El título de mi comentario para el día de hoy alude a una experiencia que se ha vuelto moneda corriente en la actualidad. Se trata de la impresión que experimentamos de haber sido escuchados por nuestro teléfono móvil cuando un anuncio nos muestra, ya sea mientras navegamos por internet o divagamos en redes sociales, una oferta por algún producto sobre el cual anteriormente hemos expresado de manera verbal nuestra intención por adquirir. En este caso, se trata de un espionaje manifiesto, aunque desconocemos su funcionamiento real. Sin embargo, también ocurre que nos topemos con un anuncio inclusive antes de haber dicho querer comprar algo y quizá antes de haberlo formulado con claridad en nuestro pensamiento, como si el algoritmo anticipara nuestra voluntad y fuera capaz de dar una forma concreta a aquello que deseábamos sin saberlo, además de emparejarlo con un precio determinado. En este caso, la experiencia provoca un breve terror, configura una atmósfera ominosa, conforme a la connotación que Freud otorga a dicho término en su artículo de 1919. Este matiz nos permite entrever cómo se formula nuestra relación con la lógica de consumo en términos libidinales y destacar su costado estético. Cabe adelantar una hipótesis: subyacente a la inercia de la proliferación de anuncios, en mayor o menor medida proporcional a la compulsión por consumir, operan poderosas fuerzas pulsionales tradicionalmente caracterizadas como arcaicas.
El componente ominoso de esta situación se incluye ya en la frase mi teléfono me escucha, donde el agente es un objeto inanimado, lo cual provoca que se difumine momentáneamente la frontera entre fantasía y realidad. (Freud, 2009: 244). Se trata del retorno de la perspectiva infantil del narcisismo primario, donde predomina el animismo y la vida que cobran los objetos corresponde al deseo del niño. Así lo argumenta Freud:
“Siguiendo el paradigma del motivo del doble, resulta fácil apreciar las otras perturbaciones del yo utilizadas por Hoffmann. En ellas se trata de un retroceso a fases singulares de la historia de desarrollo del sentimiento yoico, de una regresión a épocas en que el yo no se había deslindado aun netamente del mundo exterior, ni del Otro. Creo que estos motivos contribuyen a la impresión de lo ominoso, si bien no resulta fácil aislar su participación.” (Freud, 2009: 244).
El motivo del doble resulta ser paradigmático conforme permite observar cómo su representación deviene ominosa solamente cuando retorna en un contexto donde ya se ha superado ese narcisismo inicial y se le añade un “nuevo contenido”. Una vez que en el interior del yo se ha formado la instancia correspondiente a la consciencia moral, la cual trata al resto del yo como un objeto, al doble se le atribuye “todo aquello que aparece ante la autocrítica como perteneciente al viejo narcisismo superado en la época primordial” (Freud, 2009: 235), así como todas las aspiraciones del yo que no pudieron realizarse, pero la fantasía no ha resignado. De este modo, Freud señala la participación del superyó en la producción de lo ominoso: bajo su nueva perspectiva lo que anteriormente era familiar ha devenido extraño.
En El yo y el ello Freud nombra al superyó como heredero del complejo de Edipo. (Freud, 2008: 37). Quizá entonces pueda suponerse que, en el pasaje del narcisismo inicial a la autoobservación del superyó, ha tenido lugar el complejo de castración, otra de las interpretaciones que Freud utiliza para explicar la extrañeza en la obra de Hoffmann. En su lectura de El hombre de arena, supone la amenaza por la pérdida de los ojos en manos del padre y ésta resulta ser el prototipo de representación de pérdida de otros órganos. (Freud, 2008, p. 233). El vínculo entre el complejo de castración y el de Edipo recae sobre el temor hacia el padre y este sentimiento guarda proximidad con lo ominoso cuando el retroceso hacia fases previas del yo, siguiendo esta línea argumentativa, podría interpretarse como una desmentida de la castración. La restitución momentánea del “viejo narcisismo” puede ilustrarse ampliando la frase: mi teléfono me escucha… sin necesidad de que yo hable.
Por cierto, que “desmentida de la castración” se ha vuelto una frase conocida a la hora de explicar la lógica inconsciente que subyace al consumismo y la relación con los gadgets. Por ejemplo, Braunstein, quien inspirado por el seminario El reverso del psicoanálisis de Lacan, los nombra “servomecanismos” cuya función es cumplir con la “aspiración fantasmática del sujeto negando su falta” … por un periodo breve (Braunstein, 2011: 167). En aquellos tiempos, el goce se vuelve un tema central en la exposición de Lacan y un año más tarde, al final de su seminario De un discurso que no fuera del semblante,lo vincula directamente con el superyó:
“¿Cuál es la prescripción del superyó? Ella se origina precisamente a partir de este padre original, más que mítico, este llamado como tal al goce puro, es decir, también, a la no-castración. En efecto, ¿qué dice este padre en el ocaso del edipo? Dice lo que dice el superyó. No por nada aún no lo abordé nunca verdaderamente. Lo que dice el superyó es – ¡Goza!” (Lacan, 2009: 164).
