El lugar de lo otro: un acercamiento a la pulsión de muerte

Navigare necesse est, vivire non necesse

Hansa, citado por Freud

Hay que hablar de las herejías de las brujas y no de los brujos, porque éstos cuentan poco.

Sprenger

  1. Un concepto límite

Es difícil estar despierto y teorizar metapsicológicamente. Hay una coherencia pero sólo en las profundidades, donde las corrientes fluyen de modos aparentemente azarosos y confluyen en lugares siempre móviles. Para quien se encuentra en la vigilia y está consciente, esto no significará nada; inclusive habrá quien estando despiertos y considerando los sueños, privilegien la certeza de las representaciones y la correspondencia que tienen con la vida real. “¿Qué es la vida real? ¿Los hechos? No, la vida real sólo se alcanza por lo que hay de sueño en la vida real”[i]. Parece que existe un esfuerzo de desalojo o suplantación para convivir alejados del lugar del otro, o para decirlo con un poco más de precisión, si puede ser el caso, en el lugar de lo otro[ii]. Ese lugar del otro no pertenece a nadie, ni hay un él, ni un tú, ni un nosotros, sino que se abre en un espacio imposible de encuentro en el que nada puede garantizar sus límites. Hablar, escribir de conceptos límites implica situarse en los límites mismos del lenguaje y, con ello, a la estructuración del sujeto del inconsciente.

El concepto límite vincula aporéticamente la relación del lenguaje con el cuerpo en una operación civilizadora que gobierna en nuevos territorios. A decir de Pereña, “la realidad psíquica no es una al estar subvertida por un real interno […] que la realidad psíquica no puede subsumir”[iii]. Freud llama a eso real, pulsión. Ese concepto límite entre lo somático y lo psíquico busca establecer no una bisagra, ni tampoco un vínculo, sino una escisión de la razón operada por la sexualidad sin finalidades ni sentidos predeterminados. Ya en el mismo concepto límite se marca la escisión, el corte, no como oposición lógica en sus distintas formas, ni tampoco en su dificultad semántica, sino en la afirmación de una vida trastornada por el lenguaje mismo, pero cuyo trastorno no la anula.

En el esfuerzo de esclarecimiento, Freud llama a esa escisión pulsiones de autoconservación o pulsiones del Yo y/o de reproducción o pulsiones sexuales. Después, para el mismo Freud esa escisión pulsional serán Eros y Thanatos, pulsión de vida y pulsión de muerte. Sin embargo, la primer nominación freudiana autoconcervación (Yo) y reproducción (sexualidad), anuncia el problema de lo real como esa mortífera separación entre vida y sexualidad. Por eso se puede considerar que la pulsión de muerte es el impulso que quiebra el mismo ciclo vital, la escisión que siempre da el dinamismo pulsional hacia lo mortífero. Por ello, la pulsión de muerte es un nombre de lo real, donde éste sería “esa presencia desnuda, desarropada, […] no encubierta ni siquiera por la trama de la agresividad. Esa presencia des-encadenada, des-intrincada, aparece en la siniestra, absurda y desvitalizada positividad como destitución mortífera del sujeto”[iv]. Parece obvio considerar que la pulsión de muerte empuja la vida hacia su destrucción, siendo así la agresividad la manera paradójica y ambivalente de relacionarse. Sin embargo, la última pregunta realizada por Freud en “De Guerra y muerte. Temas de actualidad” establece una subversión al interrogar si “¿no sería mejor dejar a la muerte, en la realidad y en nuestros pensamientos, el lugar que por derecho le corresponde, y sacar a relucir un poco más nuestra actitud inconsciente hacia ella, que hasta el presente hemos sofocado con tanto cuidado? No parece esto una gran conquista; más bien sería un retroceso en muchos aspectos, una regresión […] Recordemos el viejo apotegma: si vis pacem, para bellum: si quieres conservar la paz, ármate para la guerra. Sería tiempo de modificarlo: si vis vitam, para mortem: si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte”[v]. No sólo es una vuelta de tuerca, ni tampoco es una revolución, sino es la manera en la cual Freud presenta el reverso de la vida y de la muerte, no desde la perspectiva estoica, cuya vida se orienta como una preparación para la muerte, ni tampoco en una mirada ingenua del aprender a morir para saber vivir, sino esa “especie de locura que la muerte comete”[vi], esa intrincación pulsional de vida-muerte o de muerte-vida donde el guion lo pone la muerte en la constante de la repetición. Retorno imposible de recomponer, esa escisión imposible de suturar. Tal vez sea la falta en ser, eso que fue y no puede regresar a ser, a pesar de la insistencia y de empecinamiento del hombre en la ignorancia de su condición. “Esa ignorancia, ese desconocimiento de lo real, de la pulsión de muerte, ha conducido, como sabemos, a lo peor, a culpar a la cultura de la maldad del hombre, a pretender una proporcionalidad entre maldad institucional y bondad del hombre”[vii].

