque la ley del padre castra a la mujer para demostrar que no lo tiene, pero a la vez, el aforismo del amor <<dar lo que no se tiene>>, implica desde un inicio sostener que, <<no lo tiene y lo da sin tenerlo>>.
Así entonces la ley del padre inscribe dos momentos, el primero, tiene que ver con hacer que el deseo del niño sea colocado como eso que colma el deseo de la madre, para sostenerla como un Otro completo (momento de alienación-imaginario, niño=falo). Mientras que el segundo, implica la inscripción de lo simbólico, donde la ley propicia la separación del deseo de la madre del deseo del hijo; por lo tanto, el hijo renuncia a ser eso que colma el deseo de ella (falo imaginario), a condición de que la madre se reconozca castrada, es decir, en falta (momento de separación-simbólico-$). Sin embargo, en la perversión, el niño se rehúsa a renunciar a ser el objeto que colma el deseo de la madre, es decir, no renuncia a ser el falo imaginario de la madre.
Por lo tanto, la perversión es la estructura del sujeto para quien, la referencia a la castración, a saber, que la mujer se distinga por no tener el falo, está tapada, enmascarada, colmada, por la misteriosa operación del objeto a. La base y el principio de la estructura perversa consiste en dotar al Otro de algo que reemplace la falta (Lacan, 1969; p. 266-267).
De esta forma, el perverso reniega de la ley del padre a fin de preservar su renegación sobre la castración; es decir, reniega de esa ley, en tanto palabra del padre, pero no en tanto ley. Posicionándolo como garante de la ley, pero a la vez, como instrumento de goce del Otro. Debido a esto, el sujeto perverso se coloca como el objeto a en la relación con el Otro, es decir, siendo ese a que colma la falta del Otro, para que el Otro aparezca no castrado.
Lo que implica que en la perversión, más que la no renuncia del hijo a ser el falo imaginario de la madre, de lo que se trata es de una inadecuación en la función paterna, porque, si la renegación como mecanismo de la perversión opera como un modo de defensa del niño para no renunciar a su posición como falo imaginario, también es un intento de apuntalar la función paterna como un intento de indicarse a sí mismo el lugar de la ley para que se produzca la separación.
Elemento que nos demuestra el Marqués de Sade, quien busca por medio de su obra llevar al lector a la posibilidad del “todo” ya que a través de “ Los 120 días de Sodoma” describe de manera detallada un sinfín de prácticas sexuales que podrían considerarse inmorales por transgredir las buenas costumbres de la sociedad; sin embargo, lo perverso no se sitúa en la descripción de tales prácticas sino en poner de manifiesto la búsqueda la operación de la ley a través de la transgresión de la misma. De manera que el perverso no desea en función de la ley, es decir, no desea lo que está prohibido, más bien, busca que la ley cobre existencia. Lo cual nos conduce a situar al perverso como un garante de la ley.
Así entonces, la perversión guarda una relación particular con la ley; ya que, ahí donde el perverso transgrede la ley, en realidad a lo que apunta, es a poner límite al goce. Lo cual implica que solo a condición de la transgresión, la ley puede operar.
Elemento que establece una articulación con ese pasaje al que nos remite Lacan sobre el rechazo al parricidio originario (del cual nos habla Freud en Tótem y tabú) para dar cuenta que el pasaje de la naturaleza a la cultura; porque la primera imagen no es la del padre, es la de la madre.
En 1938, Lacan da cuenta que más que una nostalgia por el padre se trata de una nostalgia por la madre en los orígenes de la institucionalización subjetiva. Y esa nostalgia es mucho más crucial, nos dice Lacan, porque la separación con respecto al pecho nutricio de la que ella se deduce, vela la imago más oscura de un destete más antiguo, más penoso y de mayor amplitud vital, aquel que al nacer, separa al niño de la matriz. Por lo que, mientras en el corpus freudiano el fundamento del lazo social se nimba de una nostalgia mitológica por el padre originario, Lacan propone la nostalgia por la madre (Zafiropoulos; 2002:32).
Puntualización que da un giro importante y que de alguna manera Lacan sostiene en el abordaje de la perversión, ya que es la madre y no el padre quien hace perpetuar la ley; pues es la madre quien sabe de la ley de prohibición del incesto; por ello podríamos pensar que el goce es aquello que se vuelve necesario para que la ley se inscriba.