El superyó como imperativo de goce permite destacar cómo lo ominoso surge cuando un indicio, algo que debería permanecer en secreto, se muestra[i] (Freud, 2009: 224): cuando mi teléfono me escucha sin necesidad de que yo hable, se me descubre momentáneamente mi alienación a esa voz que me obliga sin tregua a sostener la ilusión de felicidad que dista apenas un clic de realizarse. Entonces soy yo quien es escuchado, tengo la impresión de haberlo sido, mientras la orden resuena en mí.
Pero, ¿cómo es posible que en el transcurso de lo que apenas es un sobresalto se me revele una elaboración tan compleja? En su ensayo sobre el terror, Theodor Reik se pregunta por la etiología de las neurosis traumáticas y concluye que se trata de la coincidencia de dos factores. Además de la incidencia de un suceso cuya intensidad sobrepasa la barrera contra-estímulo, como podría ser un accidente, ésta debe despertar una fantasía ya formada de manera previa en el inconsciente. De nuevo, se trata de una fantasía de castración, aunque Reik pone mayor énfasis en la expectativa de desgracia que confirma lo temido desde antaño. Esta expectativa, cuya represión trae como consecuencia el sentimiento de terror para el yo, se hace presente de manera inesperada, corroborando “la creencia en un poder misteriosamente punitivo.” (Reik, 2024: 45). Reik señala que se trata de una vuelta al animismo ya superado, donde el yo es destituido de su habitual ilusión de autonomía, una reacción anímica primitiva que nunca se supera por completo y corresponde a la atribución a “poderes superiores” lo experimentado. Continúa así:
“Pero otra similar también nos lleva a considerar inconscientemente como castigo todo aquello que experimentamos como amenazante y terrorífico proveniente de esa parte. Sabemos que luego hemos reconocido a las fuerzas naturales o el destino como nuestros amos, pero a ellos todavía subyace inconscientemente el padre o la madre, cuya voluntad intervino muy temprano en nuestras vidas.” (Reik, 2024: 46-47).
Con su búsqueda por ampliar las tesis freudianas, Reik ha introducido un matiz considerable. En El malestar en la cultura, Freud señala que los ideales se erigen en la cultura para la búsqueda de la felicidad y orientan la vida en función del principio de placer. Sin embargo, la vida misma impone circunstancias heterogéneas a sus objetivos: el desvalimiento infantil, cuya forma adulta será la angustia frente al “hiperpoder de destino”, despierta una añoranza infantil por el padre, la cual resulta ser el fundamento inconsciente de los sentimientos religiosos. (Freud, 2009: 72). Mientras Freud resalta el apego y añoranza por una figura parental protectora, Reik invierte la relación: el desamparo mismo consiste en estar sujeto a la voluntad del Otro… bajo cuyo poder se experimenta el paroxismo del horror. Esta diferencia aparenta una contradicción interna al texto de Reik. Por un lado, el superyó participa del shock avasallando al yo como una manifestación del poder de ese enigmático padre. Pero más tarde, explica cómo en las neurosis traumáticas la angustia se redobla “como si el yo detrás del peligro exterior sospechara el otro peligro…” (Reik, 2024: 55); se trata de la angustia del yo frente al superyó, la cual ahora consiste en el temor por su abandono y la pérdida de seguridad y amor: “Metafóricamente hablando – dice Reik – aunque a menudo también en sentido literal, nos arrancaron el suelo donde nos paramos y caemos, – por unos instantes – al vacío.” (Reik, 2024: 56-57).
En El yo y el ello, Freud escribe que el superyó se conforma a partir de una identificación originaria con el padre (o los padres) de la prehistoria anterior a cualquier elección de objeto y solamente hasta cuando sobreviene el sepultamiento del complejo de Edipo, se desdobla en identificaciones que retienen los objetos edípicos, y perduran como un “una sedimentación” en el yo que produce su alteración. Pareciera que las tesis de Reik se corresponden con los dos tiempos que articula Freud; mientras la angustia por perder el amor del Otro es una respuesta edípica y supone la base de los sentimientos religiosos, la experiencia terrorífica en las neurosis traumáticas se vincula con la identificación originaria. Y mientras mi teléfono me escucha, lo ominoso acompaña un retorno de aquello que Freud nombra originario. Por ello, lo que queda en entredicho es que en algún momento se vea superado. La formación del superyó supone este núcleo inquietante, fuente de la religiosidad y el terror simultáneamente. Y quizá eso inquietante, de vuelta a ese momento donde soy escuchado y la voz resuena en mí sea un modo de nombrar su función como estabilizador donde existe una inestabilidad estructural: el terror sobreviene donde el yo se disloca, donde su constitución se revela fragmentada y las costuras se vuelven visibles, de modo que lo originario del narcisismo no es otra cosa que ese vacío en el cual tememos volver a caer. Complejo de castración.