El esfuerzo por domeñar la pulsión, la tarea de dar lugar a lo imposible, de que la vida haga lugar en la muerte, de que la muerte sea el trágico acicate que se integre en la tensión de una nueva experiencia, sea la imposible realidad que devenga mezclada de formas múltiples y con lugares variables, en una compulsión a la repetición y de destino, a la necesidad de castigo, al superyó y el masoquismo moral como enigma del placer por recibir dolor. Esa terrible situación cuando el placer y el dolor se conjugan  y dejan de ser síntomas para convertirse en metas de la pulsión. En este sentido, la compulsión a la repetición es más originaria  que el principio de placer, pues se trata de una repetición no deliberada que impone la idea de lo fatal. Eterno retorno de lo igual como aquello más íntimo de la pulsión. Esa repetición pulsional es la única referencia perdida y se establece como modelo de experiencia de vida que se ha de encontrar en el futuro, pues ella misma establece la diferencia y esa es la tarea sin brújula y sin garantía, que requiere de la intervención de la bruja, la bruja metapsicológica, por desgracia, las informaciones de la bruja tampoco son esta vez ni muy claras ni muy explícitas. Sin embargo, las disquisiciones de las brujas cuentan mucho y en la trama pulsional cuentan mucho más de lo que se dice. Es la clínica la que condujo a Freud y al psicoanálisis a preguntarse por las pulsiones, no una precomprensión teórica de una instancia que explique desde los esfuerzos reflexivos de cualquier índole, sean filosóficos o teológicos, literarios o poéticos. Pues la teoría oculta, nos oculta, en la difícil inquietud por decir aquello que se escapa como un resto, como sangre, como sudor, como lágrima. Ese resto fuera de toda plenitud; como si fuesen arrojados al margen esos pesos del cuerpo en un más allá habitado por sombras, por pedazos de cuerpo sin nombre, que en su propia dinámica se incrementan y apaciguan. “No existe ninguna vía de acceso inmediato a ese continente siempre desconocido, por más que se le designe como ‘primero’; debe ser descubierto siempre en la imbricación del cuerpo y de las palabras”[viii]. El campo de las pulsiones es donde se libra la batalla entre las palabras y el cuerpo del sujeto. En esa experiencia de lo indecible, se encuentra la experiencia de lo extraño. Esa inquietante extrañeza, a decir de Freud, ligada a las cosas cotidianas encarnadas en un desatino existencial. Ese intercambio ambiguo entre el cuerpo y la palabra llevan los anhelos de muerte en secreto, esa muerte que hace vivir y que, en secreto, se mantiene vigente.

La singularidad radical ante la cual la teorización abstracta y abyecta de la ciencia subsume, en un formalismo obtuso, la tremenda particularidad de la experiencia. Somos límite, frontera porosa, y en ella no es el recuerdo ni es un límite de sentido, es un concepto que bordea lo somático y lo psíquico. Límite tenso que orada lo interno y lo externo y transforma al sujeto que habla en un ser extraviado de la naturaleza. La clínica trabaja el saber de un ciframiento singular del sujeto viviente en una situación conflictiva, motor y ruina del hombre, intrincación pulsional que empuja a una pluralidad, a un desplazamiento libidinal, a una diversidad, pero también a una pluralidad conflictiva. “A las brujas se las encuentra, necesariamente, en lugares siniestros, aislados, malditos, entre ruinas y escombros. ¿Dónde habían de vivir, si no en las landas salvajes las infortunadas, de tal forma perseguidas, malditas, proscritas? La novia del Diablo, la envenenadora que curaba, hizo mucho bien según Paracelso, el gran médico del Renacimiento. Cuando este quemó toda la medicina en Basilea, en 1527, afirmó no saber más que lo que le habían enseñado las brujas”[ix]. Si la teoría conduce al ser humano al orden y le proporciona el inventario de las palabras, de los significados y de sus causas, la experiencia misma del cuerpo y su dolor se enganchan en aquello que no puede ser alcanzado en un vuelo, sino con la huella del pie que es arrastrado al caminar.

