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Pensar, es pensar a voces

Jorge Torres Sáenz

Estas breves líneas tienen como afán abrir paso a las voces de nuestros estudiantes. Desde la escucha y el diálogo, el Colegio de Saberes constituye un foro abierto al acontecimiento, un espacio plural orientado a la atención de una llamada inaplazable: la del pensar; llamada que es, ella misma, polifonía de voces, y que, por su naturaleza múltiple, se erige necesariamente en acto político. Lejos de tratarse de un asunto huidizo, tocante al  ámbito tibio y doméstico de la academia, la llamada hacia el pensar tiene que ver con una puesta y apuesta en común. Pensar, es pensar a voces, y si bien, el pensar es una agencia singular, aquello que el pensar se allega parte siempre de multiplicidades; la pluralidad es eso que, siendo lo más propio y constituyente del pensar, no puede ser sustraído: una pluralidad de líneas, de vectores de fuerza.

Pensées, uno de los más admirables compendios del pensar que se haya escrito, surge efectivamente desde una pluralidad necesaria. Los Pensamientos de Pascal son intempestivos. Se trata de ideas, consideraciones y circunspecciones; brotes en ocasiones balbuceados, mascullados o bosquejados como breves sentencias; sucintos aforismos a medio escribir, que habrían sido esbozados por él únicamente para sí, en una grafía de huellas, coordenadas y jeroglíficos íntimos orientados hacia un proyecto ulterior. Estos tientos habrían de traer a la memoria del autor –a una memoria paradójicamente por venir-, ciertas imágenes y reflexiones germinales. Pero quien quisiera ahondar efectivamente en el proyecto pascaliano, no podría leerlo únicamente desde el ángulo establecido por la forma verbal del condicional compuesto, es decir, desde el pasado hipotético como apunte o vestigio de algo que habría sido. Es cierto que, gracias a ese condicional compuesto, la acción inconclusa de Pascal -su apuesta por pensar- es puesta en común para nuestro uso. Sin embargo, hay un punto en el que, para allegarse aquel pensamiento, sería preciso optar por un viraje e insertarse en el tiempo original del propio clermontés. No hablo de un disparatado viaje al pasado, o de la reproducción de un momento histórico irrepetible, desde luego, sino de la necesidad de emplazar las coordenadas propias del futuro imperfecto, para así poder hablar de un proyecto que habrá de ser pensado hoy, tanto como ayer. No escapará a ustedes la puntual relación entre el relámpago intempestivo del pensar en Pascal, como aquello que irrumpe, y el apunte o boceto, en tanto proyecto del pensamiento por venir. Cartografía de vectores y potencias; convergencia al menos de dos ejes, vertical y horizontal, más un tercero, diría Deleuze: la línea de fuga.

Si pensar es, efectivamente pensar a voces, estamos frente a una tarea política, y citando a Miguel Morey en su magnífica nota introductoria al Platón político de Giorgio Colli: “el problema del poder y la política es, sin duda, que los hombres piensan. Y si bien es cierto que unas veces piensan que piensan cuando lo que están haciendo en realidad no es pensar, tanto como otras callan y no dicen lo que verdaderamente piensan o no alcanzan a saber estar a la altura de lo que son capaces de pensar, a pesar de todo, los hombres piensan Y ése es el gran problema de la política, que trata con hombres; que de hecho, lo suyo es la trata de hombres, animales que también piensan…”.1