Interrogar los lugares donde aparece lo originario en la teoría freudiana contribuye a problematizar las explicaciones habituales sobre los dispositivos electrónicos. En el caso del narcisismo, en particular, actualiza la pregunta sobre su estatuto de condición primordial cerrada sobre sí misma. Existen diversas explicaciones al respecto y la noción de goce, como destaca Darian Leader, lejos de poner fin a la discusión, en ocasiones oscurece la relación con el Otro, que permanece escondido detrás de un supuesto “goce autoerótico”. (Leader, 2021: 38). En otras palabras, ese teléfono que me escucha, ¿qué relación guarda conmigo, con mi cuerpo? Victor Tausk describe el sentimiento de alienación: “[l]os enfermos se vuelven extraños a sí mismos; ya no se comprenden: sus miembros, su rostro, su expresión, sus pensamientos, y sus sentimientos les han sido alienados.” (Tausk, 2024: 185). Aunque la aparición de estos signos supone el inicio de un proceso delirante, cuya forma acabada es la de la persecución por el aparato de influir, que entre otras cosas es capaz de sustraer o poner pensamientos en la mente (Tausk, 2024: 183), también conducen a considerar un periodo donde el cuerpo es percibido como extraño y fragmentado. (Tausk, 2024: 205). Con la idea de los órganos – disjecta membri – proyectados al exterior para después identificarse con el cuerpo propio, es posible considerar lo ominoso como signo de un ensamblaje; cuando mi teléfono me escucha tiene lugar una regresión donde éste se vuelve parte de mí.
Cabe aclarar que no se trata de una cuestión “anormal” si se considera el lugar de prótesis o pharmakon que se ha dado a los objetos producidos por la técnica. Conforme a la recomendación freudiana, para circunscribir la normalidad hace falta reconocerla en las variaciones de lo patológico. Esto tiene consecuencias en la clínica, pues reorienta la escucha a la singularidad de la relación que cada quién tiene con sus dispositivos. Contrario a la intuición precipitada de que yo estaría “proyectando” mi inconsciente en el teléfono, haciendo uso de su soporte concreto para castigarme con mi superyó, este pequeño personaje con aspecto de Kant que me habita y no me deja en paz, puedo reconocer, como diría Sylvie Le Poulichet, temporalidades que se actualizan, donde sigo apropiándome y extrañándome de mi cuerpo, sufriendo transformaciones en mi historia y recomponiendo lo originario. La concepción cronológica habitual encuentra su inversión, pues lo sexual infantil viene del porvenir para recomponer el pasado. Por ejemplo, respecto al superyó que “no cesa de producir su propio original”. Las identificaciones originarias que dan lugar al superyó no son un material fijo, establecido de una vez por todas, sino trazas donde advienen lo que siempre han sido mediante la repetición. (Le Poulichet, 2014: 88). De este modo, el Otro detrás del goce autoerótico, el padre originario, llamado al goce puro, admite diversas maneras de formularse ajustadas al contexto social. Por ejemplo, Leader observa cómo el padre de la horda, un padre que goza sin restricciones, consiste en un punto mítico inaccesible y sus representaciones no cesan de aparecer de vez en vez, aunque en ocasiones su núcleo sexual se vea desplazado y encuentre su satisfacción con la información:
“El padre de la horda mantiene con celo un caudal de información, robada u obtenida del público mediante algún tipo de fuerza. Y desde este monopolio tienen lugar actos o comercio ilegítimo, que permiten que la información se venda o se comercialice en el mercado. Hombres como Bill Gates, Jeff Bezos y Mark Zucerberg se ven menos como guardianes celosos de un harem de mujeres que como acaparadores de información de los consumidores, información que pueden explotar y con la cual satisfacerse. La información misma ha llegado a sustanciar aquello de lo que estamos separados y lo que se nos puede robar, dándole de esa manera un valor sexual.” (Leader, 2021: 94).