  • Un bello jardín es el infierno

            En la parte final del cuento “Amor” de Clarice Lispector escribe: “en un gesto que no era de él, pero que le pareció natural, tomó la mano de la mujer, llevándola consigo sin mirar para atrás, alejándola  del peligro de vivir. Había terminado el vértigo de la bondad. Había atravesado el amor y su infierno; ahora peinábase delante del espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día”. Es un texto bello, cuyos gestos naturales y cadenciosos le ofrecen un espacio tranquilo y pacífico donde el riesgo es atenuado por la bondad de la caricia, del acompañamiento tranquilo, de la paz que ofrece la bondad y el amor cortés que encarnan la vida gentil digna de ser vivida. Esa caricia que viene de la protección del otro y que despierta lo otro, una pasión del odio, donde el desamparo dibuja los trazos de la violencia, odio y la agresividad que no soporta que el otro viva, sin uno. Toda la fuerza pulsional se dirige a investir al propio sujeto para diseñarle una omnipotencia patética, narcisismo en la terminología freudiana[x]. Sí, la gentileza cubre y recubre el odio, así como la civilización tiene sus cimientos en la violencia, la alegría de la vida se encuentra ceñida a la pulsión mortal, y en el mudo silencio de su acción complace toda su potencia, denegándola.

Terminado el vértigo de la bondad se encuentra el infierno del amor. Es difícil aceptar esto. Que las buenas intenciones, los valores, las actitudes gentiles, la tranquila amistad, la sonrisa cordial, y las buenas costumbres sedimentan la más hostil agresividad. “Yo te amo”, parece la denegación cortés de un “yo tu amo”. El amo que tiene derecho de vida y muerte, que determina la excepción y que está fuera de toda ley, pues Él es la Ley. Pareciera entonces, dice Pereña, “que la agresividad se satisface siempre o que es el modo primordial de la pulsión de muerte al encontrar ese particular y astuto modo de satisfacción al reunir lo aparentemente más contrapuesto, el redentorismo más altruista (sea comunitario o religioso) como fuente de satisfacción, con la intolerancia, expulsión o exterminio del enemigo. […] Siempre que encuentre un modo de vincularse sin renunciar a la satisfacción de la agresividad, el sujeto tenderá a adherirse a él. Freud lo llama ‘narcisismo de las pequeñas diferencias’”[xi]. El odio exterminador del mundo en el corazón humano se encuentra en la temida inocencia de quien odia de forma legítima. Mientras, la muerte avanza, callada y silente.

En algunas pinturas sobre el purgatorio las llamas queman los cuerpos, los purifican, mientras los rostros expresan piedad y arrepentimiento. Entre montañas y rocas, las pequeñas planicies se llenan de cuerpos atormentados, rodeados por el crisol del fuego, la piedad y el remordimiento se reflejan en un rostro colmado de un amor que está por validarse. El relieve de las pinturas muestra los cuerpos afligidos y abatidos, su constricción tensa el cuerpo, hace que las manos se junten para pedir compasión. No hay mundo, no hay otros, no hay tiempo que redima el fuego merecido por la culpa, sino sólo la misericordia de Aquel que se encuentra ausente. La espera de la bondad redentora se refleja en la mirada de los pecadores arrepentidos; no hay odio ni rabia, se niegan en la impotencia de un cuerpo dependiente. Y sin embargo, el odio y la rabia vuelven transformadas en culpa al dirigir la agresividad contra sí mismo, por medio del superyó, según la teoría freudiana. La severidad del superyó se muestra como sentimiento de culpa y necesidad de castigo. ¡“Ea, pues abogada nuestra, vuelve a nosotros esos tus ojos misericordiosos”!; esa culpabilidad denegadora del odio, de la rabia de un cuerpo abandonado, se satisface pulsionalmente con la exigencia de castigo de suerte que la culpabilidad, por la oferta de satisfacción, carece de responsabilidad ante la propia vida.  No hay responsabilidad ante la vida sino mera y compleja culpabilidad que muestra la forma en la que un sujeto se entretiene alegremente para no hacerse cargo del hecho de vivir, del acto y de sus consecuencias y, más en concreto, para no saber lo que esa culpa implica: la destrucción violenta del otro, culpa que destruye en su bondad pues “busca un tipo de unificación narcisista por medio de la muerte, la desintegración o el odio”[xii].