En realidad la justeza, el justo pensar, por cuanto constituye una tarea común, no es ajeno al poder, y por tanto, a un cierto juego de fuerzas. No hay un ecuánime pensar, ni sería una lábil disposición espiritual –parafraseando a Pascal-, la que estuviese de su lado en tanto pensar justo y junto a otros. Engañosa relación entre justeza y poder, donde habría que apuntar hacia el conjunto de fuerzas de custodia, constitutivas de aquello que, al ser señalado como visible, se convierte en lo específicamente acreditable y, si se me permite jugar las palabras, en aquello que a fuerza de estar a la mira, delimitado o domesticado, concierta las más variadas formas de obediencia. En esa paradójica esclerosis de lo pensable, el pensamiento queda desanimado. Desanimar al pensamiento implica liquidar su ánima, invertir y disminuir al máximo su fuerza, sustrayendo el ímpetu y el dinamismo que es propio del talante intempestivo de un pensar original. “La pluralidad es la mejor vía”, enuncia Pascal, “porque ella es visible”, y se diría aquí también, pública y audible, si es que queremos recuperar el sentido del άνεμος griego para el pensar, y así restituirle, a través de la polifonía de voces, su vigor en tanto soplo2. En este punto, sin embargo, el dispositivo que debería posibilitar que lo público fuese justamente apropiable por cualesquiera, se allega sus propias violencias, terminando por establecer un campo de vigilancia, especialidad y control, patrullado por fines y términos que es preciso acatar. En una palabra, tenemos frente a nosotros el dispositivo de acallamiento, dominación, instrumentación, administración, delimitación  y legitimación del pensar: la academia y sus vertientes contemporáneas. Nuestra crítica no alcanzará nunca a ser tal si no es capaz de buscar un punto exterior a ese dispositivo, para denunciarlo, en alguna medida contrarrestarlo y, si es preciso, desarticularlo.

Hoy día, una buena parte de la vida académica oscila entre dos regiones: una que yo llamaría región de la molicie y la tristeza –es decir, del acallamiento de las voces-, y otra, igualmente eficiente, que corresponde a la asertividad productiva – responsable, en gran medida, de la postración del pensar-. Académicos y estudiantes se ven obligados a convertirse en pequeños empresarios del saber; en sus cubículos, los profesores de carrera se afanan por acumular y dar forma a su capital especulativo. Más que investigadores, tendremos cada día consultores, acabalados publirrelacionistas del conocimiento. Empero, el afecto que por excelencia acompaña a los gestores del éxito universitario es el fastidio, el desasosiego frente a la repetición tautológica de un pensar exitoso, que ha renunciado a la opacidad del pensar y a un necesario no saber –ese que hoy, más que nunca, estamos aprendiendo a releer en los sabios helenos que precedieron a Sócrates-. Fastidio y desasosiego que coquetean también con el cinismo, ilustre signo de nuestra época y de un pensar corporativo y competente, que no acepta que quizá nunca ha llegado siquiera a pensar. “El siglo del Progreso –dice Jacques Rancière- es el de los explicadores triunfantes, de la humanidad pedagogizada. La fuerza temible de este nuevo embrutecimiento consiste en que mina también la marcha de los hombres de progreso a la antigua, que ataca el viejo embrutecimiento en términos apropiados para despistarlo y, a la menor distracción, provocar la caída de los espíritus que acaban de descubrir la emancipación”.3

¿Acaso no se han convertido muchas de las grandes Universidades de nuestro tiempo en magnas agencias consultoras, gestoras de fondos y modelos de negocio? ¿No es más útil hoy día para los nuevos modelos académicos buscar las “zonas de oportunidad”, que adentrarse en la opacidad de aquello que el pensamiento guarda siempre como proyecto por venir? Una opacidad que el capital delimita como zona de improductividad y, por tanto, de pérdida, es decir, de clara inviabilidad. Parece que a nadie sorprende ya cómo el vínculo Universidad-Empresa se ha erguido como necesario, y cómo impregna, o mejor dicho, ahoga, la flama del pensamiento con sus argucias. Finalmente, este acabamiento se ha convertido en la tarea política de una parte significativa de la academia; un cometido que, no por permanecer soterrado, es menos eficaz. Por su parte, el apremio en la disertación inmediata sobre las urgencias reinantes, puestas en escena ad hoc por los medios de comunicación, nos despeña hacia formas desertificadas del pensar. En consecuencia, más que nunca, nuestra tarea debe estar encaminada a (re)aprender a pensar, donde ese aprender implique también fundar y refundar permanentemente las condiciones que posibiliten y abran vías originales para un potencial pensar. Como apunta Heidegger, “Sobre todo, aprendiendo a pensar, no debemos, durante el recorrido por el camino elegido, pasar por encima de las cosas engañándonos con precipitación acerca de los problemas apremiantes, sino que debemos encarar las cuestiones que van orientadas en busca de aquello que no se deja hallar por ninguna invención. Sobre todo los hombres de hoy sólo podemos aprender si siempre, y al mismo tiempo, olvidamos”.4  Si escuchamos el consejo del filósofo alemán, uno de los saberes que hemos de procurar es el de olvidar. Saber olvidar como crítica y resistencia frente al presidio desde el que se blande hoy buena parte del pensar académico, y que  allana el paso a la más grande desventura: la desertificación del pensamiento  – malogro frente al que Nietzsche nos había puesto en guardia, y al que muy pocos están dispuestos a prestar oído.