Se trata entonces, también, de una cuestión de espionaje. Tema donde, para Freud, se replica la duplicidad entre “escuchar” y “ser escuchado”, como en la fantasía primordial donde el niño que espía a los padres en el acto sexual y un ruido puede corresponder a dicha escena o un modo de delatar la posición del observador. (Freud, 2008: 268-269). Cuando digo Tengo la impresión de… nuevamente me encuentro con la irrupción de una fantasía en la realidad, un escenario que permanecía oculto desde siempre. Aunque también puede ser que acaso por un momento descubro la arquitectura ficcional de la realidad misma y alcanzo a rozar sus confines, lo cual me permite explorar lo que Freud llama “hiperestesia auditiva” desde otro ángulo. Ésta consiste en una hipersensibilidad a los ruidos cuya explicación recae en el “vínculo congénito entre impresiones auditivas y terror”. (Szendy, 2018: 27). Peter Szendy la nombra surecouté (sobreescucha) contrastándola con su homófona sur ecouté (bajo escucha), como cuando alguien es espiado o vigilado. La sobreescucha compone una “polifonía proliferante de escuchas” conformada por líneas múltiples que se articulan, desdoblan o interfieren entre sí. En su traducción al inglés, overhearing tiene ese mismo sentido, aunque puesto en relación con la técnica; remite a la falla en una transmisión telefónica que propicia la parasitación de una línea por otra. Szendy destaca una línea histórica sobre dicho término. Overhearing, de vuelta al francés (diaphonie) o al español diafonía, se utilizaba entre los teóricos griegos de la música en la antigüedad para connotar la “disonancia”. De este modo, la sobreescucha puede considerarse como una escucha disonante, afectada por la diaphonia: “una escucha a dos voces (al menos), desdoblada, escindida en la cavidad de mi oído”, mientras que su traducción al inglés permite indicar cómo la diafonía puede producirse mediante la intervención de un dispositivo tecnológico. (Szendy, 2021: 32-33).
Ese mismo vínculo entre terror y escucha es, para Pascal Quignard, producido desde la infancia de la humanidad misma y, a pesar de ser recubierto por otras estratificaciones, nunca deja de ser susceptible de aflorar nuevamente. El arte aparece en el decurso de un viaje subterráneo, como dan cuenta las grutas paleolíticas cuya función de resonadores nocturnos desmiente la condición representacional de las pinturas rupestres. No fueron plasmadas ahí para ser vistas o interpretadas, sino bajo la guía de las propiedades acústicas de sus paredes: “[e]l eco es el guía y el referente en la oscuridad silenciosa donde penetran y donde buscan imágenes”, donde se engendra “el misterio del mundo alter-ego”. (Quignard, 2012: 94-95). Sus líneas fueron trazadas en las cavidades y surcos para musicalizar las tensiones del miedo. De manera semejante, cuando tengo la impresión de que mi teléfono me escucha y me sobresalto, puedo escuchar el terror diafónicamente y transformarlo en modos diversos de armonizar mi vida cotidiana.
Referencias
[i] Freud se remonta a Schelling, entre otros, para reconstruir el significado de Unheimlich: “Se llama Unheimlich a todo lo que estando destinado a permanecer en el secreto, en lo oculto, (…) ha salido a la luz” Freud, Sigmund,“Lo ominoso”, Obras completas, Argentina: Amorrortu, 2009, p. 224.
Bibliografía
Braunstein, Néstor, El inconsciente, la técnica y el discurso capitalista, México: Siglo XXI, 2011.
Freud, Sigmund, “El malestar en la cultura”, Obras completas, XXI, Argentina: Amorrortu, 2009.
Freud, Sigmund, “El yo y el ello”, Obras completas, XIX, Argentina: Amorrortu, 2008.
Freud, Sigmund, “Lo ominoso”, Obras completas, XVII, Argentina: Amorrortu, 2009.
Freud, Sigmund, “Un caso de paranoia que contradice la teoría psicoanalítica”, Obras completas, Argentina: Amorrortu, 2008.
Lacan, Jacques, El seminario, 18, “De un discurso que no fuera del semblante”, Argentina: Paidós, 2009.
Leader, Darian, El goce, ¿de veras?, México: Me cayó el veinte, 2021.
Le Poulichet, Sylvie, La obra del tiempo en psicoanálisis, Argentina: Amorrortu, 2014.
Quignard, Pascal, Odio a la música, Argentina: Cuenco de plata, 2012.
Reik, Theodor, El terror. Un estudio psicoanalítico, Argentina: Letra Viva, 2024.
Szendy, Peter, Bajo escucha. Estética del espionaje, México: Canta Mares, 2018.
Tausk, Victor, Trabajos psicoanalíticos, México: Gedisa, 1983.
Es licenciado en Psicología (UDLA CDMX) y en Lengua y literaturas hispánicas (UNAM). Cursó la formación en psicoanálisis (CEPSIMAC) y es maestro y doctorante en Saberes sobre subjetividad y violencia (Colegio de Saberes). Miembro de la red de salud mental Reanudar y docente en Dimensión Psicoanalítica, se dedica a la práctica del psicoanálisis particular y en el Hospital Psiquiátrico Infantil. Entre sus temas de interés destacan: ficción, erotismo, locura y música.