El ser humano se desconcierta ante la presencia del sujeto del inconsciente. No es fácil dar lugar a lo que perturba. Por el contrario, el esfuerzo por domeñar la violencia y el odio, subvertido y denegado en la religión y la ciencia, se vuelve la tarea con herramientas frágiles y escurridizas como el saber de la bruja. Saber que no se sabe o no se quiere saber. Pues la astucia de la agresividad, el superyó encuentra sus vías de satisfacción ejerciendo crueldad sobre el yo. Parece que a mayor gentileza y moralidad, a mayor altura de los ideales y pureza de sentimientos, mayor crueldad, mayor severidad, mayor culpa. La imagen sadomasoquista se encripta en los más recónditos espacios, en aquellas instancias inaccesibles de forma constante. No hay manera continua por la cual se acceda al núcleo asesino. Parece que se encuentra resguardado por centinelas nerviosos y sumamente astutos que detectan cualquier movimiento. Un sistema sofisticado de vigilancia se encuentra comandado por un Amo mutante cuyas transformaciones se adaptan a cualquier esfuerzo de resistencia. Las resistencias son fieles aliadas del sistema sadomasoquista. Denegadoras especializadas que se actualizan constantemente. Parece que nada se puede hacer. Que las batallas están destinadas al fracaso, y el fracaso siempre acontece, siempre ocurre. Es la única constante y es desalentadora.

  • ¿Tiene usted la contraseña?

            En las primeras páginas de la novela de Umberto Eco, El Péndulo de Foucault, se presenta una escena donde el protagonista de la historia se instala frente a la computadora de Belbo para buscar una información. El sistema de seguridad de la máquina le hace una pregunta: “¿tiene usted la palabra clave?”. Por ser un investigador el personaje comienza a indagar con toda la potencia de su pensamiento en las distintas alternativas que Belbo, dueño de la computadora, pudo pensar para resguardar al sistema. Así, para acceder pensó lo obvio y lo obtuso, lo inteligente y lo más estúpido, escribió palabras que se relacionaban con el trabajo, pulsó nombres de diversos misterios, de rituales árabes, judíos y cristianos; también escribió nombres de posiciones sexuales, de grandes científicos y artistas. Consideró los nombres de los procesos mentales y emocionales, los de habitantes de la tierra, del aire y del mar. En fin, la variedad de respuestas fue desgastante y la pregunta por la palabra clave, seguía apareciendo. Cansado no sólo por el desgaste físico, sino también por el tiempo invertido, siguió inventando posibles palabras transformadas en respuestas para acceder al sistema operativo de Abulafia, nombre de la computadora. Y nada. “Entonces, por odio a Abulafia, a la enésima obstinada pregunta (“¿tienes la palabra clave?”) Respondí: “no”, la pantalla empezó a cubrirse de palabras, de líneas, de índices, de una catarata de discursos. Había violado el secreto de Abulafia”[xiii].

La experiencia clínica me ha mostrado que no hay psicoanálisis sin incertidumbres. Uno busca la palabra clave con toda la fuerza del pensamiento, de las emociones, se vuelve dócil de quien escucha, y ¿quién escucha?, reconstruye historiográficamente la experiencia de vida, ¿debida?, se enoja, llora, se desespera, y la misma pregunta sigue apareciendo. El desgaste es enorme, tanto para hablar como para escuchar. No sólo el lugar del analizante es angustiante, sino también ¿el lugar del analista? O la angustia misma del analizante ¿es la angustia del analista? [xiv] Sí, la angustia es la que moviliza al sujeto del inconsciente.