Lejos de la petulancia de aquellas formas académicas, hablar de la investigación y la reflexión en el espacio del Colegio de Saberes, implica necesariamente reconocer el enigma de la escritura; subrayar los peligros de lanzarse demasiado rápido a un pensar que, si es excesivamente seguro de sí, renunciará a la opacidad de aquello que se le sustrae todo el tiempo y que no se deja ver. No puedo, desde esta perspectiva, desear a nuestros estudiantes éxito en su cometido –y con ello me refiero a la victoria inmediata, positiva, capitalizable, conquistada en primera instancia-. Al contrario, deseo vivamente que en este momento nuestro pensar se desoriente. Únicamente desconfiando de aquello que creíamos saber sobre el pensar podremos salir de ruta, comenzando quizá por aceptar que sólo estamos entre caminos: múltiples, diversos, siempre por hacer. La auténtica dificultad, nos enseña Nietzsche, consiste en perderse. Perderse entre las voces de eso que envuelve lo aún no pensado; una polifonía de voces del pasado, del presente, y en cierto sentido, ¿por qué no? del futuro. Lo que sí anhelo verdaderamente, es que podamos estar a la altura de lo que somos capaces de pensar.

Por último, quisiera anotar que colocarse ahí, en primera persona, como el sujeto que piensa y apuesta (en) su pensar, es esencial. Pero habría que señalar la paradójica enseñanza de Montaigne, quien, desde la condición de una emergente forma de subjetividad, convoca en todo momento, a lo largo de sus Ensayos –precisamente junto a la suya-, a otras muchas voces: Lucrecio, Séneca, Ovidio, Aristóteles, Epicuro, Homero, Cicerón, Virgilio, Petrarca; aunque también las de sus amigos y parientes; mendigos y soldados, es decir, la gente común que lo rodea. En este sentido es que considero que pensar es pensar a voces, y que eso constituye el camino hacia la conformación de la nuestra; esa voz propia que, como la acústica nos enseña, es ella misma una, individual, única, pero también necesariamente polifónica, compuesta de múltiples formantes armónicos, que le otorgan el tono que permite el reconocimiento de cada una de las nuestras, como voces singulares. Ha llegado el momento de prestar oído a las suyas.


1 Giorgio Colli, Platón Político. México, Sexto Piso, p. 15.
2  Blas Pascal, Pensées. París: G. Charpentier et Éditeurs, 1886, p. 182.
3  Jacques Rancière, El maestro ignorante. Cinco lecciones sobre la emancipación intelectual. Buenos Aires: Libros del Zorzal, p. 151.
4  Martin Heidegger, ¿Qué significa pensar? La Plata: Terramar, 2005, p. 15.

Jorge Torres Sáenz

(Ciudad de México, 1968). Compositor por la Universidad Nacional Autónoma de México y el Conservatorio de París, Maestro en estudios de Arte  y Doctor en Filosofía por la Universidad Iberoamericana. Su obra abarca los géneros musicales más importantes. Ha publicado numerosos artículos relacionados con la Música, la Teoría del Arte y la Filosofía. Forma parte del Sistema Nacional de Creadores de Arte y del Instituto Nacional de Bellas Artes, donde se desempeña como  profesor de tiempo en la Escuela Superior de Música. Desde 2015 es miembro del Colegio de Saberes.