Lo que implica que la función materna como operación de goce funcione en el lugar del deseo para hacer surgir la ley como forma de prohibición (castigo) por gozar del otro (hijo). En otras palabras, la madre como verdugo (situada en el lugar de objeto) encarna la voluntad de goce porque solo así, la ley puede operar como prohibición. Esto debido a que la función materna opera como instrumento de goce, en tanto solo ella, es quien puede dar lugar en su discurso al padre, para que opere como la ley que viene a inscribir la división en el otro (hijo) y así devenir sujeto dividido ($). Por lo que el perverso se identifica con el objeto que causa el deseo y el Goce; es decir, se identifica imaginariamente con la ley. Ella es la ley del deseo, lo cual equivale al goce. Puntualización que permite dar cuenta de que, como señala Fink: “el perverso ha pasado por la alienación -porque el Nombre del padre se ha incrito- pero no ha pasado por la separación, ya que queda identificado al objeto de deseo imaginario de la madre” (2007: 217).
El perverso se coloca entonces como siendo eso que le falta a la madre, de manera que, siendo aquel que completa a la madre, el perverso busca completar al Otro de la ley. Lo cual es importante, porque si consideramos la puntualización que nos brinda Lacan sobre el estadio del espejo como aquello que conduce al pasaje de la naturaleza a la cultura, los hijos de la horda primitiva no se identifican con el padre, sino que se identifican con el objeto que se ha perdido, es decir, con las féminas en tanto objeto a. Debido a que, como señala Fink: “un objeto se convierte en objeto a en el momento mismo en que existe la amenaza de perderlo”( 2007: 235); ¿No es acaso esto lo que hace el perverso ante la amenaza de castración? Es decir, se identifica al objeto (falo imaginario de la madre) ante la amenaza de perderlo.
Por ello, no podemos pensar en aislado lo imaginario y la ley, ya que, como señala Fink: “el objeto a adviene debido a la ley -o deseo o voluntad del Otro que toma el lugar de la ley- que se aplica a él (2007:235).
De esta manera, la madre en la escena edípica se coloca del lado del goce pero a la vez tal posición es necesaria para que la ley (la cual debe enunciar) opere como prohibición. Pues como señala Fink: “la voluntad de goce del perverso encuentra su límite en una ley hecha por él mismo- una ley que él hace que el Otro imponga, estipule, instaure” (2007:237).
Así entonces, la perversión pone de manifiesto el triunfo de la función materna (identificada con la ley) bajo la mujer-verdugo sobre la función paterna (expulsado del orden simbólico).
Referencias
Castoriadis – Aulagnier, P.; Clavreul, J.; Valabrega, J. P. y otros. (1978). La perversión. (1a ed.). Buenos Aires, Trieb.
Fink, B. (2007). Introducción clínica al psicoanálisis lacaniano. Barcelona: Gedisa.
Lacan, J. (1957). La identificación con el falo. En: Seminario 4. La relación de objeto. Buenos Aires, Paidós, 2013.
Lacan, J. (1957). El falo y la madre insaciable. En: Seminario 4. La relación de objeto. Buenos Aires, Paidós, 2013.
Lacan, J. (1958). Los tres tiempos del Edipo. En: Seminario 5. Las formaciones del inconsciente. Buenos Aires, Paidós, 2013.
Lacan, J. (1969). Clínica de la perversión. En: Seminario 16. De un Otro al otro. Buenos Aires, Paidós, 2013.
Zafiropoulos, M. (2002). Lacan y las ciencias sociales. La declinación del padre (1938-1953). Buenos Aires, Nueva Visión.
Estancia de Estudios de Pregrado en Psicología en la Universidad Cooperativa de Colombia, sede Bogotá. Licenciatura en Psicología por la FES-Iztacala UNAM. Especialidad y Maestría en Psicoanálisis por Dimensión psicoanalítica. Doctorando en Saberes sobre subjetividad y violencia. Docente en la Carrera de Psicología de la FES-Iztacala UNAM, adscrita al Ámbito Clínico, Tradición Psicoanálisis y Teoría Social. Miembro del Foro del Campo Lacaniano de México (FCLM). Práctica el psicoanálisis en la Ciudad de México.