Las culpas, los miedos, el odio en la experiencia misma, provocan sufrimientos indecibles que desorientan al sujeto. La angustia se convierte así, no sólo en expresión del desamparo real del sujeto, sino en una posibilidad del sujeto si es que consigue distinguir la angustia del desamparo con la amenaza del Otro[xv]. Esto no es un acto racional, ni tampoco volitivo ni emotivo, parece presentarse como un acto sin garantía en el que se apropia la división fundamental en la que se ubica el sujeto según su síntoma. Pereña escribe que “un hombre es la soledad de su fantasma, soledad a la vez disimulada por el fantasma”, y aduce que Schreber, a consideración de Freud, “amaba su delirio más que a sí mismo”, mientras que “el neurótico cree que su fantasma es una pertenencia narcisista al mundo, no sabe que es una soledad. El neurótico se ama sobre todo a sí mismo en su fantasma. La trampa del fantasma con el amor es simple: te doy mi ser para así reclamártelo”[xvi].

“¿Tienes la palabra clave?” No hay respuesta universal sin el riesgo del sometimiento. Pero la hay de manera radicalmente individual, tremendamente personal, respuesta muda y silente, que no espera ni se descubre, sino que se produce en una suerte de movimiento de lugares e intensidades encriptadas y que desde la propia confusión pulsional se dice lo no idéntico en la gramática particular de la voz y el desvarío de su enunciado, de su silencio y sus ruidos que van escribiendo un texto codificado diferente y diferido del sujeto tímido y temido que se asoma. “El inconsciente es el texto cifrado de un sujeto, un sujeto del trauma, un sujeto marcado por la escisión del viviente”[xvii], anterior a la representación clara y distinta y a toda intencionalidad querida y pensada. Esa realidad histórica, experiencia en el tiempo destronado y en el espacio fracturado, de lo estrictamente traumático del sujeto en el que no hay recursos instintivos y discursivos para vivir y que se encuentra en la vida entre el espanto y la perplejidad, en una angustia ineludible, donde realiza su experiencia humana como infante perdido en el mundo del habla.

  • Sí, pero no la sé

            Ante el trauma del vivir y su violencia concomitante, las ilusiones soportan subjetivamente al sujeto entre las instituciones sociales. “El fortalecimiento de esta instancia del psiquismo es uno de los procesos culturales más valiosos, pues asegura una cierta normalidad cotidiana, en donde se inscribe el sujeto y permite la disminución de los mecanismos de coerción y represión externos”[xviii]. De esa manera, las distintas ilusiones culturales descargan el ímpetu pulsional y contienen su fuerza replegada en una agresividad hacia el sujeto que le provoca un malestar fundamental, inconsciente. La ilusión provoca una presión constante, genera una coacción irracional que toma por objeto no sólo al rival, al enemigo y al diferente, sino también la condición más íntima del ser humano, la realidad más desvalida que posee la condición humana. La ilusión posee un sentido que no está en condiciones de comprenderse sino desde el mismo sujeto que la padece. La ilusión atempera la violencia del trauma real y se consolida en la desmentira como elemento subjetivo dispuesto a manifestarse a partir de cualquier circunstancia favorable. Así, mientras que en la experiencia humana predomina el amor y la idealización, el odio por el mismo sujeto se reprimirá o se dirigirá hacia objetos alejados de sí mismo, aparentemente.

Por el trauma fundamental el desvarío pulsional se realiza, y el auxilio ofrece una ilusión de vivir, una oportunidad en el tiempo, revelador y mortífero, que consolida la mascarada, la mentira que se presenta como verdad intencional. Opacamiento del trauma, y la denegación de la escisión pulsional se enquista en las formas de relación que aseguran la dependencia con el Otro. No ver las pérdidas, no ver la confusión, evitar el desvarío de la escisión pulsional. Miedo y dolor de castración. Ese no querer saber de la castración o mantener la solidez del fantasma de la asistencia omnipotente ajena que ase al sujeto, lo va integrando desde una necesidad de cautiverio. “El Yo fuerte del obsesivo o la denegación histérica o también la denegación perversa son fórmulas con las que el sujeto queda desconectado del deseo, de la vida, para anularse en la Demanda intransitiva que pretende sustituir la contingencia por la necesidad. La queja el rencor, la reivindicación, el masoquismo, la inercia o el odio muestran el dominio de la pulsión de muerte que preside la escena sadomasoquista de la estructura neurótica”[xix]. Más adelante continúa, “en la psicosis el sujeto está aniquilado o, en todo caso, sobrevive al borde de ese aniquilamiento, a causa de lo imposible que se impone como única modalidad de ser. Así pues, el psicótico no ignora lo real, la pulsión de muerte, sino que la encarna”[xx].

“´No sé, no sé”, es un de las expresiones constantes en la clínica psicoanalítica. Parece que  expresa la dificultad de integrar la experiencia de vida con la sintonía yoica. Pues, “no se da la continuidad de la existencia sin que determinadas experiencias se incorporen a la historicidad del yo como recuerdos encubridores, es decir, como un modo de contarse una historia personal, no enteramente fragmentada”[xxi]. La necesidad de poner orden en la vida tiene como consecuencia la obturación del acontecimiento traumático, es mejor vivir esta vida lo mejor posible y para garantizarlo, las representaciones  hacen el trabajo de ofrecer la promesa de continuidad, finalidad y congruencia y adecuación entre El Hombre, La Naturaleza y La Historia. Esto supone la presencia de la represión como condición de esa capacidad para denegar, pues se requiere de la actividad inconsciente para dar lugar a que lo consciente ponga en otro lugar a aquello que lo perturba. Tanto es así que la inscripción de huellas mnémicas permite el proceso de formación del yo que implica, a su vez, una deformación del acontecimiento traumático, de desvarío pulsional, para convertirlo en una continuidad histórica, en una bella obra de arte armoniosa consigo mismo, en el mundo y con los demás.

¿Cómo dar lugar a lo que espanta? ¿Dónde encontrar un espacio de soledad y de distancia sin queja? ¿Cómo dar lugar a lo otro que no cabe en la experiencia cotidiana? ¿Cómo realizar una apertura a lo desconocido? ¿Qué condiciones se requiere para que la silente pulsión encause sus bríos? ¿Será posible ponerle diques al mar sin el riesgo de morir?

El poeta Hölderlin, cuando escribe Hiperión presenta la idealización del amor a través de Diótima, quien pone la posibilidad de experimentar el placer de la belleza en la aplicación de una máxima tremenda: “cercano está el Dios, pero difícil es captarlo; y donde crece el peligro, crece también lo que nos salva”. De lo peor de la experiencia humana, de la catástrofe de la propia vida, deviene la posibilidad de acontecer como sujeto, de que acontezca el sujeto del trauma. Ese acaecer es una manera de fundarse. Sólo es una posibilidad. Una terrible posibilidad que se abre ante el congelamiento que se realiza por los resquicios de la duda o por la angustia de la misma división, sea por la vacilación de la impotencia o por las exigencias mismas de la experiencia de vida. “El sujeto no tiene posibilidad de existencia sino por la misma catástrofe, por esa invasión de lo real, terror que puede hacer surgir un grito, una grieta entonces entre verdad y real, una posibilidad de que el sujeto pueda acontecer como punto de conexión entre vida y lenguaje”[xxii].

  • El inconsciente como lugar de lo otro

En el principio era el verbo, y el verbo hizo al hombre. El desatino instintivo deviene en un desvarío pulsional. El verbo entendido como lenguaje, es la presencia del otro en el propio cuerpo y parece necesario abrir la posibilidad de dar a esa presencia del otro en el cuerpo, cuando menos para “ser un poco más feliz y un poco más libre”. La pulsión es constante y esa constancia es un trastorno imparable y destructivo sin el trabajo del inconsciente, sin espacio íntimo de soledad y sin el límite del deseo. Pereña considera con lucidez que “el sujeto del inconsciente no es un añadido o un adorno espiritual de la pulsión”, sino que “la alteración pulsional es el espacio de la subjetividad, el espacio donde se configuran las determinaciones sintomáticas”[xxiii].

El cansado parloteo de la queja engaña y disimula al sujeto del síntoma que se presenta ante la pregunta por sus afectos[xxiv]; cuando no hay pregunta se mantiene el fantasma del simulacro de una identidad estática cuya certeza sólo puede provenir del sometimiento. En tanto la queja no estalle, la angustia del acaecimiento de la subjetividad no se podrá realizar. El simulacro seguirá vigente y las relaciones fantasmales serán la certeza de continuidad, progreso y adecuación intencional de la existencia. La pugna entre la angustia y las representaciones son apenas audibles, tímidas desobturaciones de un cuerpo entumecido, pero que permiten abreaccionar un proceso de formulación de una demanda inconsciente, como un modo particular de mostrar y sentir al otro, como una posibilidad de separación consistente respecto de las exigencias del Otro. Esa demanda se encuentra en cada palabra enunciada por el sujeto particular que habla. Surge como significante del síntoma. Así, la demanda es actividad de inscripción y reinscripción que no se detiene por el impulso mismo del inconsciente, esa demanda posiciona al sujeto ante su alteración pulsional y su angustia traumática, para la realización de un posible proceso de transformación de las afecciones y modos de tratar los afectos, así como la discriminación entre ellos con la posibilidad de que el dominio de lo persecutorio, del miedo al abandono o de la desvitalización no sean la única opción. Pues “quien se rija únicamente por el aseguramiento del otro, por su control persecutorio, ha tomado la decisión inconsciente de no querer saber, de denegar, de disociar o de organizar dañinos sistemas persecutorios como única tarea de la vida”[xxv].

Si la relación entre pulsión e inconsciente es particular, particular también será la posición subjetiva ante la cual se pase de la queja a la demanda que puede permitir la construcción de afectos y abrir la actividad inconsciente, así como la posibilidad de vivir en medio de la efímera temporalidad. Es el lugar del otro, de lo otro, esa instancia del inconsciente donde la angustia no constituyen un proceso lineal pasivo, sino movimientos de desentumecimiento experiencial. El esfuerzo clínico, su gasto, el trabajo elaboración y memoria tienen que ver con la recuperación de la vida congelada, de enlaces rotos y de vínculos cancelados. “Cuando hay sujeto de la experiencia, se puede hablar de sujeto del síntoma, pues el sujeto forma parte de esa experiencia cuya particularidad es lo sintomático. No confunde su experiencia con el mandato del otro”[xxvi]. En muchas ocasiones, la terapéutica, tanto como las recomendaciones de la sabiduría popular y de las religiones, orienta al sujeto a la aceptación del daño, de la pérdida para liquidar su dependencia. Sin embargo, no consideran que el modo en que se posiciona la persona ante el daño, es la manera de desobturar al sujeto mismo del inconsciente, pues si la aceptación del daño implica soportarlo desde representaciones probadas, desde promesas lanzadas a un tiempo que nunca llega, por lo que el sujeto del inconsciente se cancela por el fantasma del Otro que orienta, dirige y atempera el malestar a través de causalidades ignotas, de finalidades nunca llegadas. Por el contrario, si se soporta el daño pero no se acepta, en el sentido fantasmal del término, introduce una distancia subjetiva que permite la elección del sujeto y, de esa manera, el sujeto posibilita una elección de vivir.

La vida está rodeada por la muerte, y el esfuerzo por vivir hace un espacio entre la muerte. La vida de los asideros colectivos se encuentra rodeada por incertidumbres.  La dependencia  a las formas de incorporación y reconocimiento social es una forma de renegación de la soledad del síntoma, la denegación del desvarío pulsional se muestra en las certezas dadas por las representaciones individuales y colectivas que rechazan el trastorno pulsional en el que el sujeto del inconsciente se encuentra. Apostar por el lugar del otro, de lo otro, de esa actividad trastocadora del orden convencional e intencional, es apostar por la soledad donde se hace imposible la elección, la posibilidad de otro tipo de vínculos que no estén caracterizados por el daño y la deuda, por el miedo al abandono y la deuda. La soledad que se presenta como la débil fuerza con la que se soporta lo que no se puede remediar, lo que no se puede transformar por ninguna vía. Ese pasado perdido e insustituible. Eso no equivale al estoicismo indolente de moralidades premodernas o postmodernas, sino a la actividad misma que se inscribe en el lugar del otro, de lo otro, en ese vacío de la pulsión o de la falta como deseo, o al menos como creación, para que esa escisión pulsional no se oriente únicamente a la destrucción de la vida para encontrar su voracidad destructiva o su desvitalización radical una unidad inscaciable, fracasada o muerta. Es en la soledad donde el otro que sigo siendo, se escande para imprimir e impregnar el límite interno de la palabra y del amor.

BIBLIOGRAFÍA

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[i] LISPECTOR, Clarice, Un soplo de vida, Siruela, 2011, p. 73.

[ii] FREUD, Sigmund, “Lo ominoso”, en Obras Completas, T. XVII, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 2006, p. 248.

[iii] PEREÑA, Francisco, La pulsión y la culpa: para una clínica del vínculo social, Síntesis, Madrid, 2010, p. 26.

[iv] Ibid., p. 27.

[v] FREUD, Sigmund, “De guerra y muerte. Temas de actualidad” (1915), en Obras Completas, T. XIV, Buenos aires, 2006, p. 301.

[vi] LISPECTOR, Clarice, op. cit., p.13.

[vii] PEREÑA, Francisco, La pulsión y la culpa…, op. cit., p. 28.

[viii] LECLAIRE, Serge, Matan a un niño: ensayo sobre el narcisismo primario y la pulsión de muerte, Amorrortu, Buenos Aires, 2009, p. 88.

[ix] MICHELET, Jules, La bruja: un estudio de las supersticiones en la edad media, Akal, España, 2009, pp. 31-32.

[x] El narcisismo no resuelve la escisión pulsional. La libido erótica no camina por su raíl, no está programada, sino que va imbricada  y atenazada por esa otra tendencia o impulso […] a la muerte y a la destrucción, siendo la agresividad la manifestación visible de la silenciosa pulsión de muerte o, dicho de otro modo, una forma de intrincación pulsional regida por el odio a la civilización…”. Cfr. PEREÑA, Francisco, La pulsión y la culpa…, op. cit., p. 59.

[xi] Ibid., p. 60.

[xii] Ibid., p. 61.

[xiii] ECO, Umberto, El péndulo de Foucault, Lúmen,1989, s. d., p. 26.

[xiv] Si la angustia se presenta, tanto en el analizante como en el analista, se ha de prestar atención que la angustia del analista sea motivada por la transferencia que ocurre en el dispositivo analítico. Las perturbaciones propias del analista son domeñadas por el trabajo de análisis que éste ha realizado y realiza, para abrir el campo de posibilidad al proceso de elaboración y memoria que el analizante puede realizar. Cfr. ROUSTANG, François, A quien el análisis atrapa… ya no lo suelta, Siglo XXI, México, 1980, p. 130.

[xv] Cfr. PEREÑA, Francisco, La pulsión y la culpa…, op. cit., p. 62.

[xvi] Ibid., p. 76.

[xvii] Ibid., p. 84.

[xviii] VILLAMIL URIARTE, Raúl, et al., “Aportaciones de la obra social de Freud al estudio de la violencia” en Tramas, # 23, UAM-X, México, 2004, p. 153.

[xix] Cfr. PEREÑA, Francisco, La pulsión y la culpa…, op. cit., p. 30.

[xx] Ibid., p. 31.

[xxi] Ibid, De la angustia al afecto: un recorrido clínico, Síntesis, Madrid, 2013, p. 64.

[xxii]Ibid., La pulsión y la culpa…, op. cit., p. 31.

[xxiii] Ibid., De la angustia al afecto: un recorrido clínico, op. cit., p. 78.

[xxiv] Cuando se hace referencia al sujeto del inconsciente se enuncia al sujeto de la pulsión, en este sentido, el sujeto se muestra como sujeto del síntoma, ya que éste es el modo particular de la construcción de los afectos y del específico desvarío pulsional.

[xxv] PEREÑA, Francisco, De la angustia al afecto: un recorrido clínico, op. cit., p. 81.

[xxvi] Ibid., p. 82.